
EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO
Autor : JAIME BALMES CAP
TOMO 3
CIERTA suavidad general de costumbres que en tiempo de
guerra evita grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce v
apacible, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como
características de la civilización europea. Éste es un hecho que no necesita de
prueba; se le ve, se le siente por todas partes al dar en torno de nosotros una
mirada; resalta vivamente abriendo las páginas de la historia, y comparando
nuestros tiempos con otros tiempos, sean los que fueren. ¿En qué consiste esta
suavidad de costumbres? ¿Cuál es su origen? ¿Quién la ha favorecido? ¿Quién la
ha contrariado?
He aquí unas cuestiones a cual más interesante, y que se
enlazan de un modo particular con el objeto que nos ocupa; porque en pos de
ellas se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: el Catolicismo ¿ha
influido en algo en crear esta suavidad de costumbres?, ¿le ha puesto algún
obstáculo o le ha causado algún retardo? Al Protestantismo ¿le ha cabido alguna
parte en esta obra, en bien o en mal?
Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de
costumbres; porque aun cuando esta sea una de aquellas ideas que todo el mundo
conoce, o más bien siente; no obstante cuando se trata de esclarecerla y
analizarla es necesario dar de ella una definición cabal y exacta, en cuanto
sea posible.
La
suavidad de costumbres consiste en la ausencia de la fuerza, de modo que serán
más o menos suaves en cuanto se emplee menos o más la fuerza. Así costumbres suaves no es lo mismo que costumbres
benéficas; éstas incluyen el bien, aquéllas excluyen la fuerza; costumbres
suaves tampoco es lo mismo que costumbres morales, que costumbres conformes a
la razón y a la justicia; no pocas veces la inmoralidad es también suave,
porque anda hermanada, no con la fuerza, sino con la seducción y la astucia.
Así es que la suavidad de costumbres consiste en dirigir al
espíritu del hombre, no por medio de la violencia hecha al cuerpo, sino por
medio de razones enderezadas a su entendimiento, o de cebos ofrecidos a sus
pasiones; y por esto la suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la
razón, pero es siempre el reinado de los espíritus; por más que éstos sean no
pocas veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos se
labran.
269
Supuesto que la suavidad de costumbres
proviene que en el trato de los hombres sólo se emplean la convicción, la
persuasión o la seducción, claro es que las sociedades más adelantadas, es
decir, aquellas donde la inteligencia ha llegado a gran desarrollo, deben
participar más o menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia domina porque
es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque el cuerpo se enerva.
Además, en sociedades muy adelantadas que por precisión
acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en los intereses, son
necesarios aquellos medios que obran de un modo universal y duradero, siendo
además aplicables a todos los pormenores de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales
y morales; la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el
obstáculo; o le remueve o se hace pedazos ella misma; y he aquí un eterno
manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad de relaciones
numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en un caos, y perecer.
En la infancia de las sociedades encontramos siempre un
lastimoso abuso de la fuerza. Nada más natural; las pasiones se alían con ella
porque se le asemejan; son enérgicas como la violencia, rudas como el choque.
Cuando las sociedades han llegado a mucho desarrollo, las pasiones se divorcian
de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser violentas y se
hacen astutas.
En el primer caso, si son los pueblos los que luchan, se
hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en el segundo pelean con las armas
de la industria, del comercio, del contrabando; si son los gobiernos, se
atacan, en el primer caso con ejércitos, con invasiones; en el segundo con
notas; en una época los guerreros lo son todo; en la otra no son nada; su papel
no puede ser de mucha importancia cuando en vez de pelear se negocia.
Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota
desde luego una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la
suya; ni griegos, ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en el grado
que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más bien se enervaron,
que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse muelles, pero no suaves;
porque hacían uso de la fuerza siempre que este uso no demandaba energía en el
ánimo ni vigor en el cuerpo.
270
Es sobremanera digna de notarse esa
particularidad de la civilización antigua, sobre todo de la romana; y este
fenómeno que a primera vista parece muy extraño, no deja de tener causas
profundas. A
más de la principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que
han tenido los pueblos modernos, la caridad cristiana, descendiendo a algunos pormenores
encontraremos las razones de que no pudiese llegar a establecerse entre los
antiguos la verdadera suavidad de costumbres.
La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos
de su organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para
introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre que puede
arrojar a otro hombre a las murenas, castigando así con la muerte el haber
quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho quitar la vida a uno de sus
semejantes en medio de la algazara de un festín; quien puede acostarse en un
blando lecho con los halagos de la voluptuosidad y el esplendor de la más
suntuosa magnificencia, sabiendo que centenares de hombres están encerrados y
amontonados en oscuros subterráneos por su interés y por sus placeres; quien
puede escuchar el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan
para atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del día
siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá
tener costumbres muelles pero no suaves; su corazón podrá ser
cobarde pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del
hombre libre en la sociedad antigua; esta organización era considerada como
indispensable, otro orden de cosas no se concebía siquiera como posible.
¿Quién removió ese obstáculo? ¿No fue
Véanse los capítulos XV, XVI, XVII,
XVIII y XIX de esta obra con las notas que a ellos se refieren, donde se halla
demostrada esta verdad con razones y documentos incontestables.
El derecho de vida y muerte concedido por las leyes a la
potestad patria introducía también en la familia un elemento de dureza, que
debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente el corazón de padre
estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la ley; pero si esto no
pudo impedir algunos hechos cuya lectura nos estremece, ¿no hemos de pensar
también que en el curso ordinario de la vida pasarían de continuo escenas
crueles que recordarían a los miembros de la familia ese derecho atroz de que
estaba investido su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará
llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y a la aplicación
de castigos inhumanos?
271Esa tiránica extensión de la potestad patria a derechos
que no concedió la naturaleza fue desapareciendo sucesivamente por la fuerza de
las costumbres y de las leyes secundadas también en buena parte por la
influencia del Cristianismo (Ver Cáp. XIV). A esta causa puede agregarse otra
que tiene con ella mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la
mujer, y la escasa consideración que ésta disfrutaba.
Los juegos públicos eran también entre los romanos otro
elemento de dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal
diversión es asistir fríamente a un espectáculo de Homicidios, que se complace
en mirar cómo perecen en la arena a centenares los hombres, o luchando entre
sí, o en las garras de las bestias?
Siendo español no puedo menos de intercalar un párrafo
para decir dos palabras en contestación a una dificultad, que no dejará de
ocurrírsele al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates de
hombres con fieras. ¿Y los toros en España?, se me preguntará naturalmente; ¿no
es un país cristiano católico donde se ha conservado la costumbre de lidiar los
hombres con las fieras?
Apremiante parece la objeción, pero no lo es tanto que no
deje una salida satisfactoria. Y ante
todo, Y para prevenir toda mala inteligencia, declaro que esa diversión popular
es en mi juicio bárbara, digna si posible fuese de ser extirpada completamente.
Pero toda vez que acabo de consignar esta declaración tan
explícita y terminante, permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en
buen puesto el nombre de mi Patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el
corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si una
aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de riesgos graves
y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente nuestra curiosidad, lo
puede ser una cadena no interrumpida de sucesos regulares y felices.
Pedimos encontrarnos a menudo con hechos extraordinarios y
sorprendentes; y por más que nos cueste decirlo, nuestro corazón al mismo
tiempo que abriga la compasión más tierna por el infortunio, parece que se
fastidia si tarda largo tiempo en hallar escenas de dolor, cuadros salpicados
de sangre. De aquí el gusto por la tragedia, de aquí la afición a aquellos
espectáculos donde los actores corran, o en la apariencia o en la realidad,
algún grave peligro.
No explicaré yo el origen de este fenómeno, bástame
consignarlo aquí para hacer notar a los extranjeros que nos acusan de bárbaros,
que la afición del pueblo español a la diversión de los toros no es más que la
aplicación a un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra en el
corazón del hombre.
272 Los que tanta humanidad afectan cuando se trata de la
costumbre del pueblo español, deberían decirnos también: ¿de dónde nace que se
vea acudir un concurso inmenso a todo espectáculo que por una u otra causa sea
peligroso a los actores; de dónde nace que todos asistieran con gusto a una
batalla por más sangrienta que fuese, si era dable asistir sin peligro; de
dónde nace que en todas partes acude un numeroso gentío a presenciar la agonía
y las últimas convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace
finalmente que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices
también de la barbarie española asistiendo a la plaza de toros?
Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una
costumbre que me parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir
que en esto como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español, hay
exageraciones que es necesario reducir a límites razonables. A más de esto hay
que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy poderosa de esa
reprensible diversión.
No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino
en los males que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en
España lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en
proporción a las innumerables veces que se repiten las funciones; de manera que
si formara un estado comparativo entre las desgracias ocurridas en esta
diversión y las que acaecen en otras clases de juegos, como las corridas de
caballos y otras semejantes, quizás el resultado manifestaría que la costumbre
de los toros, bárbara como es en sí misma, no lo es tanto sin embargo, que
merezca atraer esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido a bien
favorecernos los extranjeros.
Y volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse
una diversión donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con
aquellos juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer
de los espectadores?
Después del triunfo de Trajano sobre los lacios, duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en
ellos el espantoso número de diez mil gladiadores.
Tales eran los juegos que formaban la diversión, no sólo
del populacho romano, sino también de las clases elevadas; en esa repugnante
carnicería se gozaba aquel pueblo corrompido que hermanaba con la voluptuosidad
más refinada la crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho
más arriba, a saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;
antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con el
instinto feroz del derramamiento de sangre.
273
En los pueblos modernos, por corrompidas que
sean las costumbres, no es posible que se toleren jamás espectáculos
semejantes. El principio de la caridad ha extendido demasiado sus dominios para
que puedan repetirse tamaños excesos.
Verdad es que no
recaba de los hombres que se hagan recíprocamente todo el bien que deberían,
pero al menos impide que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir
tranquilos a la muerte de sus semejantes, cuando no les impele a ello otro
motivo que el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición
del Cristianismo comenzaron a echarse las semillas de esta aversión a
presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos a los
espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y avivaban las santas
amonestaciones de los primeros pastores de
274 La imaginación no alcanza a figurarse lo que hubiera sido
del mundo en aquella crisis, si el Cristianismo no hubiese existido; y aun
suponiendo que se hubiese llegado a organizar de nuevo la sociedad bajo una u
otra forma, no hay duda en que las relaciones, así privadas como públicas,
habrían quedado en un estado deplorable, tomando además la legislación un sesgo
injusto e inhumano. Por esta razón fue un beneficio inestimable la influencia
de
Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y
contra este influjo de
Eran además legítimos; porque cuando la sociedad se hunde,
es muy legítimo que la salve quien pueda; y en la época a que nos referimos
sólo podía salvarla
En la actualidad están generalmente acordes sobre este
punto cuantos entienden algo en historia; y si no supiésemos cuanto trabajo
suele costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y
sobre todo cuanta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones, difícil
fuera explicar cómo se ha tardado tanto en ponerse todo el mundo de acuerdo
sobre una cosa que salta a los ojos, con la simple lectura de la historia. Pero
volvamos al intento.
Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo
culto pero corrompido, con la ferocidad atroz de un pueblo bárbaro, orgulloso
además de sus triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras
continuadas por tan largo tiempo, dejó en la sociedad europea un germen de
dureza y crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha
llegado hasta épocas recientes.
El precepto de la caridad cristiana estaba en las cabezas,
pero la crueldad de los romanos combinada con la ferocidad de los bárbaros dominaba
todavía el corazón; las ideas eran puras, benéficas, como emanadas de una
religión de amor; pero hallaban una resistencia terrible en los hábitos, en las
costumbres, en las instituciones, en las leyes, porque todo llevaba el sello
mas o menos desfigurado de los dos principios que se acaban de señalar.
275
Reparando en la lucha continua, tenaz, que se
traba entre
Las enemistades particulares tenían a la sazón un carácter
violento; el
derecho se decidía por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser otra
cosa que el patrimonio del más fuerte.
El poder público, que o no existía, o andaba como
confundido en el torbellino de las violencias y desastres que su mano endeble no
alcanzaba a evitar ni a reprimir, era impotente para dar a las costumbres una
dirección pacífica haciendo que los hombres se sujetasen a la razón y a la
justicia. Así vemos que
El concilio de Arlés, celebrado a mediados del siglo V,
por los años de
El concilio de Angérs, celebrado en el año 453, prohíbe en
canon 34 las violencias y mutilaciones.
El concilio de Agde en Languedoc, celebrado en el año 506
ordena en su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse sean desde
luego amonestados por los sacerdotes, y si no siguieren los consejos de éstos sean excomulgados.
En aquella época tenían los galos la costumbre de andar
siempre armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcanzase fácilmente
que una costumbre semejante debiera de traer graves inconvenientes, haciendo no
pocas veces de la casa de oración arena de venganzas y de sangre. A mediados
del siglo VII vemos que el concilio de Chalóns, en su canon 17, señala la pena
de excomunión contra todos los legos que promuevan tumultos o saquen la espada
para herir a alguno en las iglesias o en sus recintos.
276
Esto nos indica la prudencia y la previsión
con que había sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleáns,
celebrado en el año 538, donde se manda que nadie asista con armas a misa ni a
vísperas.
Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad
de miras con que marchaba
Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el
precepto de caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios
enemigos, encontraba abierta resistencia en el carácter duro y en las pasiones
feroces de los descendientes de los bárbaros; pero
Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse
sí durante ese largo espacio se habían podido remediar las enemistades
encarnizadas y violentas; parece que debiera haberse cansado
Éste es su sistema: no parece sino que oye de continuo
aquellas palabras: clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta. Así
alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; así, cuando no puede ejercer
predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de continuo su voz en
las sombras del santuario; allí reúne siete mil que no doblaron la rodilla ante
Baal, y al paso que los afirma en la fe y en las buenas obras, protesta en
nombre de Dios contra los que resisten al Espíritu Santo. Tal vez durante la
disipación y las orgías de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto
donde reinan la gravedad y la meditación en medio del silencio y de las
sombras.
277
Un ministro del santuario, rodeado de un
número escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras
austeras y solemnes: he aquí la personificación de
Una de las reglas de conducta de
En el tiempo a que nos referimos se prohibían severamente
las enemistades y las violencias entre los plebeyos, pero la misma ley se
extendía también a los grandes y a los mismos reyes. No hacía mucho que el
Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos sobre este
particular un ejemplo curioso.
Nada menos que tres príncipes excomulgados en un mismo
año, y en una misma ciudad, y obligados a hacer penitencia de los delitos
cometidos.
En la ciudad de Landaff, en el país de Gales, en
Inglaterra, en la metrópoli de Canterbury, se celebraron en el año 560 tres
concilios. En el primero fue excomulgado Monrico, rey de Clamargón, por haber
dado muerte al rey Cinetha, a pesar de la paz que se habían jurado sobre las
santas reliquias; en el segundo se excomulgaba al rey Alorcante, que había
quitado la vida a Friaco, su tío, después de haberle jurado igualmente la paz;
en el tercero se excomulgó al rey Guidnerto por haber dado muerte a su hermano
que le disputaba la corona.
No deja de ser interesante ver a los jefes de los bárbaros
que convertidos en reyes se asesinaban tan fácil y atrozmente, obligados a
reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba a hacer penitencia
de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes, y haber quebrantado
la santidad de los pactos, y echase de ver los saludables efectos que de esto
debían seguirse para suavizar las costumbres.
"Fácil era, dirán los enemigos de
278
Pero ¿qué significa esto?, ¿qué influencia
pudo tener en el curso de los grandes acontecimientos? La historia de la
civilización europea ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben
estudiarse en mayor escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que
han de ejercer influencia sobre el ánimo de los pueblos".
Despreciemos lo que hay de fútil en un razonamiento
semejante; pero ya que se quieren escenas grandes, que hayan debido influir en
desterrar el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos
la historia de los primeros siglos de
Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo
nombre era acatado en los cuatro ángulos de la tierra, y cuya memoria es
respetada por la posteridad. En una ciudad importante, el pueblo amotinado
degüella al comandante de la guarnición, y el emperador en su cólera manda que
el pueblo sea exterminado.
Al volver en sí el emperador revoca la orden fatal, pero
ya era tarde: la orden estaba ejecutada, y millares de víctimas habían
sucumbido en una carnicería horrorosa. Al esparcirse la noticia de tan atroz
catástrofe, un santo obispo se retira de la corte del emperador y le escribe
desde la campaña estas graves palabras: "Yo no me atrevo a ofrecer el
sacrificio, si vos pretendéis asistir a él; si el derramamiento de la sangre de
un solo inocente bastaría a vedármelo, ¡cuánto más siendo tantas las muertes
inocentes!"
El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta
carta y se dirige a la iglesia. Llegado al pórtico se le presenta un hombre
venerable que con ademán grave y severo le detiene y le prohíbe entrar. "Has imitado, le dice, a David en el crimen; imítale
en la penitencia". El emperador cede, se humilla, se somete a
las disposiciones del santo prelado; y la religión y la humanidad quedan
triunfantes. La ciudad desgraciada se llamaba Tesalónica, el emperador era Teodosio el Grande, y el prelado era
San Ambrosio, arzobispo de Milán
En este acto sublime se ven personificadas de un modo
admirable y encontrándose cara a cara, la justicia y la fuerza. La justicia
triunfa de la fuerza, pero ¿por qué? Porque el que representa la justicia la
representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la actitud
imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan a éste la misión
divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en la sagrada jerarquía de
Poned en lugar del obispo a un filósofo y decidle que vaya
a detener al emperador amonestándole que haga penitencia de su crimen, y veréis
si la sabiduría humana alcanza a tanto como el sacerdocio hablando en nombre de
Dios; poned si os place a un obispo de una iglesia que haya reconocido la
supremacía espiritual en el poder civil, y veréis si en su boca tienen fuerza
las palabras para alcanzar tan señalado triunfo.
279
El espíritu de
¿Qué hubiera hecho a la sazón el Protestantismo para
dominar circunstancias tan difíciles y azarosas? Falto de autoridad, sin un
centro de acción, sin seguridad en su propia fe, sin confianza en sus medios,
¿qué recursos hubiera empleado para contener el ímpetu de la fuerza que
señoreada del mundo acababa de hacer pedazos los restos de la civilización
antigua, y oponía un obstáculo poco menos que insuperable a toda tentativa de
organización social?
El
Catolicismo con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su
trabazón jerárquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las costumbres,
con aquella confianza que inspira el sentimiento de las propias fuerzas, con
aquel brío que alienta el corazón cuando se abriga en él la seguridad del
triunfo.
No se crea sin embargo que la manera con que suavizó las
costumbres
En un capitular de Carlo Magno formada en Aix-la-Chapelle
en el año 813, que consta de 26 artículos que no son otra cosa que una especie
de confirmación y resumen de cinco concilios, celebrados poco antes en las
Galias, encontramos dos artículos añadidos, de los cuales el segundo prescribe
que se proceda contra los que con pretexto del derecho llamado Fayda, excitan
ruidos y tumultos en los domingos y fiestas, y también en los días de trabajo.
Ya hemos visto más arriba emplear las sagradas reliquias
para hacer más respetable el juramento de paz y amistad que se prestaban los
reyes; acto augusto en que se hacía intervenir el cielo para evitar la efusión
de sangre y traer la paz a la tierra; ahora vemos que el respeto a los domingos
y demás fiestas se utiliza también para preparar la abolición de la bárbara
costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la muerte
dándola al matador.
El lamentable estado de la sociedad europea en aquella
época se retrata vivamente en los mismos medios que el poder eclesiástico se
veía obligado a emplear para disminuir algún tanto los desastres ocasionados
por la violencia de las costumbres. El no acometer a nadie para maltratarle, el
no recurrir a la fuerza para obtener una reparación, o desahogar la venganza,
nos parece a nosotros tan justo, tan conforme a razón, tan natural, que apenas
concebimos posible que puedan las cosas andar de otra manera.
Si en la actualidad se promulgase una ley que prohibiese el
atacar a su enemigo en este o aquel día, en esta o aquella hora, nos parecería
el colmo de la ridiculez y de la extravagancia.
No lo parecía sin embargo en aquellos tiempos; y una
prohibición semejante se hacía a cada paso, no en oscuras aldeas, sino en las
grandes ciudades, en asambleas numerosísimas, donde se contaban a centenares
los obispos, donde acudían los condes, los duques, los príncipes y reyes. Esa
ley que a nosotros nos perecería tan extraña, y por la que se ve que la
autoridad se tenía por dichosa si podía alcanzar que los principios de justicia
fuesen respetados al menos algunos días, particularmente en las mayores
solemnidades, esa
ley fue por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho público y
privado de Europa.
Ya se habrá conocido que estoy hablando de
El concilio de Tubuza en la diócesis de Elna en el
Rosellón, celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el año 1041,
establece
Se consideraba tan beneficiosa la práctica de esta
disposición, que en el mismo año se tuvieron en Francia otros muchos concilios
sobre el mismo asunto.
281
Teníase también el cuidado de recordar
con frecuencia esta obligación, como lo
vemos en el concilio de Saint Gilles en Languedoc, celebrado en el año 1042, y
en el de Narbona celebrado en 1045.
A pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se
alcanzaba todo el fruto deseado, como lo indica la fluctuación que sufrían las
disposiciones de la ley. Así vemos que en el año 1047,
En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una
disposición notable, pues se manda que nadie pueda acometer a un hombre que va
a la iglesia, o vuelve de ella, o que
acompaña mujeres.
En el año 1054,
En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan
bellas que no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar
y hacer sentir la influencia de
La razón que señala
el concilio es que los olivos suministran
la materia del Santo Crisma y del alumbrado de las iglesias. Una razón semejante
producía sin duda más efecto que todas las que pudieran sacarse de Ulpiano y
Justiniano.
282 En el canon 10 se manda que en todo tiempo y lugar gocen
de la seguridad de
En el canon 18 se
prohíbe a los que tienen pleito usar de procedimientos de hecho o cometer
alguna violencia, antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo
y del señor del lugar. En los demás cánones se prohíbe robar a los mercaderes y
peregrinos, y hacer daño a nadie bajo la pena de ser separados de
A medida que iba adelantando el siglo XI notamos que se
inculca más y más la saludable práctica de
En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo
el Blanco en 1068, se confirmó
En el año 1093 el concilio de Troya en
En su canon 1º confirma
En los cánones 29 y 30 se dispone que, si alguno
perseguido por su enemigo se refugia junto a una cruz, debe estar allí tan
seguro como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta enseña sublime de
redención, después de haber dado salud al linaje humano empapándose en la cima
del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, servía ya de amparo a los que en
el asalto de Roma se refugiaban en ella huyendo del furor de los bárbaros; y
siglos después encontramos que levantada en los caminos salvaba todavía al
desgraciado que se abrazaba con ella huyendo de un enemigo, sediento de
venganza.
283 El concilio de Ruan, celebrado en el año 1096, extiende
todavía más el dominio de
En el canon 2º se ordena que gocen de una paz perpetua
todos los clérigos, monjes y religiosas, mujeres, peregrinos, mercaderes y sus
criados, los bueyes y caballos de arado, los carreteros, los labradores y todas
las tierras que pertenecen a los santos, prohibiendo acometerlos, robarlos o
ejercer en ellos alguna violencia.
En aquella época se conoce que la ley se sentía más
fuerte, y que podía exigir la obediencia en tono más severo; pues vemos que en
el canon 3º del mismo concilio se prescribe que todos los varones que hayan
cumplido doce años presten juramento de conservar
Los papas continuaban con ahínco la obra comenzada,
sancionando con el peso de su autoridad y difundiendo con su influencia,
entonces universal y poderosa en toda
Quien se veía precisado a no poder echar mano de la
fuerza, en cuatro días de la semana, y largas temporadas del año, claro es que
debía de inclinarse a costumbres más suaves, no empleándola nunca. Lo que
cuesta trabajo no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder
el hábito de obrar mal: y sabido es que todo hábito se engendra por la
repetición de los actos, y se pierde cuanto se logra que éstos cesen por algún
tiempo.
Así es sumamente satisfactorio el ver que los papas
procuraban sostener y propagar esa Tregua renovando el mandamiento de su
observancia en concilios numerosos, y por tanto de una influencia más eficaz y
universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo pontífice Calixto II
en 1119, se expidió un decreto en confirmación de la misma Tregua.
284 Asistieron a este concilio trece arzobispos, más de
doscientos obispos, y un gran número de abades eclesiásticos distinguidos en
dignidad. Se inculcó la misma
observancia en el concilio de Letrán IX, general, celebrado en 1123, congregado
por Calixto II. Eran
más de trescientos los prelados, entre arzobispos y obispos, y el número de los
abades pasaba de seiscientos.
En 1130 se insiste
sobre lo mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio
II, renovándose los reglamentos pertenecientes a la observancia de
A los que han mirado la intervención de la autoridad
eclesiástica en los negocios civiles como una usurpación de las atribuciones
del poder público, se podría preguntarles si puede ser usurpado lo que no
existe, y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se
quejaría con razón de que las ejerciese otro que tuviese para ello la
inteligencia y la fuerza necesarias.
No se quejaba entonces el poder público de esas pretendidas
usurpaciones, y así los gobiernos como los pueblos las miraban como muy justas
y legítimas, porque, como se ha dicho más arriba, eran naturales, necesarias,
traídas por la fuerza de los acontecimientos, dimanadas de la situación de las
cosas. Por cierto que sería ahora curioso ver que los obispos se ocupasen de la
seguridad de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los
ladrones, los que cortasen los olivos o causasen otros estragos semejantes; pero en aquellos
tiempos se consideraba este proceder como muy natural y muy necesario. Merced
a estos cuidados de
¿Queréis saber el concepto que debe formarse de un hecho,
descubriendo si es hijo de la naturaleza misma de las cosas, o efecto de combinaciones
astutas?
285 Reparad el modo con que se presenta,
los lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veáis
reproducido en épocas muy distantes, en lugares muy lejanos, entre hombres que
no han podido concertarse, estad seguros de que lo que obra allí no es plan del
hombre, sino la fuerza misma de las cosas.
Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la
acción de la potestad eclesiástica sobre los negocios públicos. Abrid los
concilios de aquellas épocas y por doquiera os ocurrirán los mismos hechos;
así, por ejemplo, el concilio de Palencia en el reino de León, celebrado en
1129, ordena en su canon 12º que se destierre o se recluya en un monasterio a
los que acometan a los clérigos, monjes, mercaderes, peregrinos y mujeres.
Pasad a Francia,
y encontraréis el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en
su canon 139 excomulga a los incendiarios.
En 1157 os ocurrirá el concilio de Reims mandando en su canon 39 que durante la guerra no se toque la
persona de los clérigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y viñeros.
Pasad a Italia y
encontraréis el concilio de Letrán XI, general, convocado en 1179, que prohíbe
en su canon 224 maltratar e inquietar a los monjes, clérigos, peregrinos,
mercaderes, aldeanos que van de viaje o están ocupados en la agricultura, y a
los animales empleados en ella.
En el canon 249 se
excomulga a los que apresen o despojen a los cristianos que navegan para su
comercio u otras causas legítimas y a los que roben a los náufragos, si no
restituyen lo robado.
Pasando a
Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por
Esteban Langton, arzobispo de Canterbury, prohibiendo en el canon 209 que nadie
pueda tener ladrones para su servicio.
En Suecia el
concilio de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone
en su canon 5º que no se conceda sepultura eclesiástica a los piratas,
raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres y otros
malhechores.
Por manera que en todas partes y en todos tiempos, se
encuentra el mismo hecho:
Yo no sé con qué espíritu han leído algunos la historia eclesiástica
que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las repetidas
disposiciones que no he hecho más que apuntar, todas dirigidas a proteger al
débil contra el fuerte. Si al clérigo y al monje, como débiles que son por
pertenecer a una profesión pacífica, se les protege de una manera particular en
los cánones citados, notamos que se dispensa la misma protección a las mujeres,
a los peregrinos, a los mercaderes, a los aldeanos que van de viaje y se ocupan
en los trabajos del campo, a los animales de cultivo, en una palabra, a todo lo
débil.
286Y cuenta que esta protección no es un mero arranque de
generosidad pasajera, es un sistema seguido en lugares muy diferentes,
continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los medios que la
caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios cuando se trata de hacer
el bien, y de evitar el mal. Y por cierto que aquí no puede decirse que
El espíritu que la
animaba entonces, a pesar de los abusos que consigo traía la calamidad de los
tiempos, el espíritu que la animaba entonces como ahora, era el Espíritu de
Dios; ese Espíritu que le comunica sin cesar una decidida inclinación a lo
bueno, a lo justo, y que la impele de continuo a buscar los medios más a
propósito para realizarlo.
Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan
continuados por parte de
El voe victis de los antiguos ha desaparecido en la
historia moderna, merced a la religión divina que ha inspirado a los hombres
otras ideas y sentimientos; merced a
Si el lector quiere
tomarse la pena de leer el capítulo XVII de esta obra con el § 3 de la nota 15,
donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podrían citar sobre
este punto, formará cabal concepto de la gratitud que se merece
A esto debe
añadirse también la consideración de que, abolida la esclavitud, había de
suavizarse por necesidad el sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era
lícito matarle una vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se
reducía a detenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer daño, o hasta
que se recibiese por él la compensación correspondiente. He aquí el sistema moderno
que consiste en retener los prisioneros hasta que se haya terminado la guerra o
verificado un canje.
287Bien que, según lo dicho más arriba, la suavidad de
costumbres consista, propiamente hablando, en la exclusión de la fuerza, no
obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta exclusión de
un modo abstracto, considerando posible que exista por la sola fuerza del
desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones necesarias para una
verdadera suavidad de costumbres, es que no sólo se eviten en cuanto sean
posibles los medios violentos, sino que además se empleen los benéficos.
Si esto no se verifica, las costumbres serán más bien
enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no será desterrado de la sociedad,
sino que andará en ella disfrazado con artificio. Por estas razones, conviene
echar una ojeada sobre el principio de donde ha sacado la civilización europea
el espíritu de beneficencia que la distingue, pues que así se acabará de
manifestar que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de
costumbres. Además, que aun prescindiendo del enlace que con esto tiene la
beneficencia, ella por sí sola entraña demasiada importancia, para que sea
posible desentenderse de consagrarle algunas páginas, cuando se hace una reseña
analítica de los elementos de nuestra civilización VER NOTA 22
LAS COSTUMBRES no serán jamás suaves, si no existe la
beneficencia pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no
se confunden, no obstante se hermanan. La beneficencia pública propiamente tal
era desconocida entre los antiguos. El individuo podía ser benéfico una que
otra vez, la sociedad no tenía entrañas. Así es que la fundación ele
establecimientos públicos de beneficencia no entró jamás en su sistema de
administración. "¿Qué hacían, pues, de los desgraciados?", se nos
dirá; y nosotros responderemos a esta pregunta con el autor del Genio del
Cristianismo: "tenían dos conductos para deshacerse de ellos: el
infanticidio y la esclavitud".
Dominaba ya el Cristianismo en todas partes y vemos
todavía que los rastros de costumbres atroces daban mucho que entender a la
autoridad eclesiástica.
288
El concilio de Vaisón celebrado en el año 442,
al establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos, manda
castigar con censura eclesiástica a los que perturbaban con reclamaciones
importunas a las personas caritativas que habían recogido un niño; lo que hacía
el concilio con la mira de no apartar de esta costumbre benéfica, porque en el caso
contrario, según añade, estaban expuestos a ser comidos por los perros.
No dejaban todavía
de encontrarse algunos padres desnaturalizados que mataban a sus hijos; pues
que un concilio de Lérida, celebrado en 546, impone siete años de penitencia a
los que cometan semejante crimen; y el de Toledo, celebrado en 589, dispone en
su canon 179 que se impida que los padres y madres quiten la vida a sus hijos.
No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos
excesos, que por su misma oposición a las primeras ideas de moral, y por su
repugnancia a los sentimientos más naturales, se prestaban de suyo a ser
desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar los medios
para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde estuviesen siempre a la
mano los socorros, no sólo para los niños, sino también para los viejos
inválidos, para los enfermos, para los pobres que no pudiesen vivir de su
trabajo, en una palabra, para todas las necesidades.
Como nosotros vemos esto planteado ya y nos hemos familiarizado
con su existencia, nos parece una cosa tan natural y sencilla que apenas
acertamos a distinguir una mínima parte del mérito que encierra. Supóngase
empero por un instante que no existiesen semejantes establecimientos,
trasladémonos con la imaginación a aquella época en que no se tenía de ellos ni
idea siquiera, ¿qué esfuerzos tan continuados no supone el plantearlos y
organizarlos?
Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana,
debían ser socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que
no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se hubiese
limitado a medios puramente individuales; porque nunca habría faltado un número
considerable de fieles que hubieran recordado las doctrinas y el ejemplo de Jesucristo,
quien, mientras nos enseñaba la obligación de amar a los demás hombres como a
nosotros mismos, y esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al
hambriento, de beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al
enfermo y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la
práctica de esta virtud.
289
De mil
maneras podía ostentar el infinito poder que tenía sobre el cielo y la tierra;
al imperio de su voz se hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros
se hubieran detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus
leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia, en
atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio o consuelo de
los desgraciados. Su vida está comprendida en la sencillez sublime de aquellas
dos palabras del sagrado texto: Pertransit benefaciendo.
Pasó haciendo bien.
Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad
cristiana entregada a sus propias inspiraciones y obrando en la esfera
meramente individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que
era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de las cuales
se evitase que el socorro de las necesidades estuviese sujeto a las
contingencias inseparables de todo lo que depende de la voluntad del hombre y
de circunstancias de momento.
Por este motivo, fue sumamente cuerdo y previsor el
pensamiento de plantear un gran número de establecimientos de beneficencia.
Y es digno de notarse que ésta es una de las razones de la
robustez que tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo; de manera que, así
como el principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad y
la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo a instituciones asegura la
solidez y duración a todas sus obras. Estos dos principios tienen entre sí una
correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el uno supone la desconfianza
en el entendimiento del hombre, el otro en su voluntad y en sus medios
individuales.
El uno supone que el hombre no se basta a sí mismo para el
conocimiento de muchas verdades, el otro que es demasiado veleidoso y débil
para que el hacer el bien pueda quedar encomendado a su inconstancia y
flaqueza. Y ni uno ni otro hacen injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su
dignidad; no hacen más que decirle lo que en realidad es sujeto al error,
inclinado al mal, variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades
tristes, pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación
nos ofrece la religión cristiana asentando como dogma fundamental la caída del
humano linaje en la prevaricación del primer padre.
El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente
opuestos, aplica también a la voluntad el espíritu de individualismo que
predica para el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de
instituciones.
Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su
primer paso en el momento de su aparición fue destruir lo existente, sin pensar
cómo podría reemplazarse.
290
Increíble parecerá que Montesquieu haya llegado
al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es otra prueba de la
maligna influencia ejercida sobre los espíritus por la pestilente atmósfera del
siglo pasado. "Enrique
VIII, dice el citado autor, queriendo reformar
Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de Enrique
VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable razón de que,
faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba, se quitaría a los ociosos
este recurso, es cosa que no fuera de extrañar, supuesto que semejantes
vulgaridades eran del gusto de la filosofía que empezaba a cundir a la sazón.
En todo lo que estaba en oposición con las instituciones
del Catolicismo se pretendía encontrar profundas razones de economía y de
política; cosa muy fácil, porque un ánimo preocupado encuentra en los libros,
como en los hechos, todo lo que quiere.
Podía sin embargo preguntarse a Montesquieu cuál había
sido el paradero de los bienes de los conventos; y como de esos pingues
despojos cupo una buena parte a esos mismos nobles que antes encontraban allí
la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al autor del Espíritu de las leyes, por haber
pretendido disminuir la ociosidad de éstos por un medio tan singular como era
darles los bienes de aquéllos que los hospedaban.
Por cierto que teniendo los nobles en su casa los mismos
bienes que sufragaban para darles hospitalidad, se les ahorraba el trabajo de
correr de convento en convento. Pero lo que no puede tolerarse es que presente
como un golpe maestro en economía política "el haber quitado los
hospitales donde el pueblo bajo encontraba su subsistencia". ¡Qué! ¿A tan
poco alcanza vuestra vista, tan despiadada es vuestra filosofía, que creáis
conducente para el fomento de la industria y comercio la destrucción de los
asilos del infortunio?
Y es lo peor, que seducido Montesquieu por el prurito de
hacer lo que se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de
negar la utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa
de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan.
291
Si las naciones son pobres, no quieren
hospitales; si son ricas, tampoco; y para sostener esa paradoja inhumana se
apoya en las razones que verá el lector en las siguientes palabras: "Cuando la nación
es pobre, dice, la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es
más, por decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no
sirven entonces para remediar esa pobreza particular; al contrario, el espíritu
de pereza que ellos inspiran aumenta la
pobreza general, y por consiguiente la particular". He aquí los hospitales presentados como dañosos a las
naciones pobres, y por tanto condenados.
Oigamos ahora por lo tocante a las ricas. "He dicho que las naciones ricas
necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna a mil
accidentes; pero echase de ver que socorros pasajeros valdrían mucho mas que
establecimientos perpetuos. El mal es momentáneo, de consiguiente es menester
que los socorros sean de una misma clase y aplicables al accidente particular". (Espíritu de las leyes. Lib. 23, cap. 29.)
Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que
se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese de juzgar
esa obra cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una calificación aun más
severa de la que le da M. Bonald cuando la llama "la
mas profunda de las obras superficiales".
Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de
la sociedad,
En la misma Inglaterra existen en considerable número los
establecimientos de beneficencia, sin que se crea que, para aguijonear la
diligencia del pobre, sea menester exponerle al peligro de perecer de hambre.
Conviene sin embargo observar que ese sistema de establecimientos públicos de
beneficencia, generalizado en la actualidad por toda Europa, no hubiera
existido sin el Catolicismo; y puede asegurarse que, si el cisma religioso
protestante hubiese tenido lugar antes de que se plantease y organizase el
indicado sistema, no disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos
establecimientos que tanto la honran, y que además son un precioso elemento de
buena policía y de tranquilidad pública.
No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de
esta clase, cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los
gobiernos tienen a la mano inmensos recursos y disponen de la fuerza necesaria
para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos cuando
no hay tipos a que referirse, cuando se han de improvisar los recursos de mil
maneras diferentes, cuando el poder público no tiene ni prestigio ni fuerza
para mantener a raya las pasiones violentas que se esfuerzan en apoderarse de
todo lo que les ofrece algún cebo.
292 Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la
existencia del Protestantismo, lo segundo lo había hecho siglos antes
Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países
protestantes a favor de la beneficencia, no ha sido más que actos
administrativos del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la
vista de los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes
establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como Iglesia
separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí donde conserva
algo de organización jerárquica, es un puro instrumento del poder civil, y por
tanto no puede obrar por inspiración propia.
Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además
del vicio de su constitución, sus preocupaciones contra los institutos
religiosos tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los
poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar a cabo las obras de
caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es necesario el
desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y esto es lo que se
encuentra eminentemente en las personas consagradas a la beneficencia en un
instituto religioso; allí se empieza por el desprendimiento, raíz de todos los
demás: el de la propia voluntad.
Es antiquísimo en
Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por
todas partes el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, o que en
lo sucesivo adquiriesen los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que de
suyo ofrecían un cebo muy, estimulante. No faltó empero
El concilio de Orleáns, celebrado en el año 549, prohíbe,
en su canon 139, el apoderarse de los bienes de hospitales; y en el canon 154
confirmando la fundación de un hospital hecho en Lyon por el rey Childeberto y
la reina Ultragotha, encargando la seguridad y la buena administración de sus
bienes, impone a los contraventores la pena de anatema como reos de homicidio
de pobres.
Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son a un
tiempo de beneficencia y, de policía, y adoptadas en la actualidad en varios
países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una lista de
los pobres de la parroquia, el obligar a ésta a, mantenerlos, y otras
semejantes.
Así el concilio de Tours, celebrado por los años de 566 ó
567, ordena en su canon 54 que cada ciudad mantenga sus pobres y que los sacerdotes
rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para evitar que los mendigos
anden vagabundos por las ciudades y provincias.
Por lo que toca a los leprosos, el canon 219 del concilio
de Orléans, poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de
los pobres leprosos de su diócesis, suministrándoles del fondo de
Teníase en
La solicitud por la mejora de la suerte de los presos que
tanto se ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en
El arcediano, o el propósito de la iglesia, tenían la
obligación de visitar los presos todos los domingos.
294
No se exceptuaba de esta solicitud ninguna clase
de criminales; y el arcediano debía enterarse de sus necesidades y
suministrarles el alimento y lo demás que necesitasen por medio de una persona
recomendable elegida por el obispo. Así consta del canon 204 del concilio de
Orléans, celebrado en el año 549.
Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte
de las disposiciones que atestiguan el celo desplegado por
Pero ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha
llevado como de la mano a algunas indicaciones históricas, no puedo menos de
recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle, donde se ordena que
los prelados, siguiendo los ejemplos de sus predecesores, funden un hospital
para recibir tantos pobres cuantos alcancen a mantener las rentas de
Los canónigos habían de dar al hospital el diezmo de sus
frutos, y uno de ellos debía ser nombrado para recibir a los pobres y
extranjeros, y para la administración del hospital. Esto en la regla para los
canónigos. En la regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se
establezca un hospital cerca del monasterio y que dentro del mismo haya un
sitio destinado para recibir a las mujeres pobres. De esta práctica resultó que
muchos siglos después se veían en varias partes hospitales junto a la iglesia
de los canónigos.
Llegando a tiempos más cercanos, son en muy crecido número
los institutos que se fundaron con objetos de beneficencia, siendo de admirar
la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios de socorrer las
necesidades que se iban ofreciendo.
No es dado calcular
a punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del Protestantismo; pero
discurriendo por analogía se puede conjeturar que, si el desarrollo de la
civilización europea se hubiese llevada a su complemento bajo el principio de
la unidad religiosa, y sin las revoluciones y reacciones incesantes en que se
halló sumida
¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la
inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto para
lograr este objeto?
295
Desgraciadamente se rompió la unidad en la fe,
se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante como la había
sido hasta allí, y desde entonces
El rencor, engendrado por la diferencia de religión, no
permitió que se aunasen los esfuerzos para salir al paso a las nuevas
complicaciones y necesidades que iban a brotar de la organización social y
política alcanzada por
Es
menester no olvidar que con el cisma de los protestantes no sólo se ha impedido
la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar el fin indicado, sino
que se ha causado además otro mal muy grave, cual es que el Catolicismo no ha
podido obrar de una manera regular, aun en los países donde se ha conservado
con predominio, o principal o exclusivo.
Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de
defensa, y así se ha visto precisado a gastar una gran parte de sus recursos en
procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta de esto ser muy
probable que el orden actual de cosas en Europa es del todo diferente del que
hubiera sido en la suposición contraria, y que tal vez en este último caso no
hubiera sido necesario fatigarse en esfuerzos impotentes contra un mal que, según
todas las apariencias, si no se imaginan otros medios que los conocidos hasta
aquí, es poco menos que incurable.
Se me dirá que en tal caso
Verdad es que en
ciertos siglos apenas se oye otra voz, ni se ve otra acción que la suya en todo
lo tocante al ramo de beneficencia; pero es menester observar que en aquellos
siglos estaba muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y
vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde a
296
Tres siglos han pasado desde el funesto
acontecimiento que lamentamos, y Europa, que durante este tiempo ha estado
sujeta en buena parte a la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo
paso más allá de lo que estaba ya hecho antes de aquella época.
No puedo creer que si estos tres siglos hubiesen corrido
bajo la influencia exclusiva del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno
alguna invención caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia a
toda la altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando
una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de los que se
ocupan de esta cuestión gravísima, figura la asociación bajo una u otra forma.
Cabalmente éste ha sido siempre uno de los principios favoritos del
Catolicismo, el cual, así como proclama la unidad en la fe, así proclama
también la unión en todo.
Pero hay la diferencia que muchas de las asociaciones que
se conciben y plantean no son más que aglomeración de intereses, faltándoles la
unión de voluntades, la unidad de fin, circunstancias que no se encuentran sino
por medio de la caridad cristiana; y no obstante son necesarias estas
circunstancias para llevar a cabo las grandes obras de beneficencia, si en ella
se ha de encontrar algo más que una medida de administración pública. Esta
administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y desgraciadamente, cuando
alcanza este vigor, su acción se resiente un poco de la dureza y tirantez de
los resortes. Por esto se necesita la caridad cristiana que, filtrándose por
todas partes a manera de bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del
hombre.
¡Ay de los desgraciados que no reciban el socorro en sus necesidades,
sino por medio de la administración civil, sin intervención de la caridad
cristiana! En las relaciones que se darán al público la filantropía exagerará
los cuidados que prodiga al infortunio, pero en la realidad las cosas pasarán
de otra manera.
El amor de nuestros hermanos, si no está fundado en
principios religiosos, es tan abundante de palabras como escaso de obras. La
vista del pobre, del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable
para que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan a ello muy
poderosos motivos. ¡Cuánto menos se puede esperar que los cuidados penosos,
humillantes, de todas horas, que reclama el socorro de esos infelices, puedan
ser sostenidos cual conviene por un vago sentimiento de humanidad! No, donde
falte la caridad cristiana podrá haber puntualidad, exactitud, todo lo que se
quiere de parte de los asalariados para servir, si el establecimiento está
sujeto a una buena Administración; pero faltará una cosa que con nada se suple,
que no se paga, el amor. Mas se nos dirá: ¿no tenéis fe en la filantropía? No, porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda
falsa de la caridad.
Muy razonable era, pues, que
298
Cosas hay, sobre las que no es posible formar
juicio acertado, sin poseer, no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo
de la época en que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar
a este punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento a cubierto del
influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos los que lo
alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en que vivimos es el
reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí la primera dificultad que
ocurre en la discusión de esta clase de cuestiones.
El acaloramiento y la mala fe de algunos que las
examinaron han tenido también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada
existe en el mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un
lado; porque las cosas miradas así, son falsas o, en otros términos, no son
ellas mismas.
Todo cuerpo tiene tres dimensiones; quien no atienda más
que a una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy
diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la más útil
que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de los males e
inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en pocas páginas lo que
en realidad está desparramado en muchos siglos. Su historia resultará
repugnante, negra, digna de execración.
Dejad que un amante de la democracia os pinte en breve
cuadro y con hechos históricos los males e inconvenientes de la monarquía y los
vicios y crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero, a
un amante de ésta, dejadle que a su vez pueda retrataros también con hechos
históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces la democracia?
Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho adelanto de los pueblos;
la civilización y la cultura os parecerán detestables. Andando en busca de
hechos en los fastos del espíritu humano, se puede hacer de la historia de la
ciencia la historia de la locura y hasta del crimen.
Acumulando los
accidentes funestos ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede
presentar esta profesión benéfica como
la carrera del homicidio. En una palabra: todo se puede falsear procediendo de
esta suerte. Dios mismo se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía,
si haciendo abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no
atendernos a otra cosa que a los males que presenciamos en un mundo, creado por
su poder y sujeto a su providencia.
Apliquemos estos principios. Si dejando aparte el espíritu
de los tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo
diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los
católicos, cuidando de que los rigores de Fernando e Isabel, de Felipe II, de
la reina María de Inglaterra, de Luís XIV, y todo lo acontecido en el espacio
de tres siglos se vean reunidos en pocas páginas y con los colores tan
recargados como posible sea.
299
El lector que recibe en pocos momentos la
impresión de sucesos que se anduvieron realizando en trescientos años, el
lector que viviendo en una sociedad donde las cárceles se van convirtiendo en
casas de recreo, - y donde es vivamente combatida la pena de muerte, ve delante
de sus ojos tanto lóbrego calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y
hogueras, siente latir vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los
desgraciados que perecen y se indigna contra los autores de lo que él apellida
horrendas atrocidades.
Nada se le ha dicho
al cándido lector de los principios y de la conducta de los protestantes en la
misma época, nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel
de Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos y se
acostumbra a mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y de sangre.
Pero el juicio que de ahí se forme ¿será recto?, ¿será un fallo dado con pleno
conocimiento de causa?
Veamos lo que
haríamos al encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba,
sobre la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la
ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, o al menos lo
que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá nuestra vista, volver
el objeto mirándole en sus diferentes caras, atender a los bienes después de
habernos hecho cargo de los males; disminuir la impresión que éstos nos han
causado y considerarlos como fueron en sí, es decir, distribuidos a grandes
distancias en el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos
tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal, para
compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar debidamente las
cosas en la historia de la humanidad.
Lo propio se habría de ejecutar en el caso en cuestión,
para precaverse contra el error a que conducen las falsas relaciones y la
exageración de ciertos hombres cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos,
no presentándolos sino por un lado. Ahora no existe
300
Aquí hay dos cuestiones: la del principio y la
de su aplicación; o bien, de la intolerancia y del modo de ejercerla. Es
menester no confundir estas dos cosas, que por más enlazadas que se hallen, son
sin embargo muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.
En la actualidad se proclama como un principio la
tolerancia universal y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia.
¿Quién cuida de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza
a la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas, echa
mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos.
Se pronuncian
maquinalmente, se emplean a cada paso para establecer proposiciones de la mayor
trascendencia sin recelo siquiera de que en ellas se envuelva un orden de
ideas, de cuya buena o mala inteligencia y aplicación está pendiente la
conservación de la sociedad.
Pocos se paran en que hay aquí cuestiones de derecho tan
profundas como delicadas, que hay una gran parte de la historia en que, según
como se resuelvan los problemas sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado,
se derriba todo lo presente y no se deja, para edificar en el porvenir, más que
un movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes casos
es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la misma suerte que
se toma y se da una moneda corriente, sin pararse en examinar si es o no de
buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre lo más útil; y así como en
tratándose de monedas de algún valor nos tomamos la pena de examinarlas para
evitar el engaño, es menester observar la misma conducta con respecto a
palabras tuvo significado sea muy trascendental.
Tolerancia: ¿Qué significa esa palabra, Propiamente hablando,
significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que se cree
conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase de escándalos, se
toleran las mujeres públicas, se toleran estos o aquellos abusos; de manera que
la idea de tolerancia anda siempre acompañada de la idea del mal. Tolerar lo
bueno, tolerar la virtud, serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia
es en el orden de las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error.
Nadie dirá jamás que tolere la verdad.
En contra de esto último puede hacerse una observación
fundada en el uso generalmente introducido de decir: tolerar las opiniones; y
opinión es muy diferente de error.
Si nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio,
bien que afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado a una
completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los otros será
también una mera opinión; pero si llega la convicción a tal punto que se afirme
y consolide del todo, esto es, si llegamos a la certeza, entonces estaremos
también ciertos de que los que forman un juicio opuesto, yerran. De donde se
infiere que en la palabra tolerancia referida a opiniones, se envuelve siempre
la significación de tolerancia de errores.
Quien está por el sí, tiene por falso el no; y quien está
por el no, tiene por falso el sí. Esto no es más que una simple aplicación de
aquel famoso principio: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo.
Pero entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando
decimos respetar las opiniones? ¿Se sobreentenderá también que respetamos
errores? No. El respetar la opiniones puede tener dos sentidos muy razonables.
El
primero se funda en la misma flaqueza de
convicción cíe la persona que respeta; porque cuando sobre un punto no hemos
llegado a más que a formar opinión, se entiende que no hemos llegado a certeza;
y por tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones por la
parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que respetamos la
opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que podemos engañarnos y
de que quizás no está la verdad de nuestra parte.
Segundo: respetar las opiniones significa a veces respetar las
personas que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así
se dice a veces respetar las , preocupaciones, y claro es que no se habla
entonces de un verdadero respeto que a ellas se profese.
De donde se ve que la expresión respetar las opiniones
ajenas tiene significado muy diferente, según que la persona que las respeta
tiene o no convicciones ciertas en sentido contrario.
Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen
y cuáles sus efectos, si antes de examinarla en la sociedad la analizamos de
suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca a su elemento inás
simple: la tolerancia considerada en el individuo.
302
Se llama tolerante un individuo, cuando está habitualmente
en tal disposición de ánimo que soporta, sin enojarse ni alterarse, las
opiniones contrarias a la suya.
Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las
diferentes materias sobre que verse. En materias religiosas la tolerancia así
como la intolerancia pueden encontrarse en quien tenga religión y en quien no
la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas situaciones
envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante. Algunos se imaginan que
la tolerancia es propia de los incrédulos y la intolerancia de los hombres
religiosos; pero esto es un error. ¿Quién más tolerante que San Francisco de
Sales? ¿Quién más intolerante que Voltaire?
La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia
que no dimana de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un
ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de dos
principios: la caridad y la humildad. La caridad, que nos hace amar a todos los
hombres, aun a nuestros mayores enemigos, que nos inspira la compasión de sus
faltas y errores, que nos obliga a mirarlos como hermanos y a emplear los
medios que estén en nuestro alcance para sacarlos de su mal estado, sin que nos
sea lícito considerarlos privados de esperanza de salvación, mientras viven
sobre la tierra.
Rousseau ha dicho que "es imposible vivir en paz con gentes a quienes
se cree condenadas"; nosotros no creemos ni podemos creer condenado a
nadie mientras vive, pues que por grande que sea su iniquidad, todavía son
mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de Jesucristo; y tan
lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de Ginebra que "amar a
esos tales sería aborrecer a Dios", que antes bien dejaría de pertenecer a
nuestra creencia quien sostuviese semejante doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la
tolerancia; la humildad que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra
flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que no nos
deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos sino como mayores títulos de
agradecimiento a la liberal mano de
La humildad que no limitándose a la esfera individual sino
abrazando la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran
familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el pecado del
primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con tinieblas en el
entendimiento y, por consiguiente, digno de lástima e indulgencia en sus faltas
y extravíos; esa virtud sublime en su mismo anonadamiento y que, como ha dicho admirablemente
Santa Teresa, agrada tanto a Dios, porque la humildad es la verdad, esa virtud
nos hace indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento
que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.
303
No bastará sin embargo para que un hombre
religioso sea tolerante en toda la extensión de la palabra, el que sea
caritativo y humilde; la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica
las causas. Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala
inteligencia embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un
paralelo de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero cuya
conducta será muy diferente.
Supónganse dos sacerdotes, ambos distinguidos en ciencia y
eminentes en virtud; pero de manera que el uno haya pasado su vida en el
retiro, rodeado de personas piadosas y no tratando sino con católicos, mientras
el otro, empleado en misiones en diferentes países donde se hallan
establecida.; diversas religiones, se ha visto precisado a conversar con
hombres de distintas creencias, a vivir entre ellos y a sufrir el altar de una
religión falsa levantado a poca distancia del ele la religión verdadera. Los
principios de la caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán
como un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero a pesar de todo
esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un hombre que o
tenga otras creencias o no profese ninguna.
El primero, que
jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con respeto de la
religión, se estremecerá, se indignará, a la primera palabra que oiga contra la
fe o las ceremonias de
¿De dónde esta variedad? No es difícil conocerlo; es que
este último, con el trato, la experiencia, las contradicciones, ha llegado a
poseer un conocimiento claro ele la verdadera situación del mundo, se ha hecho
cargo de la funesta combinación de circunstancias que han conducido o mantienen
a muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en el lugar en
que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el beneficio que él debe a
Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan caritativo,
tan humilde cuanto se quiera; pero ¿cómo se puede exigir de él que no se
conmueva profundamente, que no deje traslucir las señales de su indignación,
cuando oye negar por la primera vez lo que él ha creído siempre con la fe más
viva, sin que haya encontrado otra oposición que los argumentos propuestos en
algunos libros?
304No le faltaba por cierto la noticia de la existencia de
herejes e incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos a menudo,
el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto
extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de variada
disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como que nunca había
sufrido, no había podido embotarse; y así con las mismas virtudes, y si se
quiere con los mismos conocimientos que el otro, no había alcanzado aquella
penetración, aquella viveza, por decirlo así, con que un entendimiento claro, y
además ejercitado con la práctica, entra en el espíritu de aquéllos con quienes
habla y ve las razones o los motivos o las pasiones que los ciegan para que no
lleguen al conocimiento de la verdad.
Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo
que tenga religión supone cierta blandura de ánimo, que nacida del trato y de
los hábitos que éste engendra, se hermana no obstante con las convicciones
religiosas más profundas y con el celo más puro y ardiente por la propagación
de la verdad. En lo moral como en lo físico, el roce afina, el uso gasta, y no
es posible que nada se sostenga por largo tiempo en actitud violenta.
El hombre se indignará una, dos, cien veces al oír que se
impugna su manera de pensar, pero no es posible que continúe indignándose
siempre; y así al cabo vendrá a resignarse a la oposición, se acostumbrará a
sufrirla con templanza, y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se
contentará con defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y cuando no,
tratará de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito,
procurando preservarlas del viento disipador que oye soplar en sus alrededores.
La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos
principios, sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una
disposición de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir
formado con la repetición del sufrimiento.
Pasando ahora a considerar la tolerancia en el hombre no
religioso, observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que no
sólo no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto extravío
de ideas, ora por mirarla como un obstáculo a sus pasiones o a sus particulares
designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su intolerancia es la peor,
porque no va acompañada de ningún principio moral que pueda enfrenarla. El
hombre en semejantes circunstancias siéntese, por decirlo así, en guerra
consigo mismo y con el linaje humano; consigo mismo, porque tiene que sofocar
los gritos de su conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra
la doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.
305
Por esta causa se encuentra en los hombres de
esta clase un fondo excesivo de rencor y despecho, por esto sus palabras
destilan hiel, por esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.
Hay empero otra clase de hombres que, si bien carecen de
religión, no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una
especie de escepticismo, a que han sido conducidos o por la lectura de malos
libros o por reflexiones de una filosofía superficial y ligera; no están
adheridos a la religión, pero tampoco están enemistados con ella. Muchos
conocen su alta importancia para el bien de la sociedad; y aun algunos abrigan
cierto deseo de volver a poseerla; allá en momentos de recogimiento y
meditación recuerdan con gusto los días en que ofrecían a Dios un entendimiento
fiel y un corazón puro, y al ver cómo se precipitan los momentos de la vida,
quizás conservan aún la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus
padres, antes de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero si bien
se mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud; es una
simple necesidad que resulta de su posición.
Mal puede
indignarse contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y por tanto no
encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión quien
la considera corno una cosa necesaria al bienestar de la sociedad; mal puede
abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de menos en el fondo
de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de esperanza al fijar sus ojos
en un pavoroso porvenir. La tolerancia en tal caso nada tiene de extraño, es
natural, necesaria, y lo que fuera inconcebible, lo que fuera extravagante y
que indicaría un mal corazón, sería la intolerancia.
Elevando del individuo a la sociedad las consideraciones
que se acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la
intolerancia, pueden mirarse, o en el gobierno o en la sociedad, porque sucede
a veces que no andan acordes y que, mientras el gobierno sostiene un principio,
predomina en la sociedad otro directamente opuesto. Como el gobierno está
formado de un corto número de individuos, es aplicable a él todo cuanto se ha
dicho de la tolerancia considerada en la esfera puramente individual, bien que
debe tenerse en cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden
abandonarse sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos y a menudo se
ven precisados a sacrificarlos en las aras de la opinión pública.
306
Por algún tiempo, y favorecidos por
circunstancias excepcionales, podrán contrariarla o falsearla; pero bien pronto
la fuerza de las cosas les sale al paso obligándolos a cambiar de rumbo.
Limitándose, pues, a considerar la tolerancia en la
sociedad, pues que al fin, tarde o temprano, el gobierno llega a ser la
expresión de las ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podernos notar
que sigue los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un
principio, sino de un hábito.
Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo
hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan a sufrirse unos a
otros, a tolerarse, porque a esto los conduce el cansancio de repetidos choques
y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y apacible; pero en el comienzo de
esta discordancia de creencias, cuando se encuentran cara a cara por primera
vez los hombres que las tienen distintas, el choque más o menos rudo es siempre
inevitable. Las causas de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre,
y vano es luchar contra ella.
Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad
actual les es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no
han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha consumado
lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto de la doctrina por
ellos predicada.
En efecto: ¿qué es lo que han dicho de nuevo? Han
recomendado la fraternidad universal; pero esta fraternidad es una de las
doctrinas del Cristianismo. Han exhortado a vivir en paz a los hombres de todas
religiones; pero antes que ellos empezasen a decírselo, los hombres comenzaban
ya a tomar este partido en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente
eran tantas y 'tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna
alcanzase un predominio exclusivo.
Tienen, es verdad, ciertos filósofos incrédulos un triste
título a sus pretensiones sobre la extensión de la tolerancia, y es que,
habiendo llegado a sembrar la incredulidad y el escepticismo, han generalizado,
así en los gobiernos como en los pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es
ninguna virtud, sino la indiferencia por todas las religiones.
Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en
nuestro siglo? O mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla
bien, y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en un
todo conforme a la descrita más arriba con respecto al individuo, que carece de
creencias, pero que no las rechaza porque las considera como muy útiles al bien
público, y hasta alimenta una vaga esperanza de volver a ellas algún día.
307
En lo que hay en esto de bueno ninguna parte
han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta contra ellos;
ellos que mientras eran impotentes para apoderarse del mando, prodigaban la
calumnia y el sarcasmo a todo lo más sagrado que hay en el cielo y en la
tierra, y así que pudieron levantarse al poder derribaron con furor indecible
todo lo existente, e hicieron perecer millones de víctimas en el destierro y en
los cadalsos.
La multitud de religiones, la incredulidad, el
indiferentismo, la suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras,
la organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las sociedades,
la mayor comunicación de las personas por medio de los viajes, y la de las
ideas por la prensa, he aquí las causas que han producido en Europa esa
tolerancia universal que lo ha ido invadiendo todo, estableciéndose de hecho
donde no ha podido establecerse de derecho. Esas causas, como es fácil de
notar, son de diferentes órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una
parte exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado
simultáneamente en el desarrollo de la civilización.
EN EL SIGLO anterior se declamó mucho contra la
intolerancia; pero una filosofía menos ligera que la entonces dominante,
hubiera reflexionado algo más sobre un hecho que sea cual fuere el juicio que
de él se forme, no puede sin embargo negarse haber sido general a todos los
países y a todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la cicuta;
Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos dioses
extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que formando parte de aquella
especie de Panteísmo que era el fondo de su religión, sólo necesitan para ser
declarados dioses de Roma, una mera formalidad: que se les libre, por decirlo
así, el título de ciudadanos.
Pero no consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la
religión de los judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy
equivocadas en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran
muy diferentes de la suya.
308
La historia de los emperadores gentiles es la
historia de la persecución de
La emancipación de los católicos en Inglaterra es de fecha
muy reciente; las ruidosas desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo
Pontífice por causa de las arbitrariedades de aquél con respecto a la religión
católica son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y la persecución
del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan escandalosa como nunca.
Esto en cuanto a los hombres de las sectas disidentes; pues por lo que toca a
la tolerancia de los humanos filósofos del siglo XVIII, menester es confesar
que hubiera sido muy amable, a no recibir su digna sanción de la mano de
Robespierre.
Todo gobierno que profesa una religión es más o menos
intolerante con las otras: y esta intolerancia sólo disminuye o cesa, cuando
los que profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, o
despreciar por muy débiles. Aplicad a todos los tiempos y países la regla que
se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis exacta; es un
compendio de la historia de los gobiernos con respecto a las religiones. El
gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los católicos, y continuará
siéndolo más o menos según las circunstancias; los gobiernos de Prusia y de
Rusia seguirán como hasta aquí, bien que con las modificaciones que exigirá la
variedad de los tiempos; así como en los países donde predomine el principio
católico se pondrán trabas más o menos fuertes al ejercicio del culto protestante.
Se me citará como prueba de lo contrario el ejemplo de
Se ha pretendido establecer como un principio la
tolerancia universal, negando a los gobiernos el derecho de violentar las
conciencias en materias religiosas; sin embargo, y a pesar de cuanto se ha
dicho, los filósofos no han podido poner su aserción bien en claro; y mucho
menos hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno.
Para demostrar que
la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de permitir esos
pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas.
Si viene a establecerse en vuestro país una religión cuyo
culto demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis? -No. -¿Y por qué? -Porque no
podemos tolerar un crimen semejante. -Pero entonces seréis intolerantes,
violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como un crimen lo que a los
ojos de esos hombres es un obsequio a
Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan
todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis que
vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?
-No importa,
seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la humanidad.
-Aplaudo vuestra
conducta; pero no podréis negarme que se ha ofrecido un caso en que la
intolerancia de una religión os ha parecido un derecho y un deber.
Pero si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al
menos permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y saludable
la práctica de los sacrificios humanos?
-No, porque esto equivaldría a permitir la enseñanza del
asesinato. -Enhorabuena; pero reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado
una doctrina, con la cual os habéis creído con derecho y obligación de ser
intolerantes.
Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis por
cierto los sacrificios ofrecidos en la antigüedad a la diosa del amor, y el
nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia y Corinto; si un
culto semejante renaciese entre vosotros ¿le toleraríais?
-No, por contrario
a las sagradas leyes del pudor.
-¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le
apoyase? -No, por la misma razón.
-Entonces,
encontramos otro caso en que os creéis con derecho y obligación de ser
intolerantes, de violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón,
sino que a esto os obliga vuestra conciencia propia.
Todavía más: supongamos que con la lectura de
310
-No, porque esos hombres podrían renovar en
nuestros tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en
nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo, los
anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente, y sembraban
por todas partes la desolación y el exterminio.
-Obraréis con tanta
justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar que ejerceréis un
acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la tolerancia universal, de
ese principio tan claro, tan cierto, si a cada paso os encontráis vosotros
mismos con la necesidad de restringirle, mejor diré, de arrumbarle y de obrar
en sentido diametralmente opuesto? Diréis que la seguridad del Estado, el buen
orden de la sociedad, la moral pública os obligan a obrar así; pero entonces,
¿qué viene a ser un principio que, en ciertos casos, se halla en oposición con
los intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del Estado?
¿Y creéis por ventura que aquéllos contra quienes declamáis, no pensaban
también poner a cubierto esos intereses, cuando eran intolerantes?
En todos tiempos y países, se ha reconocido como un
principio indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos,
de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor o menor violencia que con esto
se haga a la conciencia de los individuos que los ejercían o pretendían
ejercerlos. Si no bastara el constante testimonio de la historia, debiera ser
suficiente a convencernos de esta verdad el breve diálogo que se acaba de leer,
donde se ha visto que los más ardientes encomiadores de la tolerancia podían
verse obligados a ser intolerantes.
Ellos se veían precisados a serlo en nombre de la
humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego la tolerancia universal de doctrinas y religiones
proclamada como un deber de todo gobierno es un error, una regla sin
aplicación; pues que hemos demostrado hasta la evidencia que la
intolerancia ha sido siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo
gobierno, y cuya aplicación más o menos severa o indulgente depende de la
diversidad de circunstancias, y sobre todo del punto de vista bajo el cual mira
las cosas el gobierno que la ha de ejercer.
Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que
a primera vista parece conducir a la condenación de toda intolerancia relativa
a doctrinas y a los actos que a consecuencia de ellas se practican. Sin
embargo, mirada la cosa a fondo, no es así; y aun dado que el entendimiento no
alcanzara a disipar completamente la dificultad por medio de razones directas,
con todo, indirectamente, y con la argumentación que llaman ad absurd, se llega
a conocer la verdad; al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de
guía a la incierta prudencia humana.
He aquí la cuestión. "¿Con qué derecho puede
prohibirse a un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme a ella, si
él está convencido de que aquella doctrina es verdadera, y que cumple con su
obligación o ejerce un derecho, cuando obra conforme a lo que la misma le
prescribe?
Si la prohibición no ha de ser ridícula, ha de llevar la
sanción de la pena; y cuando apliquéis esa pena, castigaréis a un hombre, que
en su conciencia es inocente. La justicia supone el culpable; y nadie es
culpable, si primero no lo es en su conciencia. La culpabilidad radica en la
misma conciencia, y sólo podemos ser responsables de la infracción de una ley
cuando esta ley ha hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos
dice que una acción es mala, no podemos ejecutarla por más que nos la prescriba
la ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla, por más
que esté prohibida por la ley".
He aquí presentado
en pocas palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse
contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas emanan;
veamos ahora cuál es el verdadero peso cíe estas reflexiones que a primera vista
parecen tan concluyentes.
Por de pronto salta a la vista, que la admisión de este
sistema haría imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando
el puñal en el pecho de César, Jacobo Clernent asesinando a Enrique III,
obraban sin duda a impulsos de una exaltación de ánimo que les hacía mirar su
atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo, si uno y otro hubiesen sido
conducidos a un tribunal, ¿os parecería razonable exigir que se libertasen de
la pena, el uno alegando su amor de la patria, el otro su celo por la religión?
La mayor parte de los crímenes políticos se cometen con la
convicción de que se obra bien; aun prescindiendo de las épocas turbulentas
donde los hombres de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener
cada cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman contra
un gobierno en épocas pacíficas son, por lo común, obra de algunos individuos
que tienen por ilegítimo o tiránico el poder; y trabajando para derribarle
obran conforme a sus principios.
El juez los castiga justamente aplicándoles la ley
impuesta por el legislador; y, sin embargo, ni el legislador al señalar la
pena, ni el juez al aplicarla, ignoran ni ignorar pueden la disposición de ánimo
en que debía de hallarse el delincuente cuando la infringía.
Se dirá que atendiendo a la fuerza de estas razones se va
aumentando cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos;
pero yo replicaré que si establecemos el principio de que la justicia humana no
tiene derecho a castigar cuando el delincuente ha obrado en fuerza de sus
principios, no sólo deberían endulzarse esas penas, sino abolirse.
312
En tal caso la pena capital sería un verdadero
asesinato, la pecuniaria un robo, y las demás un atropellamiento. Y advertiré
de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor contra los crímenes
políticos; la historia de Europa en los últimos años nos suministraría algunas
pruebas de lo contrario. No se ven en la actualidad aquellos castigos atroces
que estaban en uso en otras épocas; pero esto no dimana que se atienda a la
conciencia del que ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de
costumbres que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de
afectar la legislación criminal.
Lo que es extraño es la severidad que todavía les queda a
las leyes relativas a los crímenes políticos, cuando tantos y tantos de los
mismos legisladores en las diferentes naciones de Europa, sabían muy bien que
ellos a su tiempo habían cometido el mismo crimen. No serán pocos seguramente
los que al votarse una ley penal habrán opinado con indulgencia, porque
presentían o preveían, que aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus
propias cabezas.
La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la
subversión del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero aun
dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana
naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal cuando ha
obrado a impulsos de su conciencia, se nota por otra parte que no son
únicamente los crímenes políticos los que vendrían a quedar sin castigo, sino
también los delitos comunes. Los atentados contra la propiedad pertenecen a
este género, y sin embargo es bien sabido que no han faltado en otras épocas, y
desgraciadamente no faltan en la nuestra, muchos hombres que miran la propiedad
como una usurpación, como una injusticia.
Los atentados
contra la santidad del matrimonio son también delitos comunes, y no obstante se
han visto sectas que le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la
comunidad de mujeres. Las santas leves del pudor y el respeto a la inocencia
han sido también consideradas por algunas sectas corno una injusta limitación
de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una obra meritoria. ¿Y
qué?
Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de ideas, del
ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes doctrinas, ¿quién
se atrevería a negar la justicia del castigo que se les impusiese cuando a
consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, o cuando se empeñasen en difundir
por la sociedad su funesta enseñanza?
313
Si injusto fuese el castigo que se impone
cuando el criminal obra conforme a su conciencia, libres serían ele cometer
todos los crímenes que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los
partidarios de la doctrina del interés privado, porque destruyendo como
destruyen la base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia,
pues que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se ha
querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en cara a los
tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen cuando aplican el
castigo a esa clase de hombres? Entonces podemos decirles: "¿Con qué derecho castigáis a ese hombre que no admitiendo la
existencia de Dios, no puede reconocerse culpable a sus ojos, y por tanto ni a
los vuestros?
Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza le castigáis,
pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque vosotros sois sus
iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser superior que haya podido
concederos el derecho de coartar la libertad. ¿Con qué justicia castigáis a ese
otro que esta convencido de que todas sus acciones son efecto de causas
necesarias, que el libre albedrío es una quimera y que cuando se arroja a
cometer la acción que vosotros tacháis de .criminal, no piensa ser más libre
para dejar de obrar, que el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene a
la vista, o sobre otro bruto que le ha enfurecido?
¿Con qué justicia castigáis a quien está persuadido de que
la moral es una mentira, que no hay otra cosa que ese mismo interés bien o mal
entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será, no porque sea culpable según su
conciencia, sino porque ha errado un cálculo, porque se ha equivocado en las
probabilidades del resultado que su acción le había de acarrear". He aquí
las consecuencias necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder
público la facultad de castigar los crímenes que se cometen a consecuencias de
un error de entendimiento.
Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con
respecto a las acciones, no a las doctrinas, que las primeras deben sujetarse a
la ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla de las
doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin manifestarse en lo
exterior, claro es que no sólo no hay, derecho, pero ni siquiera posibilidad de
castigarlas, porque sólo Dios puede conocer los secretos del espíritu del
hombre; pero si se trata de las doctrinas manifestadas, entonces es falso
principio, y acabamos de demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría
pueden atenerse a el en la práctica. Por fin se nos podrá replicar que aun
cuando la doctrina que impugnamos conduce a grandes absurdos, sin embargo no
deja de permanecer en pie la dificultad capital que consiste en la
incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada o permitida
por la conciencia de quien la comete.
314¿Cómo se suelta
esa dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en
ningún caso tratar como culpable a quien no lo es en el tribunal de su propia
conciencia?
Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones
deben estar de acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente
cuestión; y sin embargo no es así; y entre los católicos de una parte, y los
incrédulos y protestantes de otra, media una diferencia profunda.
Los primeros tienen por principio inconcuso que hay
errores de entendimiento que son culpables; los segundos piensan al contraria
que todos los errores del entendimiento son inocentes.
Los católicos miran
como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer a Dios, el error
acerca de las importantes verdades religiosas y morales; sus adversarios
excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia; y no pueden conducirse
de otro modo so pena de ser inconsecuentes.
Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia
invencible de algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan a
ciertas circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero
sus adversarios, ponderando de continuo la libertad de pensar, no poniéndole
más trabas que las que sean del gusto ele cada individuo, afirmando sin cesar
que cada cual es libre de tener las opiniones que más le agraden, han llegado a
inspirar a todos sus partidarios la convicción de que no hay opiniones
culpables ni errores culpables, que no tiene el hombre la obligación de
escudriñar cuidadosamente el fondo de su alma para examinar si hay algunas
causas secretas que le impelen a apartarse de la verdad;
Han llegado por fin a confundir monstruosamente la
libertad física del entendimiento con la libertad moral, han desterrado del
orden de las opiniones las ideas de lícito o ilícito, han dado a entender que
estas ideas no tenían aplicación cuando se trataba del pensamiento. Es decir,
que en el orden de las ideas han confundido el derecho con el hecho, han
declarado inútiles e incompetentes todas las leves divinas v humanas.
¡Insensatos! ¡Como si fuera posible que lo que hay más
alto y más noble en la humana naturaleza no estuviera sujeto a ninguna regla;
como si fuera posible que lo que hace al hombre rey de la creación no debiese
concurrir a la inefable armonía de las partes del universo entre sí, y del todo
con Dios; como si esta armonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera en
el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de mantenerse
adherido a la verdad.
315
He aquí una razón profunda que justifica a
¿Con qué derecho condenáis esas sociedades donde se
enseñan máximas atentatorias a la propiedad, al orden público, a la existencia
del poder? Si el pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más
mínimo viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta a ninguna
traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar a obrar contra
ella o a desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no dejáis hacer a esos hombres
que quieren destruir todo el orden social existente, a esas asociaciones
subterráneas que de vez en cuando envían algunos de sus miembros a disparar el
plomo homicida contra el pecho de los reyes?
Sabed que si para declarar injusta y cruel la
intolerancia, que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores invocáis
vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar las suyas.
Vosotros decíais que las doctrinas de
Habéis pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones,
hasta el ateísmo, y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el
obrar conforme a vuestros principios: pues bien, principios tienen también, y
principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando; convicciones
tienen también, y convicciones terribles.
316
¿Qué prueba más convincente de que existen
entre ellos esa convicción espantosa, que verlos en medio de la alegría y de
las fiestas públicas, deslizarse pálidos y sombríos entre la alborozada
muchedumbre, escoger el puesto oportuno, y aguardar imperturbables el momento
fatal, para sumergir en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una
nación, con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración pública
y acabar la vida en un cadalso?
Pero, nos dirán nuestros adversarios, estas convicciones
no tienen excusa: bien la tendrían, si tenerla hubieran podido las vuestras;
con la diferencia que vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos
sistemas en medio de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la
opulencia y a la sombra del poder; y ellos formaron sus abominables doctrinas,
en medio de la oscuridad de la pobreza, de la miseria, de la desesperación.
En verdad, que la inconsecuencia de ciertos hombres es en
extremo chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la
espiritualidad e inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el derribar toda
la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha sido para ellos una
cosa muy excusable; y hasta, si se quiere, digna de alabanza.
Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son
todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar
Entonces, ¿cómo es posible quejarse con razón de qué se
ataque la propiedad, la familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero
¿es acaso más sagrada que Dios? Por más trascendentales que quieran suponerse
las verdades relativas a la familia y a la sociedad, ¿son por ventura de un
orden superior a los eternos principios de la moral? O, por mejor decir, ¿son
acaso otra cosa que la aplicación de esos eternos principios?
Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el
principio de que hay errores culpables, principio que si no en la teoría, al menos
en la práctica todo el mundo debe admitir; pero principio que en teoría sólo el
Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la razón de la justicia
con que el poder humano castiga la propagación y la enseñanza de ciertas
doctrinas, y los actos que a consecuencia de ellas se cometen, sin pararse en
la convicción que pudiera abrigar el delincuente. La ley conviene en que
existió o pudo existir ese error de entendimiento, pero en tal caso declara
culpable ese mismo error: y cuando el hombre invoca el testimonio de la propia
conciencia, la ley le recuerda el deber que tenía de rectificarla.
317
He aquí el fundamento de la justicia de una
legislación que parecía tan injusta; fundamento que era necesario encontrar, si
no se quería dejar una gran parte de las leyes humanas con la mancha más negra;
porque negra mancha fuera la de arrogarse el derecho de castigar a quien no
fuese verdaderamente culpable; derecho absurdo, que tan lejos está de
pertenecer a la justicia humana, que no compete ni al mismo Dios. La misma
justicia infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente,
Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen
los gobiernos de castigar la propagación de ciertas doctrinas y las acciones
que a consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción de
los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos obran en
nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un derecho a su propia
defensa.
Hay doctrinas que amenazan la existencia misma de la
sociedad, y por tanta ésta se halla en la necesidad y en el derecho de combatir
a sus autores. Por más plausible que parezca una razón semejante, adolece sin
embargo de un inconveniente muy grave, y es que hace desaparecer de un golpe la
idea de castigo y de justicia. Quien se defiende cuando hiere al invasor no le
castiga, sino que le rechaza; y si se mira la sociedad bajo este punto de
vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal, no será
más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en que temerariamente
se empeñó.
La voz del jaez que le condena no será la augusta voz de
la justicia; su fallo no representará otra cosa que la acción de la sociedad
vengándose de quien ha osado atacarla. La palabra pena tiene entonces un
sentido muy diferente: y la graduación de ella sólo depende del cálculo, no de
un principio de justicia. Es menester no olvidarlo; en suponiéndose que la
sociedad, por derecho de defensa, impone castigo al que ella por otra parte
considera como del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que
lucha. Esto asienta muy bien tratándose de sociedad con sociedad, pero muy mal,
tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la lucha desigual
de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El gigante le toma en sus
manos y le aplasta contra una roca.
Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda
evidencia lo que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal:
demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos como
insostenible en teoría; y por tanto vienen al suelo todas las acusaciones que
se han hecho al Catolicismo por su intolerancia.
318
En claro queda que la intolerancia es en
cierto modo un derecho de todo poder público; que así se ha reconocido siempre;
que así se reconoce ahora todavía; a pesar de que generalmente hablando, se han
elevado a las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia.
Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio; sin duda
que en su nombre se ha perseguido también la verdad; pero ¿de qué no abusan los
hombres?
Lo que debía hacerse, pues, en buena filosofía, no era
establecer proposiciones insostenibles, y además altamente peligrosas; no era
declamar hasta el fastidio contra los hombres y las instituciones de los siglos
que nos han precedido, sino procurar la propagación de sentimientos suaves e
indulgentes, y sobre todo no combatir las altas verdades sin las cuales no
puede sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado a
la fuerza y por consiguiente a la arbitrariedad y a la tiranía.
Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado
bastante que con ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral
misma es un dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se
ha concedido al entendimiento la impecabilidad: el error ha dejado de figurar
entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable.
Se ha olvidado que
para querer es necesario conocer, y que para querer bien, es indispensable
conocer bien. Si se examinan la mayor parte de los extravíos de nuestro
corazón, se encontrará que tienen su origen en un concepto errado; ¿cómo es
posible, pues, que no sea para el hombre un deber el preservar su entendimiento
de error?
Pero desde que se ha dicho que las opiniones importaban
poco, que el hombre era libre en escoger las que quisiese sin ningún género de
trabas, aun cuando perteneciesen a la religión y a la moral, la verdad ha
perdido de su estimación y no disfruta a los ojos del hombre aquella alta
importancia que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son
los que no se creen obligados a ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable
situación de los espíritus, y que encierra uno de los más terribles males que
afligen a la sociedad VER NOTA 24
319
HÁLLOME naturalmente conducido a decir cuatro palabras sobre la
intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre
En medio de nuestra tolerancia, de
nuestra suavidad de, costumbres, de la benignidad de los códigos
criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de golpe otros siglos con
su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo agrupado, presentando en un
solo cuadro las desagradables escenas que anduvieron ocurriendo en diferentes
lugares, y en el espacio de largo tiempo?
Entonces teniendo el arte de recordar que,
todo esto se hada en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el
contraste, la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el
clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos, son
considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar y
desolar a la humanidad. Los escritores que así han procedido no se han
acreditado por cierto de muy concienzudos; porque es regla que no deben perder
nunca de vista ni el orador
ni el escritor, que no es legítimo el movimiento que; excitan en el ánimo, si
antes no le convencen o no le suponen convencido; y además es una especie de
mala fe el tratar únicamente con: argumentos de sentimiento, materias que por
su misma naturaleza; sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas a la luz
de la fría, razón. En tales casos no debe
empezarse moviendo sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.
No es mi ánimo hacer aquí la historia
de
Tres cosas se presentan desde luego a
la consideración del observador: la legislación e instituciones de
intolerancia; el uso que de ella se ha hecho; y, finalmente, los
actos de intolerancia que se han cometido fuera del orden de dichas leves e
instituciones. Por lo que a este último corresponde, diré, en primer lugar, que
nada tiene que ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y
las demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en nada
deben embarazar a los apologistas de la misma; porque la religión no puede
hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si no se quiere
proceder con la más evidente injusticia.
El hombre tiene un sentimiento tan fuerte y
tan vivo de la excelencia de la virtud, que aun los mayores crímenes procura
disfrazarlos con su manto; ¿y sería razonable el desterrar por esto la virtud
de la tierra?
1 Hay en la historia de
la humanidad épocas terribles en que se apodera de las cabezas un vértigo
funesto; el furor encendido por la discordia ciega los entendimientos desnaturaliza los corazones; llamase bien al
mal y mal al bien; los más horrendos
atentados se cometen invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes
épocas, el historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente; la
conducta que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos,
pero guardarse de juzgar por ellos, ni las ideas ni las instituciones
dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso de delirio;
y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de la conducta del
delirante por lo que dice y hace mientras se halla en ese lamentable estado.
En tiempos tan calamitosos ¿qué bando
puede gloriarse de no haber cometido grandes crímenes? Ateniéndonos a la misma
época que acabamos de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos,
asesinados de una manera alevosa? El almirante Coligny muere a manos de los
asesinos que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa
había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleáns; Enrique III muere
asesinado por Jacobo Element, pero éste es el mismo Enrique que había hecho
asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los corredores de palacio, y
al cardenal hermano del duque en la torre de 1Ioulins; y que además había
tenido parte también en el degüello de San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron
atrocidades, pero ¿no las cometieron también sus adversarios? Tiéndase pues,
un velo sobre esas catástrofes, sobre esos aflictivos monumentos de la miseria
y perversidad del corazón del hombre.
El tribunal de
Hay, también que hacer otra
observación importante que indica una de las causas del rigor desplegado en los
siglos posteriores. Cabalmente
En el siglo XI, cuando no se aplicaba todavía
a los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla general los
maniqueos; y, hasta en tiempo de los emperadores gentiles eran tratados esos
sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y Maximiano publicaron en el
año 296 un edicto que condenaba a diferentes penas a los maniqueos que no
abjurasen sus dogmas, y a los jefes de la secta a la pena de fuego. Esos
sectarios han sido mirados siempre como grandes criminales; su castigo se ha
considerado necesario, no sólo por lo que toca a la religión, sino también por
lo relativo a las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fue una de
las causas del rigor que se introdujo en esta materia; y añadiéndose el carácter turbulento que
presentaron las sectas que bajo varios nombres aparecieron en los siglos XI , XII y XIII, se atinará en otro de los
motivos que produjeron escenas que a nosotros nos parecen inconcebibles.
Estudiando la
historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre las turbulencias y
desastres que asolaron el mediodía de Francia, se ve con toda claridad que no
sólo se disputaba sobre este o aquel punto de dogma, sino que todo el orden
social existente se hallaba en peligro.
Los sectarios de
aquellos tiempos eran los precursores de los del siglo XVI; mediando empero la
diferencia de que estos últimos eran en general menos democráticos, menos
aficionados a dirigirse a las masas, si se exceptúan los frenéticos
anabaptistas. En la dureza de costumbres de aquellos tiempos, cuando a causa
de largos siglos de trastornos y violencias, la fuerza había llegado a obtener
una preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se veían
amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su aplicación
habían de resentirse del espíritu de la época.
En cuanto a
La primera comprende el tiempo en que se dirigió principalmente contra los
judaizantes y los moros, desde su instalación en tiempos de los Reyes Católicos
hasta muy entrado el reinado de Carlos V;
la segunda abraza desde que comenzó a dirigir todos sus esfuerzos para impedir la
introducción del Protestantismo en España, hasta que cesó este peligro, la que
contiene desde mediados del reinado de Carlos V, hasta el advenimiento de los
Borbones; y finalmente la última encierra la temporada en que se, ciñó a
reprimir vicios nefandos, y a cerrar el paso a la filosofía de Voltaire, hasta
su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que siendo en
dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba modificando según
las circunstancias, no pueden deslindarse a punto fijo, ni el principio de la
una ni el fin de la otra. Pero no deja por esto de ser verdad que tres épocas
existen en la historia de
Nadie ignora las circunstancias
particulares en que fue establecida
Tan lejos anduvo la reina de ponerse
con esta medida en contradicción con la voluntad del pueblo, que antes bien no
haya más que realizar uno de sus deseos.
Se renovaban los antiguos reglamentos contra
los judíos, y se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano,
mercader, barbero y tabernero. Por ahí se ve que a la sazón, la intolerancia
era popular; y que si queda justificada a los ojos de los monárquicos por haber
sido conforme a la voluntad de los reyes, no debiera quedarlo menos delante de
los amigos de la soberanía del pueblo.
Sin duda que el corazón se contrista
al leer el destemplado rigor con que a la sazón se perseguía a los judíos; pero
menester es confesar que debieron de mediar algunas causas gravísimas para
provocarlo. Se ha señalado como la principal, el peligro de la monarquía
española, aun no bien afianzado, si dejaba que obrasen con libertad los judíos,
a la sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias
judías influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los cristianos
era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva posición de los
tres pueblos; y así es que se consideró necesario quebrantar un poder que podía
comprometer de nuevo la independencia de los cristianos.
También es necesario advertir que al
establecerse
En crisis semejantes, después de
siglos de combates, en los momentos que han de decidir de la victoria para
siempre, ¿cuándo se ha visto que los contendientes se porten con moderación y
dulzura?
No puede negarse que en el sistema
represivo que se siguió contra los judíos y los moros pudo influir mucho el
propio instinto de la conservación; y que quizás los Reyes Católicos tendrían
presente este motivo cuando se decidieron pedir para sus dominios el establecimiento
de
Sin embargo, conviene no atribuirlo
todo a la política de los reyes, y guardarse del prurito de realzar la
previsión y los planes de los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte,
me inclino a creer que Fernando e Isabel siguieron naturalmente el impulso de
la generalidad de la nación, la cual miraba con odio a los judíos que permanecían
en su secta, y con suspicaz desconfianza a los que habían abrazado la religión
cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la exaltación de los
sentimientos religiosos, general a la sazón en toda Europa y muy
particularmente en España, y la conducta de los mismos judíos que habían
atraído sobre sí la indignación pública.
Databa de muy antiguo en España la
necesidad de enfrenar la codicia de los judíos para que no resultase en
opresión de los cristianos: las antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que
poner en esto la mano repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal a
su colmo; gran parte de las riquezas de
De aquí resultó el odio del pueblo
contra ellos; de aquí los tumultos frecuentes en muchas poblaciones de
En los tiempos siguientes se convirtió
a la religión cristiana un inmenso número de judíos; pero ni por esto se
disipó la desconfianza, ni se extinguió el odio del pueblo. Y a la verdad es
muy probable que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado
que eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban
permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara a conjeturarlo
así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número de judaizantes que se
encontraron luego que se investigó con cuidado cuáles eran los reos de ese
delito.
Como quiera, lo cierto es que se introdujo la
distinción de cristianos nuevos y cristianos viejos, siendo esta última denominación un título de honor, s,
la primera una tacha de ignominia; y que los judíos convertidos eran
llamados por desprecio marranos.
Con más o menos fundamento se los
acusaba también de crímenes horrendos. Decíase que en sus tenebrosos
conciliábulos perpetraban atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera
para honor de la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión
y en venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo para
el sacrificio los días señalados de las festividades cristianas. Sabida es la
historia que se contaba del caballero de la familia de Guzmán, que enamorado
de una doncella judía, estuvo una noche oculto en la familia de ésta, y vio con sus ojos cómo los judíos cometían el crimen de
crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo en que los cristianos
celebraban la institución del sacramento de
A más de los infanticidios se les
imputaban sacrilegios, envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que
estos rumores andaban muy acreditados lo prueban las leyes que les prohibían
las profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce la
desconfianza que se tenía de su moralidad.
No es menester detenerse en examinar
el mayor o menor fundamento que tenían semejantes acusaciones; ya sabemos a
cuánto llega la credulidad pública, sobre todo cuando está dominada por un
sentimiento exaltado que le hace ver todas las cosas de un mismo color;
bástanos que estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir a
cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y por consiguiente
cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del espíritu público, se
inclinase a tratarlos con mucho rigor.
Que los judíos procurarían concertarse
para hacer frente a los cristianos, ya se deja entender por la misma situación
en que se encontraban, y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de
Arbués, indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios
para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás gastos que
consigo llevaban la trama, se reunieron por medio de una contribución
voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza judía. Esto indica
una organización muy avanzada, y que en efecto podía ser fatal si no se la
hubiese vigilado.
A propósito de la muerte de San Pedro
de Arbués, haré una observación sobre lo que se ha dicho para probar la
impopularidad del establecimiento de
Los sublevados se habían esparcido por
la ciudad, distribuidos en grupos andaban persiguiendo a los cristianos
nuevos; de suerte que hubiera ocurrido una catástrofe sangrienta, si el joven
arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, no se hubiese resuelto a montar a
caballo, y presentarse al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería
sobre los culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que
Durante la
temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes, observase un
hecho digno de llamar la atención. Los encausados por
No sé que pueda
citarse un solo reo de aquella época que habiendo acudido a Roma, no mejorase
su situación. En la historia de
Vemos también que
solicitado el Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen
definitivamente en España, se nombra un juez de apelación, siendo el primero D.
Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran sin embargo aquellos tiempos,
y tan urgente la necesidad de impedir que la exaltación de ánimo no llevase a
cometer injusticias, o no se arrojase a medidas de una severidad destemplada,
que el mismo Papa, y al cabo de muy poco tiempo, dada en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483, que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos
españoles de Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por
temor de ser presos.
Añadía el Papa que
unos habían recibido ya la absolución de
Y no se crea que en
las apelaciones admitidas en Roma, y en que se suavizaba la suerte de los
encausados, se descubriesen siempre vicios en la formación de la causa en
primera instancia, e injusticias en la aplicación de la pena; los reos no
siempre acudían a Roma para pedir reparación de una injusticia, sino porque
estaban seguros de que allí encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de
esto en el número considerable de los refugiados españoles, a quienes se les
probó que habían recaído en el judaísmo. Nada menos que 258 resultaron de una sola vez convictos de reincidencia; pero
no se hizo una sola ejecución capital; se les impusieron algunas penitencias, y
cuando fueron absueltos pudieron volverse a sus casas sin ninguna nota de
ignominia. Este hecho ocurrió en Roma en el año 1498.
Es cosa verdaderamente singular lo que
se ha visto en
La conducta de Roma en el uso que ha
hecho del tribunal de
No entraré en el examen detallado de
Aun hay más: atendido el espíritu que
domina en todas las providencias de los papas relativas a
Dado que estamos hablando de la
intolerancia contra judaizantes, bueno será recordar la disposición de ánimo de
Lutero con respecto a los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el
fundador de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra la
opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los sentimientos más
benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin duda los encomiadores
del corifeo del Protestantismo.
Desgraciadamente para ellos, la
historia no lo atestigua así; y según todas las apariencias, si el fraile
apóstata se hubiese encontrado en la posición d, Torquemada, no
hubieran salido mejor parados los judaizantes. H, aquí cuál era el
sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo apologista Seckendorff.
"Hubiera debido arrasar sus sinagogas, destruir sus casas, quitarles los
libros de oraciones, el Talmud, y hasta lo libros del viejo "Testamento,
prohibir a los rabinos que enseñasen, obligarlos a ganarse la vida por medio de
trabajos penosos". Al menos
Los moros y moriscos
ocuparon también mucho por aquellos tiempos
Se dirá que el Papa otorgó a Carlos y
la bula en que le relajaba del juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de
1519, de no alterar nada en punto a los moros, y que así pudo el Emperador
llevar a cabo la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el
Papa se resistió largo tiempo a esta concesión, y que si condescendió con la
voluntad del monarca fue porque éste juzgaba que la expulsión era indispensable
para asegurar la tranquilidad de sus reinos.
Si esto era así en la realidad o no,
el Emperador era quien debía saberlo, no el Papa, colocado a mucha distancia y
sin conocimiento detallado de la
verdadera situación de las
cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca español quien opinaba así: cuéntase
que estando prisionero en Madrid Francisco I, rey de Francia, dijo un día a Carlos y que la tranquilidad
no se solidaría nunca en España hasta que se expeliesen los moros y moriscos.
330
SE HA DICHO que Felipe II fundó en España una
nueva Inquisición, más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun
se ha dispensado a la de éstos cierta indulgencia que no se ha'
concedido a la de aquél. Por de pronto resalta aquí una inexactitud histórica
muy grande, porque Felipe 11 no fundó una nueva Inquisición; sostuvo la que le
habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy, particularmente
en testamento su padre y predecesor Carlos V.
La comisión de las Cortes de Cádiz en
el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que excusa la conducta de
los Reyes Católicos, vitupera severamente la de Felipe II, y procura que
recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad y toda la culpa. Un ilustre
escritor francés que ha tratado poco ha esta cuestión importante, se ha dejado
llevar de las mismas ideas, con aquel candor que es no pocas veces el
patrimonio del genio. "Hubo en
La comisión de las Cortes distinguió
perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia
Dejemos aparte la inexactitud
histórica sobre la invención de los autos de fe, pues es bien sabido que ni los
sambenitos ni las hogueras fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes
se le escapan fácilmente a todo escritor, mayormente cuando no recuerda un
hecho sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en eso;
pero enciérrase en dichas palabras una acusación a un monarca, a quien ya de
muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe II continuó la obra
empezada por sus antecesores; y si a éstos no se los culpa, tampoco se le debe
culpar a él. Fernando e Isabel emplearon
Las palabras citadas contra Felipe son
sacadas de la obra
No es extraño, pues, que mirase a
Felipe II como han acostumbrado a mirarle los protestantes y los filósofos; es
decir, como un príncipe arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la
humanidad, como un monstruo de maquiavelismo que escarda las tinieblas para cebarse
a mansalva en la crueldad y tiranía.
No seré yo quien me encargue de
justificar en todas sus partes la política de Felipe II, ni negaré que haya
alguna exageración en los elogios que le han tributado algunos escritores
españoles; pero tampoco puede ponerse en duda que los protestantes, y los
enemigos políticos de este monarca, han tenido un constante empeño en desacreditarle.
Y ¿sabéis por qué los protestantes le han profesado a Felipe II tan mala
voluntad? Porque él fue quien impidió que no penetrara en Espacia el
Protestantismo, él fue quien sostuvo la causa de
Dejemos aparte los acontecimientos
trascendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará como mejor
le agradare; pero ciñéndonos a España puede asegurarse que la introducción del
Protestantismo era inminente, inevitable, sin el sistema seguido por aquel
monarca. Si en este o aquel caso hizo servir
De los procesos formados por
Una atenta observación del estado de los
espíritus en España en aquella época, haría conjeturar el peligro, aun cuando
hechos incontestables no hubieran venido a manifestarle. Los protestantes
tuvieron gran cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como reformadores,
y trabajando por atraer a su partido a cuantos estaban animados de un vivo
deseo de reforma.
Este deseo existía, en
Quizás no fueron pocos los que
empezaron por un celo indiscreto, cayeron en la exageración, pasaron en seguida
a la animosidad, y al fin se precipitaron en la herejía.
No faltaba en España esta disposición de
espíritu, que desenvuelta con el curso de los acontecimientos hubiera dado
frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido tomar pie. Sabido
es que en el concilio de Trento se distinguieron los españoles por su celo
reformador y por la firmeza en expresar sus opiniones: y es necesario advertir
que una vez introducida en un país la discordia religiosa, los ánimos se
exaltan con las disputas, se irritan con el choque continuo, y a veces hombres
respetables llegan a precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos
se habrían horrorizado. Difícil es decir a punto fijo lo que hubiera sucedido
por poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que cuando uno lee
ciertos pasajes de Luís Vives, de Arias Montano, de Carranza, de la consulta de
Melchor Cano, parece que está sintiendo en aquellos espíritus cierta inquietud
y agitación, como aquellos sordos mugidos que anuncian en lontananza el
comienzo de la tempestad.
La famosa causa del arzobispo de
Toledo, fray Bartolomé de Carranza, es uno de los hechos que se han citado más
a menudo en prueba de la arbitrariedad con que procedía
Prescindiendo de lo que podía arrojar
de sí una causa tan extensa y complicada, y de los mayores o menores motivos
que pudieron dar las palabras y los escritos' de Carranza para hacer sospechar
de su fe, yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del
todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda: hela
aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada su causa, se conoció
luego que su enfermedad era mortal y se le administraron los santos
sacramentos. En el acto de recibir el sagrado Viático, en presencia de un
numeroso concurso, declaró del modo más solemne que jamás se había apartado de
la fe de
Acto patético que hizo derramar lágrimas a
todos los circunstantes, que disipó de un soplo las sospechas que contra él se
habían podido concebir, y aumentó las simpatías excitadas ya durante la larga
temporada de su angustioso infortunio. El Sumo Pontífice no dudó de la
sinceridad de la declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un
magnífico epitafio, que por cierto no se hubiera permitido de quedar alguna
sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad no dar
fe a tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre como Carranza, y
moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo.
Pagado este tributo al saber, a las
virtudes y al infortunio de Carranza, resta ahora examinar, si por más pura'
que estuviese su conciencia, puede decirse con razón que su cansa no fue más
que una traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja
entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella causa;
pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando un borrón sobre
Felipe TI y sobre los adversarios de Carranza, séame permitido también hacer
algunas observaciones sobre la misma para llevar las cosas a su verdadero punto
de vista. En primer lugar salta a los ojos que es bien singular la duración
tan extremada de una causa destituida de todo fundamento, o al menos que no
hubiese tenido en su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese
continuado siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no
fue así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan ciegos
eran los jueces o tan malos, que o no viesen la calumnia, o no la desechasen,
si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha querido suponer?
Se puede responder a esto que las
intrigas de Felipe 11, empeñado en perder al arzobispo, impedían que se
aclarase la verdad, como lo prueba la morosidad que hubo en remitir a Roma al
ilustre preso, a pesar de las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen,
obligado Pío y a amenazar con la excomunión a Felipe II, si no se enviaba a
Roma a Carranza. No negaré que Felipe 11 haya tenido empeño en agravar la
situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado poco
favorable al ilustre reo; sin embargo, para saber si la conducta del rey era
criminal o no, falta averiguar si el motivo que le impelía a obrar así, era de
resentimiento personal, o si en realidad era la convicción, o la sospecha, de
que el arzobispo fuese luterano.
Antes de su desgracia era Carranza muy
favorecido y honrado de Felipe; dióle de ello abundantes pruebas con las
comisiones que le confió en Inglaterra, y finalmente nombrándole para la primera
dignidad eclesiástica de España; y así es que no podemos presumir que tanta
benevolencia se cambiase de repente en un odio personal, a no ser que la
historia nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es el
que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya encontrado.
Siendo esto así, resulta que si en efecto se declaró Felipe 11 tan contrario
del arzobispo, fue porque creía o al menos sospechaba fuertemente, que
Carranza era hereje. En tal caso pudo ser Felipe II imprudente, temerario,
todo lo que se quiera; pero nunca se podrá decir que persiguiese por espíritu
de venganza, ni por miras personales.
También se ha culpado a otros hombres
de aquella época, entre los cuales figura el insigne Melchor Cano. Según
parece, el mismo Carranza desconfió de él; y aun llegó a estar muy quejoso por
haber sabido que Cano se había atrevido a decir que el arzobispo era tan hereje
como Lutero.
Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho
en
Yo no creo que las causas del
infortunio de Carranza sea menester buscarlas en rencores ni envidias
particulares; sino que se las encuentra en las circunstancias críticas de la
época, y en el mismo natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas
que se observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos,
los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros y emisarios,
y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros países, y en particular
en el fronterizo reino de Francia, tenía tan alarmados los ánimos y los traía
tan asustadizos y suspicaces, que el menor indicio de error, sobre todo en
personas constituidas en dignidad, o señaladas por su sabiduría, causaba
inquietud y sobresalto.
Conocido es el ruidoso negocio de
Arias Alontano sobre
Esto hada naturalmente que Felipe 11
se mostrase desconfiado y suspicaz, y que combinándose en su espíritu el odio
a la herejía y el deseo de la propia conservación, se manifestase severo e
inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus dominios la pureza de la fe
católica.
Por otra parte, menester es confesar
que el natural de Carranza no era el más a propósito para vivir en tiempos tan
críticos sin dar algún grave tropiezo.
Al leer sus Comentarios sobre el Catecismo,
conócese que era hombre de
entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de ciencia profunda, de un
carácter severo, y de un corazón generoso y franco. Lo que piensa lo dice con
pocos rodeos, sin pararse mucho en el desagrado que en estas o aquellas
personas podían excitar sus palabras. Donde cree descubrir un abuso lo señala
con el dedo y le condena abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de
semejanza que tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se
le hicieron cargos, no sólo por lo que resultaba de sus escritos, sino también
por algunos sermones y conversaciones. No sé hasta qué punto pudiera haberse
excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar, que quien escribía con
el tono que él lo hace, debía expresarse de palabra con mucha fuerza, y quizás
con demasiada osadía.
Además, es necesario también añadir en
obsequio de la verdad, que en sus Comentarios sobre el Catecismo, tratando de la justificación, no se
explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y que reclamaban las
calamitosas circunstancias de aquella época. Los versados en estas materias
saben cuán delicados son ciertos puntos, que cabalmente eran entonces el objeto
de los errores de Alemania; y fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la
atención las palabras de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofreciesen.
L o cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó a
abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró sospechoso, y
que se le impusieron por ello algunas penitencias. Carranza en el lecho de la
muerte protestó de su inocencia, pero tuvo el cuidado de declarar, que no por
esto tenía por injusta la sentencia del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre
la inocencia del corazón anda acompañada de la prudencia en los labios.
Me he detenido un poco en esta causa
célebre porque se brinda a consideraciones que hacen sentir el espíritu de
aquella época; consideraciones que sirven además para restablecer en su puesto
la verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la
perversidad de los hombres.
Desgraciadamente hay una tendencia a
explicarlo todo así; y por cierto que no es escaso el fundamento que muchas
veces dan los hombres para ello; pero mientras no haya un evidente necesidad de
hacerlo, deberíamos abstenernos de acrimina El cuadro de la historia de la
humanidad es de suyo demasiado sombrío para que podamos tener gusto en
oscurecerle, echándole nueva manchas; y es menester pensar que a veces acusamos
de crimen 1 que no fue más que ignorancia. El hombre está inclinado al mal pero
no está menos sujeto al error; y el error no siempre es culpable
Yo creo que pueden darse las gracias a
los protestantes del rigor y de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos
Se está con un temor continuo de que
la libertad se convierta en licencia; y
como las revoluciones destruyen invocando la reforma, quien se atreva a hablar
de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La misma prudencia en la
conducta será tildada de precaución hipócrita; un lenguaje franco y sincero
calificado de insolencia y de sugestión peligrosa; la reserva lo será de mañosa
reticencia; y hasta el mismo silencio será tenido por significativo, por
disimulo alarmante. En nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que
estamos en excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la
historia de la humanidad.
Es un hecho indudable la reacción que
produjo en España el Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que así el
poder eclesiástico como el civil concediesen en todo lo tocante a religión
mucha menor latitud de la que antes se permitía.
En confirmación de estas observaciones
aduciré un ejemplo, que servirá por muchos otros; quiero hablar de lo que
sucedió con respecto a las Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una
idea de lo que anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las
cosas. Cabalmente tengo a la mano un testimonio tan respetable como interesante: el mismo Carranza de quien
acabo de hablar. Oigamos lo que dice en el prólogo que precede a sus Comentarios sobre el Catecismo
Cristiano. "Antes que las
herejías de Lutero saliesen del infierno a esta luz del inundo, no sé yo que
estuviese vedada
En
España, había Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en
tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en sus
leyes. Después que los judíos fueron echados de España, hallaron los jueces de
la religión que algunos de los que se convirtieron a nuestra santa fe,
instruían a sus hijos en el judaísmo, enseñándoles las ceremonias de la ley de
Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las cuales ellos imprimieron después en
Italia en la ciudad de Ferrara. Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias
vulgares en España; pero siempre se tuvo miramiento a los colegios y
monasterios, y a las personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les
daba licencia que las tuviesen y leyesen".
Continúa Carranza haciendo en pocas
palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y otras
partes, y después prosigue: "En España, que estaba y está limpia de
la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en vedar
generalmente todas traslaciones vulgares de
Este curioso pasaje de Carranza nos
explica en pocas palabras el curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero
no existe ninguna prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que
dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en seguida los
protestantes, perturban
Volviendo a Felipe II, conviene no
perder de vista que este monarca fue uno de los más firmes defensores de
A él se debió en gran parte que a
través de tantos trastornos pudiese
La época de Felipe II fue crítica y
decisiva en Europa; y si bien es verdad que no fue afortunado en Flandes, también
lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso a la política
protestante, a la que no permitió señorearse de Europa como ella hubiera
deseado. Aun cuando supiéramos que entonces no se hizo más que ganar tiempo,
quebrantándose el primer ímpetu de la política protestante, no fue poco
beneficio para la religión católica, por tantos lados combatida. ¿Qué hubiera
sido de
Y si el poder de Felipe II no hubiese
infundido respeto, ¿qué no hubiera podido suceder en Italia? Los sectarios de
Alemania ¿no hubieran alcanzado a introducir allí sus doctrinas? Posible fuera
-y en esto abrigo la seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres
que conocen la historia-, posible fuera que si Felipe II hubiese abandonado su
tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado al entrar
en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que como tolerada, en
la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale esta tolerancia, cuando
se trata de
Es menester mirar a Felipe II bajo
este punto de vista; y fuerza es convenir que considerado así, es un gran
personaje histórico, de los que han dejado un sello mas profundo en la política
de los siglos siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección
al curso de los acontecimientos.
Aquellos españoles que anatematizan al
fundador del Escorial, es menester que hayan olvidado nuestra historia, o que
al menos la tengan en poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la
mancha de odioso tirano, sin reparar que disputándole su gloria, o trocándola
en ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis en el
fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel.
Si no podéis perdonar a Felipe II el
que sostuviese
Ya que desgraciadamente nada nos
queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos recuerdos en una
nación son como en una familia caída los títulos de su antigua nobleza; elevan
el espíritu, fortifican en la adversidad, y alimentando en el corazón la
esperanza, sirven a preparar un nuevo porvenir.
El inmediato resultado de la
introducción del Protestantismo en España, habría sido como en los demás países
la guerra civil. Ésta nos fuera a nosotros más fatal por hallarnos en
circunstancias mucho más críticas. La unidad de la monarquía española no
hubiera podido resistir a las turbulencias y sacudimientos de una disensión
intestina; porque sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así,
tan mal pegadas que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las leyes y
las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy diferentes de las
de Castilla; un vivo sentimiento de independencia, nutrido por las frecuentes
reuniones de sus Cortes, se abrigaba en esos pueblos indómitos; y sin duda que
hubieran aprovechado la primera ocasión de sacudir un yugo que no les era
lisonjero.
Con esto, y las facciones que hubieran
desgarrado las entrañas de todas las provincias, se habría fraccionado
miserablemente la monarquía; cabalmente cuando debía hacer frente a tan
multiplicadas atenciones, en Europa, en África y en América. Los moros estaban
aún a nuestra vista, los judíos no se habían olvidado de España; y por cierto
que unos y otros hubieran aprovechado la coyuntura, para mediar de nuevo a
favor de nuestras discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe
II, no sólo la tranquilidad, sino también la existencia de la monarquía
española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario se le hubiera
acusado de incapaz e imbécil.
Una de las mayores injusticias de los
enemigos de la religión al atacar a los que la han sostenido, es el suponerlos
de mala fe; el acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras
tortuosas e interesadas. Cuando se habla por ejemplo del maquiavelismo de
Felipe 11, se supone que
Viendo en
Hallándonos en una sociedad donde el
sentimiento religioso se ha amortiguado en tal manera, y,
acostumbrados a vivir entre hombres que tienen religión diferente de la
nuestra, y a veces ninguna, no alcanzamos a concebir que pasaba entonces como
un suceso muy ordinario el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres.
Léanse empero los escritores de aquellos tiempos, se notará la inmensa
diferencia que va de nuestras costumbres a las suyas; se observará que nuestro
lenguaje templado y tolerante hubiera sitio para ellos incomprensible. ¿Qué
más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de
Los reyes y, los pueblos,
los eclesiásticos y los seglares, todos estaban acordes en este punto. ¿Qué se
diría ahora de un rey que con sus manos aproximase la leña para quemar a un
hereje, que impusiese la pena de horadar la lengua a los blasfemos con un
hierro? Pues lo primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San
Luís.
Aspavientos hacemos ahora, cuando
vemos a Felipe II asistir a un auto de fe; pero si consideramos que la corte,
los grandes, lo más escogidos de la sociedad, rodeaban en semejante caso al
rey, veremos que si esto a nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo
era para aquellos hombres que tenían ideas y sentimientos muy diferentes. No
se diga que la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza
obedecerle; no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu
de la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia
semejante, si estuviere en contradicción con el espíritu de su tiempo; no hay
monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo en que reina.
Suponed el más poderoso, más absoluto de nuestros tiempo: Napoleón en su
apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si alcanzar podría su voluntad a
violentar hasta tal punto las costumbres de su siglo.
A los que afirman que
No era la proposición para desagradar
a un monarca, dado que el buen predicador le libraba de un tajo, de todas las
trabas en el ejercicio de su poder.
A lo que parece, no estaría entonces
todo el inundo en España tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas despóticas
como se ¡la querido suponer, pues que no faltó quien delatase a
No fue así sin embargo:
Este suceso se verificó en aquellos
tiempos que algunos no nombran jamás, sin acompañarles el título de oscurantismo,
de tiranía,
de superstición;
yo dudo sin embargo,
que en los más cercanos, y en que se dice que comenzó a lucir para España la
aurora de la ilustración y de la libertad, por ejemplo de Carlos III, se
hubiese llevado a término una condenación pública, solemne, del despotismo.
Esta condenación era tan honrosa al
tribunal que la mandaba, como al monarca que la consentía.
Por lo que toca a la ilustración,
también es una calumnia lo que se dice: que hubo el plan de establecer y
perpetuar la ignorancia. No lo indica así por cierto la conducta de Felipe II,
cuando a más de favorecer la grande empresa de
No, la historia de España bajo el
punto de vista de la intolerancia religiosa, no es tan negra como se ha querido
suponer. A los extranjeros cuando nos echan en cara la crueldad, podemos
responderles, que mientras
A medida que anduvo menguando el
peligro de introducirse en España el Protestantismo, el rigor de
Si llegasen a surtir efecto las doctrinas de
los que abogan por la abolición de la pena de muerte, cuando la posteridad
leyere las ejecuciones de nuestros tiempos, se horrorizaría del propio modo que
nosotros con respecto a los anteriores. La horca, el garrote vil, la
guillotina, figurarían en la misma línea que los antiguos quemaderos. VER NOTA 25.
344
Los INSTITUTOS religiosos son otro de
los puntos en que el Protestantismo y el Catolicismo se hallan en completa
oposición: aquél los aborrece, éste los ama; aquél los destruye, éste los plantea
y fomenta; uno de los primeros actos de aquél, dondequiera que se introduce,
es atacarlos con las doctrinas y con los hechos, procurar que desaparezcan
inmediatamente; diríase que la pretendida Reforma no puede contemplar sin
desazonarse aquellas santas mansiones, que le recuerdan de continuo la
ignominiosa apostasía del hombre que la fundó. Los votos religiosos,
particularmente el de castidad, han sido el objeto de las más crueles
invectivas de parte de los protestantes; pero es menester reflexionar que lo
que dicen ahora y se ha repetido durante tres siglos, no es más que un eco de
la primera voz que se levantó en Alemania.
¿Y sabéis lo que era esa voz? Era el
grito de un fraile sin pudor, que penetraba en el santuario y arrebataba una
víctima. Todo el aparato de la ciencia para combatir un dogma sacrosanto no
será bastante a encubrir un origen tan impuro. Al través de la exaltación del
falso profeta se trasluce el fuego impúdico que devoraba su corazón.
Obsérvese, de paso, que lo propio
sucedió con respecto al celibato del clero: los protestantes no pudieron
sufrirle ya desde un principio, le condenaron sin rebozo, procuraron
combatirle con cierta ostentación de doctrina; pero en el fondo de todas las
declamaciones ¿qué se encuentra? El grito de un sacerdote que se ha olvidado de
sus deberes, que se agita contra los remordimientos de su conciencia que se
esfuerza en cubrir su vergüenza, disminuyendo la fealdad del escándalo con las
ínfulas de una ciencia mentida.
Si una conducta semejante la lambiesen
tenido los católicos, toda las armas del ridículo se Habrían empleado para
cubrirla de baldón para sellarla con la ignominia que merece; ha sido necesario
que fuese el Hombre que declaró la guerra a muerte al Catolicismo, para que a
ciertos filósofos no les inspirasen el más profundo desprecio las peroratas de
un fraile, que por primer argumento contra el celibato profana sus votos y
consuma un sacrilegio. Los demás perturbadores de aquel siglo imitaron el
ejemplo de su digno maestro, y todos pidieron y exigieron a
Merecido castigo, que la obcecación
del entendimiento resultase de los extravíos del corazón; que la impudencia
solicitase el acompañamiento del error. Nunca se muestra más villano el
pensamiento que cuando por excusar una falta se hace su cómplice; entonces no
yerra, se prostituye.
La filosofía ha heredado del Protestantismo
ese odio contra los institutos religiosos; y así es que todas las revoluciones
promovidas y dirigidas por los protestantes o filósofos se han señalado por su
intolerancia contra la institución y por la crueldad con los miembros de ella.
Lo que la ley no hizo, lo consumaron el puñal o la tea incendiaria; y,
los restos que pudieron salvarse de la catástrofe viéronse abandonados al lento
suplicio de la miseria y del hambre.
En este punto, como en muchos otros,
se manifiesta con mayor claridad que la filosofía incrédula es hija de
¿Y es verdad que los institutos
religiosos sean cosa tan despreciable, como se ha querido suponer? ¿Es verdad
que no merezcan siquiera llamar la atención, y que todas las cuestiones a ellos
tocantes queden
completamente resueltas con sólo pronunciar enfáticamente la palabra fanatismo?
El hombre observador, el verdadero
filósofo, ¿nada podrá encontrar en ellos que sea digno objeto de investigación?
Difícil se hace creer que a tanta nulidad puedan reducirse instituciones que
tienen una grande historia, y que conservan todavía una existencia, pronóstico
de un ancho porvenir; difícil se hace el creer que instituciones semejantes no
sean altamente dignas de llamar la atención, y que su estudio haya de carecer
de vivo interés y de sólido provecho.
Al encontrarse sin ellas en todas las
épocas de la historia eclesiástica; al tropezar en todas partes con sus
recuerdos y monumentos; al verlas todavía en las regiones del Asia, en los arenales
del África y en las ciudades y soledades de
Quien haya leído las vidas de los
antiguos padres del desierto, sin conmoverse, sin sentirse poseído de una
admiración profunda, sin que brotase en su espíritu pensamientos graves y
sublimes; quien haya pisado con indiferencia las ruinas de una antigua abadía,
sin evocar de la tumba las sombras de los cenobitas que vivieron y murieron
allí; quien recorra fríamente los corredores y estancias de los conventos medio
demolidos, sin que se agolpen a su mente interesantes recuerdos; quien sea
capaz de fijar su vista sobre esos cuadros, sin alterarse, sin que se excite en
su alma el placer de meditar, ni siquiera la curiosidad de examinar; bien puede
cerrar los anales de la historia, bien puede abandonar sus estudios sobre lo bello
y lo sublime, para él no existen ni fenómenos históricos, ni belleza, ni sublimidad; su entendimiento está en tinieblas, su corazón
en el polvo.
Con la mira de ocultar el íntimo
enlace que existe entre los institutos religiosos y la religión, se ha dicho
que ésta puede subsistir sin ellos. Verdad indisputable, pero abstracta, inútil
del todo, pues que, colocada en lugar aislado y muy distante del terreno de los hechos, no puede comunicar luz alguna a la ciencia, ni
servir de guía en los senderos de la práctica; verdad insidiosa, pues que
tiende nada menos que a cambiar enteramente el estado de la cuestión y a
persuadir de que, cuando se trata de los institutos religiosos, la religión no
entra para nada.
Hay aquí un sofisma grosero y que no
obstante se emplea demasiado, no sólo en el caso que nos ocupa, sino también
en muchos otros. Consiste este sofisma en responder a todas las dificultades
con una proposición muy verdadera, pero que nada tiene que ver con aquello de
que se trata.
Así se llama la atención de los
espíritus hacia otro punto, y con lo palpable de la verdad que se les presenta,
se desvían del objeto principal, tomando por solución lo que no es más que
distracción. Se trata, por ejemplo, de la manutención del 'culto y clero, y se
dice: "lo temporal no es lo espiritual".
Se quiere calumniar sistemáticamente
a los ministros de la religión; se dice: "una cosa es la religión, otra
cosa son sus ministros". Se pretende pintar la conducta de Roma durante
muchos siglos, como una serie no interrumpida de injusticias, de corrupción y
de atentados; a todas las observaciones que podrían hacerse, se contesta de
antemano advirtiendo "que el primado del Sumo Pontífice nada tiene que
ver con los vicios de los papas y la ambición de su corte". Verdades palmarias
por cierto, y que sirven de mucho en algunos casos, pero que los escritores de
mala fe emplean astutamente, para que el lector no advierta cuál es el blanco
de los tiros, imitando a los prestigiadores que procuran atraer las miradas de
la cándida muchedumbre a una parte, mientras verifican sus maniobras en lado
diferente.
El no ser una cosa necesaria para la
existencia de otra, no le quita el que tenga en ella su origen, que esté
vivificada por su espíritu, y que exista entre ambas
un sistema de íntimas y delicadas relaciones; el árbol puede existir sin sus
flores y fruto; de cierto, que aun cuando éstos caigan, el robusto tronco no
perderá su vida; pero mientras el frutal exista, ¿dejará nunca de presentar las
muestras de su vigor y lozanía, ofreciendo a la vista un encanto, y al paladar
un regalo?
El arroyo puede seguir en su
cristalina corriente sin los verdes tapices que engalanan su orilla; pero mientras mane la fuente que presta al arroyo
sus ondas, mientras pueda filtrarse por debajo la tierra el benéfico y
fecundante licor, ¿ se quedarán las favorecidas márgenes secas, estériles, sin
matices ni alfombras?
Apliquemos estas ideas al objeto que
nos ocupa. Es cierto que la religión puede subsistir sin las comunidades
religiosas, que la ruina de éstas no lleva necesariamente consigo la
destrucción de aquélla, y se ha visto repetidas veces que un país donde ellas
han sido extirpadas, ha conservado largo tiempo la religión católica; pero no
deja de ser cierto también que hay una dependencia necesaria entre las
comunidades religiosas y la religión, es decir, que ella les ha dado el ser,
las vivifica con su espíritu, las nutre con su jugo; y así es que, dondequiera
que ella se arraiga, se las ve brotar inmediatamente, y cuando se las ha
echado de un país, si la religión permanece en él, no tardan tampoco en
renacer.
Dejando aparte los ejemplos de otros
países, se está verificando en Francia este fenómeno de un modo admirable; es
muy crecido el número de los conventos, así de Hombres como de mujeres, que se
hallan de nuevo establecidos en el territorio francés. ¡Quién se lo dijera a
los hombres de la asamblea Constituyente, de
¡Insensatos! Vuestra revolución
triunfó;
Sin embargo, a pesar de tantos triunfos, a
pesar de que vuestra revolución no ha retrocedido más de lo necesario para
asegurar mejor sus conquistas, los institutos religiosos han vuelto a renacer,
se extienden, se propagan por todas partes, y ocupan un puesto señalado en los
anales de la época presente. Para impedir este renacimiento era necesario extirpar
la religión, no bastaba perseguirla; la fe había quedado como un germen
precioso cubierto de piedras y espinas;
El ejemplo que se acaba de recordar
indica muy claramente la verdad que estamos demostrando sobre el íntimo enlace
que existe entre la religión y los institutos religiosos, pero además los
anales de
La fuerza de las preocupaciones difundidas
sobre la materia hace necesarias algunas observaciones que, llegando a la raíz
de las cosas, muestren la sinrazón de nuestros adversarios. Qué son los
institutos religiosos? Considerados en toda su generalidad, prescindiendo de
las diferencias, mudanzas y alteraciones que consigo trae la diversidad de
tiempos, países y demás circunstancias, podemos decir que "instituto
religioso es una sociedad de cristianos, que viven reunidos bajo ciertas
reglas, con el objeto de poner en planta los consejos del Evangelio".
Compréndense en esta definición aun
aquellos que no se ligan por ningún voto; porque ya se echa de ver que tratamos
aquí del instituto religioso en su mayor generalidad, dando de mano a cuanto
dicen los teólogos y los canonistas sobre las condiciones indispensables para
constituir o completar la esencia de la institución. Además, es necesario
advertir que no convenía dejar excluidas de la honrosa categoría de institutos
religiosos aquellas asociaciones que reunían todos los requisitos, excepto el
voto.
La religión católica es tan fecunda
que produce el bien por medios muy distintos, y bajo formas muy diversas; en la
generalidad de los institutos religiosos, nos ha mostrado lo que puede hacer
del hombre, ligándole con un voto por toda la vida a una santa abdicación de la
propia voluntad; pero ha querido también hacernos palpar que, dejándole libre,
tiene recursos bastante poderosos para retenerle con suavísimos lazos, y
hacerle perseverar hasta la muerte, del propio modo que si se hubiese obligado
por voto perpetuo. La congregación del Oratorio de San Felipe Neri se halla en
esta clase; es digna, por cierto, de figurar en este número como uno de los
ornamentos de
No ignoro que en la esencia de instituto
religioso, tal como se entiende comúnmente, se encierra el voto; pero
recuérdese que lo que me propongo en la actualidad es vindicar contra los
protestantes esa especie de asociaciones; y, bien sabido, es que, ora los
asociados se liguen con voto, ora se abstengan de emitirle, no merecen por esto
la gracia de que los exceptúen del anatema general, los que miran con sobreceño
todo cuanto lleva la forma de comunidad religiosa. Cuando se ha tratado de
proscribirlas, se han visto igualmente envueltas en la proscripción las que
tenían voto y las que carecían de él; por consiguiente, tratándose de su
defensa, menester es hablar de unas y de otras. Por lo demás, no dejaré de
considerar el voto en sí mismo, y de presentar las observaciones que le justifican,
hasta en el tribunal de la filosofía.
Que el objeto de semejantes
sociedades, es decir, el poner en planta los consejos del Evangelio, sea
conforme al espíritu del mismo, no creo que haya necesidad de insistir en
demostrarlo. Y nótese bien que, con este o aquel nombre, bajo esta o aquella
forma, el objeto de los institutos religiosos es algo más que la mera
observancia de los preceptos; entraña siempre la idea de la perfección, ora sea
en la vida activa, ora en la contemplativa.
La guarda de los santos mandamientos
es indispensable a todos los cristianos que quieren entrar en la vida eterna; los institutos religiosos se proponen
caminar por un sendero más difícil, se enderezan a la perfección. A ellos se
recogen los hombres, que después de haber oído de la boca del Divino Maestro
aquellas palabras, "Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que
tienes, y dalo a los pobres", no se van tristes como el mancebo del
Evangelio, sino que acometen animosos la empresa de dejarlo todo y seguir a
Jesucristo.
Fáltanos ahora manifestar si para el
logro de tan santo objeto es el medio más a propósito la asociación. Fácil me
fuera para demostrarlo traer aquí varios textos de
Quiero decir que, sin amontonar citas
ni textos, probaré que los institutos religiosos son muy conformes al espíritu
de la religión cristiana, N> que por lo tanto los protestantes la
desconocieron lastimosamente cuando los condenaron y destruyeron; probaré además
que los filósofos, que sin admitir la verdad de la religión confiesan sin
embargo su utilidad y belleza, no pueden reprobar unos institutos que son los
necesarios resultados de la misma.
En la cuna del cristianismo, cuando
conservaban los corazones en todo su vigor y en toda su pureza las centellas de
fuego desprendidas de las lenguas del Cenáculo, cuando eran tan recientes las
palabras
y los ejemplos del
Divino Fundador, cuando era tan crecido el número de los fieles que habían
tenido la inefable dicha de verle y de oírle durante su paso sobre la tierra,
hallamos que bajo la misma dirección de los apóstoles los fieles se reúnen, y
confunden sus bienes formando una misma familia que tenía su padre en los
cielos, y cuyo corazón era uno y el alma una.
No entraré en
controversias sobre la extensión que tendría este hecho, sobre las
circunstancias que le acompañaban y sobre la mayor o menor semejanza que se
descubre entre él y los institutos religiosos; me basta que exista, y que
pueda consignarle aquí, para indicar cuál es el verdadero espíritu de la
religión sobre los medios más conducentes para alcanzar la perfección
evangélica.
Recordaré, sin
embargo, que Casiano, al describir la manera con que principiaron los
institutos religiosos, encuentra su cuna en el mismo hecho a que hemos aludido,
y que nos refieren las Actas de los apóstoles.
Según el mismo autor, no se interrumpió nunca
totalmente ese género de vida, de suerte que existieron siempre algunos
cristianos fervorosos que la continuaron, enlazándose de este modo la
existencia de los monjes con las asociaciones primitivas.
Después de haber
trazado la historia del tenor de vida de los primeros cristianos, y de las
alteraciones que sobrevinieron, continúa:
"Aquellos que conservaban el "fervor
apostólico recordando la primitiva perfección, se apartaron "de las
ciudades, y del trato de los que pensaban serles lícito un género de vida menos
severo, y empezaron a escoger lugares retirados y secretos donde pudiesen
practicar particularmente lo que "recordaban que los apóstoles habían
establecido en general, por todo el cuerpo de
Andando el tiempo,
como vivían apartados de los fieles que se abstenían del matrimonio,
y además se privaban de la comunicación del mundo aun "de sus propias
familias, se los llamó monjes a causa de su vida sin guiar y solitaria".
(Collat. 18, Cáp. 5).
Entró
inmediatamente la época de la persecución, que con algunas interrupciones, como
momentos de descanso, se prolongó hasta la conversión de Constantino. En este
período no faltaban algunos que continuaban el sistema de vida de los
primitivos tiempos, como lo indica claramente Casiano en el pasaje que se
acaba de leer; bien que con las modificaciones traídas necesariamente por las
calamidades que afligían a
Claro es que a la
sazón no se ha de buscar a los cristianos viviendo en comunidad; quien desee
encontrarlos, los hallará confesando a Jesucristo con imperturbable serenidad
en los potros y demás tormentos, en los circos dejándose despedazar por las
fieras, en los cadalsos entregando tranquilamente sus cuellos a la cuchilla del
verdugo.
Pero, aun durante
la persecución, observad lo que sucede: los cristianos, de
quienes izo era digno el mundo, acosados como bestias feroces en las ciudades, andan errantes en la soledad,
buscan un refugio en los desiertos. Los yermos del Oriente, los arenales y
riscos de Arabia, los lugares más inaccesibles de
Los desiertos donde
anduvieron errantes poco ha los cristianos, cual granos de arena arrebatados
por la tempestad, se pueblan como por encanto de un sinnúmero de comunidades
religiosas. ¿Cuál es la causa? Allí se meditaba, allí se oraba, allí se leía
el Evangelio; y la preciosa planta brota por doquiera en el instante de llegar
al suelo la semilla fecunda. ¡Admirables designios de
El cristianismo perseguido en las ciudades,
fertiliza y hermosea los desiertos; el precioso grano no ha menester para su
desarrollo, ni el jugo de la tierra, ni el delicado ambiente de una atmósfera
templada. Cuando la tempestad le lleva por los aires en las alas del huracán,
nada pierde de su vida; arrojado sobre la roca, no perece; la furia de los
elementos nada puede contra la obra del Dios que cabalga los aquilones. Y no es
estéril la roca, cuando quiere fecundarla el que hizo surgir de un peñasco
manantiales de agua pura al contacto misterioso de la vara de su profeta.
Dada la paz a
El hecho es cierto,
constante; se halla a cada paso en todas las páginas de la historia
eclesiástica, ocupa un lugar distinguido en todos los grandes acontecimientos
de los fastos de
¿Qué prueba más evidente de la
existencia de relaciones íntimas entre esos institutos y la religión? ¿Qué
indicio más claro de que son con respecto a ella un fruto espontáneo? En el
orden físico domo en el moral se estima congo una prueba de la dependencia de
dos fenómenos la constante aparición del uno en pos del otro; si los fenómenos
son tales, que consientan la relación de causa y efecto, y en la esencia del
uno se encuentran los principios que ha debido producir el otro, se apellida
al primero causa, y al segundo efecto. Donde quiera que se establece la
religión de Jesucristo, se presentan bajo una u otra forma las comunidades
religiosas; luego, éstas son un espontáneo efecto de aquélla. Ignoro lo que
puedan responder nuestros adversarios a una prueba tan concluyente.
Mirada la cuestión bajo este aspecto,
explicase muy naturalmente la protección y el favor, que los institutos
religiosos han obtenido siempre del Sumo Pontífice .Este ha de obrar conforme
al espíritu que anima a
El Eterno lo había ordenado así en los
arcanos de su infinita sabiduría, y la conducta de los papas no podía ser
contraria a los designios del Altísimo. Se ha dicho que mediaron fines
interesados, que la política de los papas encontró aquí un poderoso recurso
para sostenerse y engrandecerse; pero ¿también eran sórdidos instrumentos de
una política astuta las sociedades de los fieles de los primeros tiempos, los
monasterios de las soledades de Oriente, tantos institutos que no han tenido
otro objeto que la santificación de los mismos que los profesaban, o el
socorro y consuelo de alguno de los grandes infortunios que afligen a la
humanidad?
Un hecho tan general, tan grande, tan
benéfico, no se explica por miras interesadas, por designios mezquinos; su
origen es más alto, más noble, y quien no lo halle en el cielo, deberá buscarlo
cuando menos en algo más grande que los proyectos de un hombre, que la política
de una corte; deberá buscarlo en ideas elevadas, en sentimientos sublimes que,
ya que no lleguen al cielo, abarquen por lo menos un vasto ámbito de la tierra;
en algunos de aquellos pensamientos que presiden a los destinos de la
humanidad.
Quizás algunos se inclinarían a
suponer particulares designios a los papas, viendo intervenir su autoridad en
todas las fundaciones de los últimos siglos, y pendientes de su aprobación las
reglas a que habían de sujetarse los diferentes institutos; pero el curso
seguido por la disciplina eclesiástica en este negocio nos indica que, lejos de
haber dimanado de miras particulares la mayor intervención de los papas,
procedió de la necesidad de impedir que un celo indiscreto multiplicase en
demasía las órdenes religiosas, y que se introdujeran abusos.
En los siglos XII y XIII se desplegó
de tal manera la inclinación a nuevas fundaciones, que sin la vigilancia de la
autoridad eclesiástica hubieran resultado inconvenientes de cuantía; y por esta
causa vemos que el Sumo Pontífice Inocencio III acude muy oportunamente al
remedio, ordenando en el concilio de Letrán que si alguien quiere fundar de
nuevo una casa religiosa tome una de las reglas o instituciones aprobadas. Pero
prosigamos nuestro intento.
Si se niega la verdad de la religión
cristiana, si se ridiculizan los consejos del Evangelio, se comprende muy bien
cómo puede reducirse a nada el espíritu de las comunidades religiosas en lo
que tiene de celestial y divino; pero, asentada la verdad de la religión, no es
posible concebir cómo hombres que se glorían de profesarla pueden mostrarse
enemigos de los institutos religiosos, considerados en sí mismos. Quien admite
el principio, ¿cómo puede desechar la consecuencia? Quien ama la cosa, ¿por
qué rechaza el afecto? Esos hombres o afectan hipócritamente una religión que
no tienen, o profesan una religión que no comprenden.
Cuando no tuviéramos otra señal del
espíritu anti evangélico que guió a los corifeos de la pretendida Reforma,
debería bastarnos su odio a una institución tan evidentemente fundada en el
mismo Evangelio. Pues ¿qué? ellos, los entusiastas de la lectura de
Por lo que toca a esos filósofos que
han mirado los institutos religiosos como cosa inútil y despreciable, cuando
no dañosa, harto se conoce que han meditado muy poco sobre el espíritu humano,
sobre los sentimientos más profundos y delicados de nuestro misterioso corazón.
Cuando nada han dicho al suyo tantas reuniones de hombres y de mujeres con la
mira de santificarse a sí mismos, o de santificar a los demás, o de
consagrarse al socorro de la necesidad y al consuelo del infortunio, disecada
debía de estar su alma por el aliento del escepticismo.
El renunciar para siempre a todos los placeres de
la vida, el sepultarse en una mansión solitaria para ofrecerse en la austeridad
y la penitencia, como un holocausto en las aras del Altísimo, horroriza sin
duda a esos filósofos que jamás han contemplado el mundo sino al través de sus
preocupaciones groseras; pero la humanidad piensa de otro modo; la humanidad
siente un atractivo por los mismos objetos, que los filósofos escépticos
encontraron tan vados, tan desnudos de interés, tan aborrecibles.
¡Admirables arcanos de nuestro
corazón! Sedientos de placeres y disipados con su loco cortejo de danzas y de
risas, se apodera de nosotros una emoción profunda a la vista de la austeridad
de costumbres, y de la abstracción del alma. La soledad, la tristeza misma,
tienen para nosotros un indecible hechizo. ¿De qué nace ese entusiasmo que
remueve un pueblo entero, que le levanta y le arrastra como por encanto tras la
huella del hombre que lleva pintada en su frente la abstracción de su alma,
cuyas facciones indican la austeridad de la vida, cuyo traje y modales revelan
el desasimiento de todo lo terreno, el olvido del mundo?
Consignado se halla este hecho en la
historia de la religión verdadera, y también de las falsas; medio tan poderoso
para granjearse estimación y respeto no fue desconocido de la impostura; la
licencia y la corrupción, deseosas de medrar en el mundo, han sentido más de
una vez la necesidad imperiosa de disfrazarse con el traje de la austeridad y
de la pureza.
Cabalmente lo mismo que a primera
vista pudiera parecer más contrario, más repugnante a nuestro corazón, es
decir, esa sombra de tristeza derramada sobre el retiro y la soledad de la vida
religiosa, es lo que más nos encanta y atrae.
La vida religiosa es solitaria y
triste; será, pues, bella, y su belleza será sublime, y esta sublimidad será
muy a propósito para conmover profundamente nuestro corazón, para grabar en él
impresiones indelebles. Nuestra alma tiene en verdad el carácter de
desterrada; sólo la afectan vivamente objetos tristes, y hasta los que andan
acompañados de la bulliciosa alegría necesitan de hábiles contrastes que les
comuniquen un baño de tristeza.
Si la hermosura no de ha carecer de su
más hechicero realce, menester será que fluya de sus ojos una lágrima de
angustia, que oscile en su frente un pensamiento de amargura, que palidezcan
sus mejillas con un recuerdo de dolor.
Las aventuras de un héroe, ¿han de excitar
vivo interés? La desdicha ha de ser su compañera, el llanto su consuelo, la recompensa de sus
méritos la ingratitud y el infortunio. Un cuadro de la naturaleza o del arte,
¿ha de llamar fuertemente nuestra atención, embargar nuestras potencias,
absorber nuestra alma?
Necesario es que vague entonces por
nuestra mente un recuerdo de la nada del hombre, una sombría imagen de la
muerte; sentimientos de apacible tristeza han de brotar en nuestro corazón;
necesitamos ver el color rojizo que distingue algún monumento en ruina, la cruz
solitaria que nos señala la mansión de los muertos, los paredones musgosos que
nos indican los restos de la antigua morada de un grande, que pasó algunos
instantes sobre la tierra, y desapareció.
La alegría no nos satisface, no cumple
nuestro corazón; lo embriaga, lo disipa por algunos momentos, pero el hombre
no encuentra en ella su dicha, porque la alegría de la tierra es frívola, y la
frivolidad no puede agradar al viajero, que lejos de su patria camina
penosamente por un valle de lágrimas. Esta es la razón de que mientras la
tristeza y el llanto son admitidos, mejor diremos, cuidadosamente buscados,
siempre que se trate de producir en el alma impresiones profundas, la alegría
y hasta la más ligera sonrisa son evitadas, desterradas inexorablemente.
La oratoria, la poesía, la escultura,
la pintura, la música, se han dirigido constantemente por la misma regla, o
más bien se han hallado dominadas por un mismo instinto. Mente elevada y
corazón de fuego tenía seguramente quien dijo que el alma era naturalmente
cristiana; pues que acertó a encerrar en tan breves palabras las inefables
relaciones que enlazan el dogma, la moral y los consejos de esta religión
divina, con todo lo más íntimo, más delicado y más noble que se alberga en
nuestro corazón.
Ahora bien: ¿conocéis la tristeza
cristiana, ese sentimiento austero y elevado, que se retrata en la frente del
fiel como un recuerdo de dolor en la sien de un ilustre proscrito, que templa
los gozos de la vida con la imagen del sepulcro, que ilumina la lobreguez de la
tumba con los rayos de la esperanza, esa tristeza tan sencilla y consoladora,
tan grande y severa, que hace despreciar el esplendor y las grandezas del mundo
corno ilusión pasajera?
Esa tristeza, llevada a su perfección,
vivificada y fecundada por la gracia y sujetada a una santa regla, es la que
preside a la fundación de los institutos religiosos, la que los acompaña
siempre, mientras conservan el fervor primitivo que recibieron de hombres
guiados por la luz celestial, y animados por el espíritu de Dios. Esta santa
tristeza, que consigo lleva la abstracción de todas las cosas terrenas, es la
que procura infundirlas y conservarles
Que en medio del furor y convulsión de
los partidos la sacrílega mano de un frenético, secretamente atizada por la
perversidad, clave en un pecho inocente el puñal fratricida, o arroje sobre una
pacífica vivienda la tea incendiaria, bien se concibe, porque desgraciadamente
la historia del hombre ofrece abundantes ejemplos de crimen y frenesí; pero que
se ataque la misma esencia de la institución, que se la quiera encerrar en los
estrechos límites del apocamiento y pequeñez de espíritu, despojándola de los
nobles títulos que honran su origen, y de las bellezas que decoran su historia,
esto no pueden consentirlo ni el entendimiento ni el corazón.
Esa filosofía mentida, que marchita y
seca cuanto toca, ha podido empeñarse en tan insensata tarea; pero cuando la
religión y la razón no le salieran al paso para confundirla, protestarían sin
duda contra ellas las bellas letras y las bellas artes; ellas, que se alimentan
de antiguos recuerdos, que hallan el manantial de sus maravillas en elevados
pensamientos, en cuadros grandes y sombríos, en sentimientos profundos y
melancólicos; ellas, que se complacen en alzar la mente del hombre a las
regiones de la luz, en conducir la fantasía por nuevos y extraviados senderos,
en dominar sobre el corazón con inexplicables hechizos.
No, mil veces no; mientras exista sobre la tierra la
religión del Hombre-Dios que no tenía donde reclinar su cabeza, y que fatigado
del camino se sentaba cual oscuro viajero a descansar junto a un pozo; del
Hombre-Dios cuya aparición fue anunciada a los pueblos por una voz misteriosa
salida del desierto, por la voz de un hombre
cuyo vestido era de pelos de camello, que ceñía sus lomos con una zona
de pieles, y se alimentaba de langostas y miel silvestre; mientras exista,
repetimos, esa religión divina, serán santos, altamente respetables unos
institutos, cuyo objeto primordial y genuino es realizar lo que el cielo se
proponía enseñar a los hombres con tan elocuentes y sublimes lecciones.
Unos tiempos sucederán a otros tiempos, unas vicisitudes a
otras vicisitudes, unos trastornos a otros trastornos; la institución cambiará
de formas, sufrirá alteraciones y mudanzas, se resentirá más o menos de la
flaqueza de los hombres, de la acción roedora de los siglos, del desmoronador
embate de los acontecimientos; pero la institución continuará viviendo, no
perecerá. Si una sociedad la rechaza, buscará en otra su asilo; echada de las
ciudades fijará su morada en los bosques; y si allí se la persigue irá a refugiarse
en el horror de los desiertos.
Jamás dejará de encontrar eco en algunos corazones
privilegiados la voz de la religión sublime, que teniendo en la mano una enseña
de amor y de dolor, la augusta enseña de los tormentos y de la muerte del Hijo
de Dios,
Se nos preguntará, tal vez, por qué no
pueden los fieles practicar la perfección evangélica, viviendo cada cual en su
familia sin reunirse en comunidad; pero nosotros responderemos que no es
nuestro ánimo negar la posibilidad de esta práctica aun en medio del mundo; y
reconocemos gustosos que un gran número de cristianos lo han verificado en
todos tiempos, y lo están verificando todavía en los nuestros; pero eso no impide
que el medio más seguro y expedito sea el de la vida común con otros dedicados
al mismo objeto y con separación de todas las cosas de la tierra.
Prescindamos por un momento de toda
consideración religiosa; ¿no sabéis el ascendiente que ejercen sobre el ánimo
los repetidos ejemplos de aquellos con quienes vivimos? ¿No sabéis cuán
fácilmente desfallece nuestro espíritu cuando se encuentra solo en alguna
empresa muy penosa? ¿No sabéis que hasta en los mayores infortunios es un
consuelo el ver que otros los comparten? En este punto, como en los demás, la
religión se halla de acuerdo con la sana filosofía: ambas nos enseñan el
profundo sentido que encierran aquellas palabras de
Antes de concluir este capítulo quiero
decir dos palabras sobre el voto, que por lo común acompaña a todo instituto
religioso. Quizás sea esta circunstancia una de las principales causas que
producen la fuerte antipatía del Protestantismo contra dichos institutos. El
voto fija, y el principio fundamental del Protestantismo no consiente fijeza ni
estabilidad.
Esencialmente múltiplo y anárquico,
rechaza la unidad, destruye la jerarquía; disolvente por naturaleza, no
permite al espíritu ni permanecer en una fe, ni sujetarse a una regla. La virtud
misma es para él un ser vago, que no tiene determinado asiento, que se alimenta
de ilusiones, que no sufre la aplicación de una norma invariable y constante.
Esa santa necesidad de obrar bien, de andar por el camino de la perfección,
debía serle incomprensible, repugnante en sumo grado; debía parecerle
contraria a la libertad: como si el hombre que se obliga por un voto perdiese
su libre albedrío, como si la sanción que adquiere un propósito, cuando le
acompaña la promesa hecha a Dios, rebajase en nada el mérito de aquel que
muestra la necesaria firmeza para cumplir lo que tuvo la resolución de
prometer.
Los que han condenado esa necesidad
que el hombre se impone a sí mismo, e invocando en contra los derechos de la
libertad, olvidan, al parecer, que ese esfuerzo en hacerse esclavo del bien, en
encadena su propio porvenir, a más del sublime desprendimiento que supone, es
el ejercicio más lato que puede hacerse de la libertad. En un solo acto el
hombre dispone de toda su vida; y, cuando va cumpliendo " los
deberes que de este acto resultan, cumple también su voluntad propia.
"Pero, se nos dirá, el hombre es tan inconstante. . .", pues para
prevenir los efectos de esa inconstancia se liga con voto; y midiendo de una
ojeada las eventualidades del porvenir, se hace superior a ellas y de antemano
las domina.
"Pero, se replicará, entonces el
bien se hace por obligación, es decir, por una especie de necesidad"; es
cierto, mas ¿no sabéis que la necesidad de hacer bien es una necesidad feliz,
y que asemeja en algún modo al hombre a Dios?
¿Ignoráis que la bondad infinita es
incapaz de obrar mal, y que la santidad infinita no puede hacer nada que no
sea santo? ¿No recordáis aquella admirable doctrina de los teólogos que
explicando por qué el ser criado es capaz de pecar, señalan la profunda razón,
diciendo que esto procede que la criatura ha salido de la nada?
Cuando el hombre se esfuerza, en
cuanto le es posible, a obrar bien, cuando esclaviza de esta suerte su voluntad,
entonces la ennoblece, se asemeja más a Dios, y se acerca al estado de los
bienaventurados, que no disfrutan de la triste libertad de obrar mal, que
tienen la dichosa necesidad de amar al Sumo Bien.
El nombre de libertad
parece condenado a ser mal
comprendido en todas sus aplicaciones, desde que se apoderaron de él los protestantes
y los falsos filósofos. En el orden religioso, en el moral, en el social, en el
político, anda envuelto en tales tinieblas, que bien se descubre cuánto se ha
trabajado para oscurecerle y falsearle. Cicerón dió una admirable definición de
la libertad, cuando dijo que consistía en ser esclavo de la ley; de la propia suerte puede decirse que
la libertad del entendimiento consiste en ser esclavo de la verdad, la libertad
de la voluntad en ser esclavo de la virtud; trastornad ese orden y matáis la
libertad.
Quitad la ley, entronizáis la fuerza;
quitad la verdad, entronizáis el error; quitad la virtud, entronizáis el vicio.
Sustraed el mundo a la ley eterna, a esa ley que abarca al hombre y a la
sociedad, que se extiende a todos los órdenes, que es la razón divina aplicada
a las criaturas racionales; buscad fuera de ese inmenso desculo una libertad
imaginaria, nada queda en la sociedad sino el dominio de la fuerza bruta, y en el
hombre el imperio de las pasiones: en uno y otro la tiranía, por consiguiente
la esclavitud.
360
Acabo de examinar los institutos
religiosos en general, considerándolos en sus relaciones con la religión y con
el espíritu humano; voy ahora a dar una ojeada a los principales puntos de su
historia, de donde resulta, en ni¡ concepto, una importante verdad, a saber:
que' la aparición de esos institutos, bajo diferentes formas, ha sido la expresión
y la satisfacción de grandes necesidades sociales; un medio poderoso de que se
ha servido
Me limitaré, pues, a recorrer las
principales fases de la institución, presentando sobre cada una algunas
observaciones; como el viajero que no pudiendo permanecer largo tiempo en un
país se contenta contemplándole algunos momentos desde los puntos más
culminantes. Empiezo por los solitarios de Oriente.
Amenazaba próxima y estrepitosa ruina
el coloso del Imperio Romano. Su espíritu de vida se iba por instantes
extinguiendo, no había esperanza de un soplo que pudiera reanimarle. La sangre
circulaba en sus venas lentamente, pero el mal era incurable; síntomas de
corrupción se manifestaban ya por todas partes; y esto acontece cabalmente en
el momento crítico y terrible en que debía apercibirse para luchar, para
resistir al recio golpe que iba a precipitar su muerte. Se presentaban en la
frontera del imperio los bárbaros, como las manadas de carnívoros atraídos por
las exhalaciones de un cadáver; y en tan formidable crisis estaba la sociedad
en vigilias de una catástrofe, espantosa. Todo el mundo conocido iba a sufrir
un cambio profundo; lo de mañana no había de parecerse a lo de ayer.
El árbol debía ser arrancado, pero su
raíz era muy honda, y no podía desgajarse del suelo, sin cambiar la faz de la
anchurosa base donde tuviera su asiento. Encarada la más refinada cultura con
la ferocidad de 1a barbarie, la energía de los robustos hijos de las selvas con
la muelle afeminación de los pueblos del mediodía, el resultado de la lucha no
podía ser dudoso. Leyes, hábitos, costumbres, monumentos, arte ciencias, toda
la civilización y cultura recogidas en el transcurso de muchos siglos, todo
estaba zozobrando, todo estaba presintiendo, la
próxima ruina; todo auguraba que Dios había señalado el momento supremo
al poder y a la existencia misma de los dominadores del orbe
Los bárbaros no eran más que un
instrumento de
El mundo debía ser por algunos
momentos la presa del caos: ¿pera de este caos había de surgir la luz? ¿La
humanidad había de fundirse como el oro en el crisol, para salir luego más
brillante y más pura? ¿Debían rectificarse las ideas sobre Dios y el hombre?
¿Debían difundirse nociones de moral más santa y más elevada? ¿El corazón humano había de recibir
inspiraciones severas y sublimes, para levantarse del fango de la corrupción en
que yacía, para vivir en una atmósfera más alta, más digna de un ser inmortal?
Sí;
El cristianismo se hallaba ya
propagado por toda la faz de la tierra,
sus santas doctrinas fecundadas por la gracia celestial iban llevando el
mundo a una regeneración admirable; pero la humanidad debía recibir de sus
manos un nuevo impulso, el espíritu del hombre un nuevo sacudimiento, para que
tomando brío se levantase de un golpe a la altura conveniente, y no descendiese
de ella jamás. La historia nos atestigua los obstáculos que se opusieron al
establecimiento desarrollo del cristianismo; fue necesario que Dios tomase sus
armas y embrazase su escudo, según la valiente expresión del profeta, y que a
fuerza de estupendos prodigios quebrantase la resistencia de la pasiones,
destruyese toda ciencia que se levantaba contra la ciencia de Dios, arrollase todos los poderes que le
hacían frente, y sofocar el orgullo y la obstinación del infierno.
Pasados los tres siglos de tormentas,
cuando la victoria se iba declarando en favor de la religión verdadera por los
cuatro ángulos del inundo, cuando los templos de las falsas divinidades se iban quedando desiertos, y los
ídolos que no habían venido al suelo temblaban ya sobre sus pedestales, cuando
la enseña del Calvario flotaba en el Lábaro de los Césares, y las legiones del
imperio se inclinaban religiosamente ante la cruz, entonces debía el
cristianismo realizar en instituciones permanentes, en aquellas instituciones
sublimes que sólo él plantea y sólo él concibe, los altos consejos que tres
siglos antes oyó asombrada
Las virtudes de los cristianos habían
salido ya de la oscuridad de las catacumbas; debían brillar a la luz del cielo
y en medio de la paz, como antes resplandecieran en la lobreguez de los
calabozos y en el horror de los cadalsos.
Señoreado el cristianismo del cetro del imperio,
como del hogar doméstico, siendo muy crecido el número de sus discípulos, no
vivían ya éstos en comunidad de bienes; y es claro que una continencia absoluta
y un completo abandono de las cosas terrenas no podía ser la forma de vida de
la generalidad de las familias cristianas.
El mundo debía continuar en su
existencia, el linaje humano no debía acabar su duración; y así es que no todos
los cristianos habían de observar aquel alto consejo, que hace llevar a los
hombres sobre la tierra la vida de un ángel. Muchos se contentaron con la
guarda de los mandamientos para alcanzar la vida eterna, sin aspirar a la
perfección sublime, que lleva consigo la renuncia de todo lo terreno, la
completa abnegación de sí mismo. Sin embargo, no quería el fundador de la
religión cristiana que los consejos dados por él a los hombres dejasen de tener
incesantemente algunos discípulos en medio de la frialdad y disipación del
mundo.
El no los había dado en vano; y además
la misma práctica de estos consejos, por más que estuviera ceñida a un número
reducido, extendía por todas partes una influencia benéfica que facilitaba y
aseguraba la observancia de los preceptos.
La fuerza del ejemplo ejerce tanto
ascendiente sobre el corazón del hombre, que él solo basta muchas veces a
triunfar de las resistencias más tenaces y obstinadas. Hay algo en nuestro
corazón que le induce a simpatizar con todo lo que tiene a la vista, sea bien,
sea mal; y parece que un secreto estímulo aguijonea al hombre cuando ve que los
demás en un sentido o en otro le aventajan. Por esta causa era altamente
saludable el establecimiento de institutos religiosos, que con sus virtudes y
la austeridad de su vida sirviesen de ejemplo a la generalidad de los fieles y
fuesen además una elocuente represión contra el extravío de las pasiones
Este alto objeto quería alcanzarlo
La hierba de los campos forma su único
alimento, el agua es su única bebida; con el sencillo trabajo de sus manos
cuidan de procurarse los escasos recursos que han menester para acudir a sus
reducidas necesidades. Sujetos a la dirección de un anciano venerable, cuyos
títulos para el gobierno han sido una prolongada vida en el desierto, y el
haber encanecido en medio de privaciones y austeridades inauditas, guardan
constantemente el más profundo silencio; sus labios no se despliegan sino
cuando articulan palabras de oración; su voz no resuena sino cuando entonan al
Señor algún himno de alabanza.
Para ellos el mundo ha dejado de existir; las
relaciones de amistad, los dulces lazos de familia y de parentesco, todo está
quebrantado por el anhelo de perfección llevado a una altura superior a todas
las consideraciones terrenas. El cuidado de sus patrimonios no los inquieta en
la soledad; antes de retirarse al desierto los abandonaron sin reserva al
sucesor inmediato, o vendieron cuanto tenían y lo distribuyeron a los pobres.
Las Escrituras santas son el alimento de su espíritu, aprenden de memoria las
palabras de aquel libro divino, meditan de continuo sobre ellas suplicando
humildemente al Señor que les conceda la gracia de alcanzar la verdadera
inteligencia. En sus reuniones silenciosas, sólo se oye la voz de algún
solitario venerable que explica con la más cándida sencillez y afectuosa
unción el sentido del sagrado texto; pero siempre de manera que los oyentes
puedan sacar algún jugo para mayor purificación de sus almas.
El número de estos solitarios era
inmenso, increíble, si testigos oculares y dignos de gran respeto no lo
refirieran. Y por lo que toca a la santidad, al espíritu de penitencia, al
sistema de vida de perfección que acabamos de pintar, lo dejan a cubierto de
toda sospecha, Rufino, Paladio, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, San Agustín
y cuantos hombres ilustres se distinguieron en aquellos tiempos. El hecho es
singular, extraordinario, prodigioso, pero su verdad histórica nadie ha podido
contestarla; su testigo fue el mundo entero, que de todas partes acudía al
desierto a buscar la luz en sus dudas, el remedio en sus males, y el perdón de
sus pecados.
Mil y mil autoridades me sería fácil
aducir en confirmación de lo que acabo de asentar; pero me contentaré con una
que basta por todas: San Agustín. He aquí cómo describe la vida de aquellos hombres
extraordinarios el santo doctor. "Esos
padres no sólo santísimos en costumbres, sitio muy aventajados en la divina
doctrina, y excelentes en todos sentidos, no gobiernan con soberbia a aquellos
a quienes con razón llaman sus hijos, por la mucha autoridad de los que mandan
y por la pronta voluntad de los que obedecen. Al caer del día, estando todavía
en ayunas, acuden todos, saliendo cada cual de su habitación, para oír a su
respectivo superior. Cada uno de estos padres tiene bajo su dirección tres mil a lo menos, porque a, veces es todavía
mucho mayor el número. Escuchan con
increíble atención, en profundo silencio; y según los sentimientos que excita
en el ánimo el discurso del que habla, los manifiestan o con gemidos o con
llanto, o con gozo modesto y reposado." (S.
Aug. L. 1, De moribus Ecelesia, cap. 31.)
Pero ¿de qué servían aquellos hombres,
se nos dirá, sino para santificarse a sí mismos? ¿Qué provecho traían a la
sociedad? ¿Qué influencia ejercieron en las ideas? ¿Qué cambio produjeron en
las costumbres? Demos que la planta fuese muy bella y olorosa, ¿qué valía
siendo estéril?"
Grave error fuera, por cierto, el
pensar que tantos millares de solitarios no hubiesen tenido una grande
influencia. En primer lugar, y por lo que toca a las ideas, conviene advertir
que los monasterios de Oriente se erigieron a la vista de las escuelas de los
filósofos; el Egipto fue el país donde más florecieron los cenobitas; y sabido
es el alto renombre que poco antes alcanzaban las escuelas de Alejandría.
En toda la costa del Mediterráneo, y
en toda la zona del terreno que comenzando en
Los hombres más eminentes de los primeros
tiempos del cristianismo salen de aquellos países; en sus obras se descubre la
amplitud y el alcance a que había llegado entonces el espíritu humano. Y ¿es
posible que un fenómeno tan extraordinario como el que acabamos de recordar,
que una línea de grutas y monasterios ocupando la zona en cuya vista se
hallaban todas las escuelas filosóficas, no ejerciese sobre los espíritus
poderosa influencia? Las ideas de los solitarios pasaban incesantemente del
desierto a las ciudades; pues que a pesar de todo el cuidado que ellos ponían
en evitar el contacto del mundo, el mundo los buscaba, se les acercaba, y
recibía de continuo sus inspiraciones.
Al ver cómo los pueblos acuden a los
solitarios más eminentes en santidad, para obtener de ellos el remedio en sus
dolencias y el consuelo en los infortunios; al ver cómo aquellos hombres
venerables derraman con unción evangélica las sublimes lecciones aprendidas en
largos años de meditación y oración en el silencio de la soledad, es imposible
no concebir cuánto contribuiría semejante comunicación a rectificar y elevar
las ideas sobre la religión y la moral, y a corregir y purificar las
costumbres.
Necesario es no perder de vista que el
entendimiento del hombre se hallaba, por decirlo así, materializado, a causa de
la corrupción y grosería entrañadas por la religión pagana. El culto de la
naturaleza, de las formas sensibles, había echado raíces tan profundas, que
para elevar los espíritus a la concepción de cosas superiores a la materia, era
necesaria una reacción fuerte, extraordinaria, era indispensable anonadar en
cierto modo la materia, y presentar al hombre nada, más que el espíritu.
La
vida de los solitarios era lo más a propósito para producir este efecto;
al leer la interesante historia de aquellos hombres, parece que uno se halla
fuera de este mundo; la carne ha desaparecido, no queda más que el espíritu; y
tanta es la fuerza con que se ha procurado sujetarla, tanto se ha insistido
sobre la vanidad de las cosas terrenas, que en efecto diríase que la misma
realidad va trocándose en ilusión, el mundo físico se disipa para ceder su
puesto al intelectual y moral; y rotos todos los lazos de la tierra, pónese el
hombre en íntima comunicación con el cielo.
Los milagros se multiplican
asombrosamente en aquellas vidas, las apariciones son incesantes, las moradas
de los solitarios son una arena donde no entran para nada los medios terrenos;
allí luchan los ángeles buenos con los ángeles malos, el cielo con el infierno,
Dios con Satanás; la tierra no está allí sino para servir de campo al combate;
el cuerpo no existe sino para ser un holocausto en las aras de la virtud, en
presencia del demonio que lucha furioso para hacerle esclavo del vicio.
¿Dónde está ese culto idólatra que
dispensara
Es imposible formarse una idea de lo
que estarnos describiendo, sin leer las vidas de aquellos solitarios; no es
dable concebir todo el efecto que de ello debía resultar, sin haber pasado
largas horas recorriendo páginas donde apenas se encuentra nada que vaya por el
curso ordinario. No basta imaginar vida pura, austeridades, visiones,
milagros: es preciso amontonarlo todo y realizarlo, y llevarlo al más alto
punto de singularidad en el camino de la perfección.
Cuando no quiera verse en hechos tan
extraordinarios la acción de la gracia, ni reconocerse en este movimiento
religioso ningún efecto sobrenatural; todavía más, aun cuando se quiera suponer
temerariamente que la mortificación de la carne y la elevación del espíritu se
llevaban hasta una exageración reprensible, siempre será necesario convenir en
que una reacción semejante era muy a propósito para espiritualizar las ideas,
para despertar en el hombre las fuerzas intelectuales y morales, para
concentrarle dentro de sí mismo, dándole el sentimiento de esa vida interior,
íntima, moral que hasta entonces nunca le había ocupado. La frente antes
hundida en el polvo debía levantarse hacia
Bajo el aspecto moral el efecto debía
ser inmenso. Hasta entonces el hombre no había imaginado siquiera que le fuese
posible resistir al ímpetu de sus pasiones; en la fría moralidad de algunos
filósofos, se encontraban algunas máximas de conducta para oponerse al desbordamiento
de las inclinaciones peligrosas; pero esta moral se hallaba sólo en los libros,
el mundo no la miraba como posible; y si algunos se propusieron realizarla, lo
hicieron de tal manera, que lejos de darle crédito lograron hacerla
despreciable. ¿Qué importa el abandonar las riquezas y el manifestarse
desprendido de todas las cosas del mundo, como quisieron aparentar algunos
filósofos, si al propio tiempo se muestra el hombre tan vano, tan lleno de sí
mismo, que todos sus sacrificios no se ofrezcan a otra divinidad que al
orgullo?
Esto es derribar todos los ídolos para
colocarse a sí mismo sobre el altar, reinando allí sin dioses rivales; esto no
es dirigir las pasiones, no es sujetarlas a la razón, es criar una posición
monstruo, que se alza sobre todas las demás y las devora. La humildad, piedra
fundamental sobre la que levantaban los solitarios el edificio de su virtud,
los colocaba de golpe en una posición infinitamente superior a la de los
filósofos antiguos, que se entregaron a una vida más o menos severa; así se
enseñaba al hombre a huir el vicio y ejercer la virtud, no por el liviano
placer de ser visto y admirado, sino por motivos superiores, fundados en sus
relaciones con Dios, y en los destinos de un eterno porvenir.
En adelante, sabía el hombre que no le
era imposible triunfar del mal en la obstinada lucha que siente de continuo
dentro de sí mismo; cuando se veía el ejemplo de tantos millares de personas de
ambos sexos siguiendo una regla de vida tan pura y tan austera, la humanidad
debía cobrar aliento y adquirir la convicción de que no eran impracticables
para ella los caminos de la virtud.
Esta generosa confianza,
inspirada al hombre por la vista de tan sublimes ejemplos, nada perdía de su
vigor por razón del dogma cristiano que no le permite atribuir a las propias
fuerzas las acciones meritorias de la vida eterna y le enseña la necesidad de
un auxilio divino, si es que no ha de extraviarse por senderos de perdición.
Este dogma, que por otra parte se halla muy de acuerdo con las lecciones de la
experiencia de cada día sobre la fragilidad humana, tan lejos está de abatir
las fuerzas del espíritu, ni de enervar su brío, que antes bien le alienta más
y más para continuar impávido a través de todos los obstáculos.
Cuando el hombre se cree solo, cuando
no se siente apoyado por la poderosa mano de
Hasta parece que
Los solitarios fijaron su morada en
desiertos adonde llegar podían los embalsamados aromas que se respiraban en las
comarcas vecinas; y desde sus montañas y arenales alcanzaban sus ojos a mirar
las amenas y apacibles campiñas, que convidaban al goce y, al placer; semejantes
a aquella virgen cristiana, que dejó su oscura gruta para irse a colocar en la
quiebra de una roca, desde donde contemplaba el palacio de sus padres rebosante
de riquezas, de comodidades y de regalos, mientras ella gemía allí cual
solitaria paloma en las hendiduras de una piedra.
Desde entonces todos los climas eran
buenos para la virtud; la austeridad de la moral no dependía de la mayor o
menor aproximación a la línea del Ecuador; la moral del hombre era como el
hombre mismo, podía vivir en todos los climas. Pues que la continencia más
absoluta se practicaba de un modo tan admirable en tan voluptuosos países, bien
podía establecerse y conservarse en ellos la monogamia del cristianismo; y
cuando en los arcanos del Eterno sonase la hora de llamar un pueblo a la luz de
la verdad, nada importaba que este pueblo viviese entre las escarchas de
No obró sobre los destinos de la
humanidad como aquellos acontecimientos ruidosos, cuyos resultados se hallan a
menudo en mucha desproporción con lo que habían prometido; fue semejante a
aquella lluvia benéfica que se desata suavemente sobre una tierra agostada,
fecundando las praderas y las campiñas. Pero si fuera posible al hombre
abarcar y deslindar el vasto conjunto de causas que han contribuido a levantar
su espíritu, a darle una viva conciencia de su inmortalidad, haciendo poco
menos que imposible su vuelta a la degradación antigua, quizás se encontraría
que el prodigioso fenómeno de los solitarios de Oriente tuvo una parte
considerable en este cambio inmenso.
No olvidemos que los grandes hombres
de Occidente recibieron de allí sus inspiraciones, que San Jerónimo vivió en la
gruta de Belén, y que la conversión de San Agustín va acompañada del
sentimiento de una santa emulación, excitada por la lectura de la vida de San
Antonio abad.
Los monasterios que se anduvieron
fundando en Oriente y en Occidente, a imitación de los primitivos
establecimientos de los solitarios, fueron una continuación de éstos, por más
que la diferencia de tiempos y circunstancias los modificasen en varios
sentidos. De allí salieron los Basilios, los Gregorios, los Crisóstomo y otros
hombres insignes que ilustraron
Es evidente que la falta de unidad ha
sido una de las causas de flaqueza de los orientales. No negaré que la
situación en que se encontraron fuese muy diferente de la nuestra; el enemigo
que tuvieron al frente en nada se parece a los bárbaros del Norte; pero yo
dudo que fuera más fácil Habérselas con éstos que con los pueblos
conquistadores de Oriente. Allí quedó la victoria por los que atacaban, como
quedó también aquí; pero un pueblo vencido no es muerto, no carece todavía de
grandes ventajas, que pueden darle un ascendiente moral sobre el vencedor, preparando
en silencio una transformación, cuando no la expulsión. Los bárbaros del Norte
conquistaron el mediodía de Europa, pero el mediodía triunfó de ellos a su
vez, con la ayuda de la religión cristiana; no fueron arrojados, pero sí
transformados.
España fue conquistada por los árabes;
los árabes no pudieron ser transformados, pero al fin fueron arrojados. Si el
Oriente hubiese conservado la unidad, si Constantinopla y las demás sillas
episcopales hubiesen continuado sumisas a Roma , como las de Occidente; en un
palabra, si el Oriente todo se hubiese contentado con ser miembro del gran
cuerpo en vez de la ambiciosa pretensión de ser por sí solo un gran cuerpo,
tengo por indudable que, aun suponiendo las conquistas de los sarracenos, se
habría trabado una lucha a la vez intelectual, moral y física; que al fin
hubiera acabado, o por producir un cambio profundo en el pueblo conquistador,
o por rechazarle a sus antiguos desiertos.
Se dirá que la transformación de los
árabes era obra de siglos; pero ¿no lo fue acaso la de los bárbaros del Norte?
¿Estuvo quizás consumado este trabajo por su conversión al cristianismo? Una
parte considerable de ellos eran arrianos; y además, comprendían tan mal las
ideas cristianas, y se les hada tan recio el practicar la moral evangélica,
que durante largo tiempo fue poco menos difícil tratar con ellos que con
pueblos de una religión diferente.
Por otra parte, conviene no perder de
vista que la irrupción de los bárbaros no fue una sola, sino que por espacio de
largos siglos hubo una continuación de irrupciones; pero tal era la fuerza del
principio religioso que obraba en Occidente, que todos los pueblos invasores, o
se vieron forzados a retroceder, o precisados a plegarse a las ideas y a las
costumbres de los países nuevamente ocupados.
La derrota de las huestes de Atila, las
victorias de Carlo Magno contra los sajones y demás pueblos de la otra parte
del Rin, las sucesivas conversiones de las naciones idólatras del Norte por los
misioneros enviados de Roma, en fin, las vicisitudes y el resultado de las
invasiones de los normandos y el definitivo triunfo de los cristianos de España
sobre los moros después de una guerra de ocho siglos, son una prueba decisiva
de lo que acabo de establecer; esto es, que el Occidente vivificado y robustecido
por la unidad católica ha tenido el secreto de asimilarse y apropiarse lo que
no ha podido rechazar, y la fuerza bastante para rechazar todo aquello que no
se ha podido asimilar.
Esto es lo que ha faltado al Oriente;
la empresa no era más difícil allí que aquí. Si el Occidente por sí solo
rescató el santo sepulcro, el Occidente y Oriente unidos o no le hubieran
perdido nunca, o después de rescatado le habrían conservado para siempre. La
misma causa produjo que los monasterios de Oriente no alcanzaran la vida y la
robustez que distinguió los de Occidente; y por esto anduvieron debilitándose
con el tiempo, sin hacer nada grande que sirviese a prevenir la disolución
social, que preparase en silencio y elaborase lentamente una regeneración de
que pudiera aprovecharse la posteridad, ya que
Cuando se ha visto en la historia el brillante
principio de los monasterios de Oriente, estrechase el corazón al notar cómo
van perdiendo de su fuerza y lustre con el transcurso de los siglos, al
observar cómo después de los estragos sufridos por aquel desgraciado país a
causa de t- las
invasiones, de las guerras, y finalmente por la acción mortífera del cisma de
Constantinopla, las antiguas moradas de tantos varones eminentes en sabiduría y
santidad van desapareciendo de las páginas de la historia, cual antorchas que
se extinguen, cual fuegos dispersos . ¡¡Y amortiguados, que se descubren acá y
acullá en un campamento abandonado!!
Inmenso fue el daño que recibieron todos los ramos de los
conocimientos humanos, de esa debilidad que comenzó por esterilizar el
Oriente, y terminó por hacerle morir. Si bien se observa, en vista de los
grandes sacudimientos y trastornos que estaban sufriendo
No eran nuestros monasterios, donde
debían archivarse los libros y demás preciosidades que generaciones más felices
y tranquilas habían de explotar un día, sino los establecidos en aquellos
mismos lugares, que siendo las fronteras donde se habían tocado y mezclado
civilizaciones muy diferentes, y en que el espíritu humano había desplegado
más actividad y levantado más alto su vuelo, reunían un preciosísimo caudal de
tradiciones, de ciencias, de bellezas artísticas, que eran, en una palabra, el
grande emporio donde se hallaban amontonadas las riquezas de la civilización y
cultura de todos los pueblos del mundo conocido.
No se crea sin embargo que yo pretenda
significar que los monasterios de Oriente de nada sirvieron para prestar este
beneficio al entendimiento humano; la ciencia y las bellas letras de Europa recuerdan
todavía con placer el impulso recibido con la venida de los preciosos
materiales arrojados a las costas de Italia por la toma de Constantinopla.
Pero las mismas riquezas llevadas a Europa por
aquellos hombres lanzados a nuestras plantas como por el soplo de una
tempestad, y que habiendo apenas alcanzado a salvar sus vidas, llegaban entre
nosotros como el náufrago desfallecido que a través de las ondas conserva
todavía en sus ateridas manos una cantidad de oro y piedras preciosas; esto
mismo hace que nos quejemos más vivamente, porque comprendemos mejor la
inmensa riqueza que debía de encerrarse en la nave que zozobró; esto mismo nos
hace lamentar que los primeros tiempos de los monjes ilustres de Oriente no
hayan podido eslabonarse con los nuestros.
Cuando vemos sus obras atestadas de
erudición sagrada y profana, cuando sus trabajos nos ofrecen las muestras de
una actividad infatigable, pensamos con dolor en el precioso depósito que
debían de contener sus ricas bibliotecas.
Sin embargo, y a pesar de la triste
verdad de las reflexiones que preceden, menester es confesar que la influencia
de aquellos monasterios no dejó de ser beneficiosa a la conservación de los
conocimientos. Los árabes en el tiempo de su pujanza se mostraron inteligentes
y cultos, y bajo muchos aspectos les debe
Si fuera posible seguir la historia
del progreso de la inteligencia entre los árabes, en medio de las transformaciones
y catástrofes de Oriente, quizás se encontraría el origen de muchos de sus
adelantos en los conocimientos de aquellos mismos pueblos, que ellos
conquistaban o destruían. Lo cierto es que en su civilización no se entrañan
principios vitales que favorezcan el desarrollo de la inteligencia; así lo
dice su misma organización religiosa, social y política, así lo enseñan los
resultados recogidos por este pueblo después de tantos siglos de pacífico
establecimiento en el país conquistado.
Todo su sistema por lo tocante a las
letras y al cultivo de la inteligencia ha venido a formularse en aquellas
estúpidas palabras de uno de sus caudillos, en el momento de condenar a las
llamas una inmensa biblioteca: "si esos libros son contrarios al Alcorán,
deben quemarse por dañosos; si le son favorables, deben quemarse por
inútiles." Leemos en Paladio que los monjes de Egipto, no contentos con la
elaboración de objetos sencillos y toscos, ejercían además todo género de
oficios.
Los muchos millares de hombres de todas
clases y de muy diferentes países que abrazaron la vida solitaria, debieron de
llevar al desierto un caudal considerable de conocimientos. Sabido es a lo que
puede llegar el espíritu del hombre, entregado a sí mismo en la soledad, y
consagrado a una ocupación determinada; así, es una conjetura no destituida de
fundamento el pensar que muchas de las noticias raras sobre los secretos de la
naturaleza, sobre la utilidad y propiedades de ciertos ingredientes, sobre los
principios de algunas ciencias y artes de que se mostraron muy ricos los árabes
cuando su aparición en Europa, no serían más que restos de la ciencia antigua
recogidos por ellos en aquellos países de antes habían sido poblados por
hombres venidos de todas las regiones.
Necesario es recordar que en las
primeras invasiones de los bárbaros, cuando España, el mediodía de Francia,
Italia, el norte del África y las islas adyacentes a todos esos países eran
devastados de un modo horroroso, adyacentes a buscar un asilo en Oriente todos
cuantos estaban en disposición de emprender el viaje. De esta suerte se
amontonaría más y más en aquellas regiones todo el caudal de la ciencia de
Occidente; pudiendo esto haber contribuido sobremanera a depositar allí los
restos del antiguo saber, que luego nos llegaron transformados y desfigurados
por medio de los árabes.
El profundo desengaño de la nada del
mundo, avivado por tan dilatada serie de grandes infortunios, fortificó en los
desgraciados el sentimiento religioso; y los fugitivos acogidos en Oriente
escuchaban con profunda emoción la voz enérgica del solitario de la gruta de
Belén. Así es que gran parte de los refugiados se acogían a los monasterios
donde encontraban a un tiempo un socorro en sus necesidades y un consuelo para
sus almas; resultando de aquí la acumulación en los monasterios de Oriente de
una mayor cantidad de noticias preciosas y conocimientos de todas clases.
Si un día llega la civilización
europea a señorearse del todo de aquellas comarcas, que gimen ahora bajo la
opresión musulmana, quizás pueda la historia de la ciencia añadir una hermosa
página a sus trabajos, buscando entre la oscuridad de los tiempos, y por medio
de los manuscritos descubiertos por la diligencia y la casualidad, el hilo que
manifestaría más y más el enlace de la ciencia árabe con la antigua, y explicar
así las transformaciones que anduvo sufriendo y que la hicieron parecer de
objeto diferente. Las riquezas conservadas en los archivos de España relativas
al tiempo de la dominación sarracena, archivos cuya explotación puede decirse
que no se ha comenzado todavía, pudieran quizás arrojar algunas luces sobre
este punto, que sin duda ofrecería ocasión de entregarse a investigaciones exquisitas,
las que conducirían a una apreciación sumamente curiosa de dos civilizaciones
tan diferentes como la mahometana y la cristiana.
374
PASAMOS a examinar los institutos religiosos, tales como se presentaron
en Occidente; omitiendo el hablar de aquellos, que aunque establecidos en
puntos de este último país, no eran más que una especie de ramificación de los
monasterios orientales. Entre nosotros, a más del espíritu evangélico que
presidió a su fundación, tomaron el carácter de asociaciones conservadoras,
reparadoras y regeneradoras. Los monjes no se contentan con santificarse a sí
mismos, sino que influyen desde luego sobre la sociedad. La luz y la vida que
se encierran en sus santas moradas, procuran abrirse paso para alumbrar y
fecundar el caos en que yace el mundo.
No sé que haya en la historia un punto
de vista más hermoso y consolador que el ofrecido a nuestros ojos por la
fundación, extensión y progreso de los institutos religiosos en Europa. La
sociedad necesitaba de grandes esfuerzos para resistir sin anonadarse las terribles
crisis que debía atravesar; el secreto de la fuerza social está en la reunión
de las fuerzas individuales, en la asociación.
No es por cierto admirable que este
secreto fuese conocido de la sociedad europea, como por una revelación del
cielo. Todo se desmorona en ella, todo se cae a pedazos, todo perece. La
religión, la moral, el poder público, las leyes, las costumbres, las ciencias,
las artes, todo ha sufrido pérdidas enormes, todo está zozobrando; y si el
porvenir del mundo se calcula por probabilidades humanas, los males son tantos
y tan graves que el remedio se halla imposible.
Al Hombre observador, que fija
aterrado su mirada en aquellos tiempos, cuando se le ofrece San Benito dando
impulso a los institutos monásticos, prescribiéndoles su sabia regla,
procurando de esta suerte constituirlos en forma estable, parécele que un ángel
de luz surge del medio de las tinieblas. La inspiración sublime que guió a este
hombre extraordinario era lo más conveniente que podía imaginarse para
depositar en el seno de la sociedad disuelta un principio de vida y
reorganización.
¿Quién ignora cuál era a la sazón el
estado de Italia, mejor diré, de
¡Qué idea más grande, más benéfica,
más llena de previsión y sabiduría!, cuando el saber y las virtudes no hallaban
donde refugiarse, cuando la ignorancia, la corrupción y la barbarie iban extendiendo
rápidamente sus conquistas, levantar un asilo al infortunio, formar como un
depósito donde pudieran conservarse los preciosos monumentos de la antigüedad,
y abrir escuelas de ciencia y virtud donde recibieran sus lecciones los jóvenes
destinados a figurar un día en el torbellino de los negocios de la tierra.
Cuando el hombre pensador contempla la
silenciosa mansión de Casino, cuando ve que se dirigen allí, de todas partes,
hijos de las familias más ilustres del imperio, unos con la idea de permanecer
para siempre, otros para recibir esmerada educación y llevarse luego en medio
del inundo un recuerdo de las graves inspiraciones recibidas por el santo
fundador en el desierto de Sublac, cuando observa que los monasterios de la
orden van multiplicándose por doquiera, estableciéndose como grandes centros
de actividad en las campiñas, en los bosques y en los lugares más inhabitados,
no puede menos que sentir una profunda veneración hacia el barón extraordinario
que concibiera tan altos pensamientos. Si no quisiéramos mirar a San Benito
como inspirado del cielo, a lo menos deberíamos considerarle como uno de
aquellos hombres que de vez en cuando aparecen sobre la tierra cual ángeles
tutelares del humano linaje.
Amenguada inteligencia manifestaría
quien se negase a reconocer el ventajosísimo efecto que debían de producir
semejantes instituciones. Cuando la sociedad se disuelve, lo que se necesita
no son palabras, no son proyectos, no son leyes tampoco; son instituciones
fuertes que resistan al ímpetu de las pasiones, a la inconstancia del espíritu
humano, a los embates del curso de los acontecimientos; instituciones que
levanten el entendimiento,
que purifiquen y ennoblezcan el corazón, produciendo así en el fondo de la
sociedad un movimiento de reacción y de resistencia contra los malos elementos
que la llevan a la muerte.
Entonces, si existe un entendimiento
claro, un corazón generoso, un alma poseída de sentimientos de virtud, se
apresura a refugiarse en el sagrado asilo. No siempre les es dado cambiar la
corriente del mundo, pero a lo menos trabajan en silencio para instruirse,
para purificarse; derraman una lágrima de compasión sobre las generaciones
insensatas que se agitan estrepitosamente en derredor; de vez en cuando
alcanzan todavía a que se oiga su voz en medio del tumulto, y que sus acentos
hieran el corazón del perverso, como terrible amonestación descendida de lo
alto de los cielos.
Así disminuyen la fuerza del mal, ya que no
les sea dable remediarle del todo; protestando sin cesar contra él, le impiden
que prescriba; y transmitiendo a las generaciones futuras un testimonio solemne
de que en medio de las tinieblas y de la corrupción existían hombres que se
esforzaban en ilustrar el mundo, y en oponer una barrera al desbordamiento del
vicio y del crimen, conservan la fe en la verdad y en la virtud, sostienen y
animan la esperanza de los presentes y venideros que puedan encontrarse en
circunstancias parecidas.
Esta fue la obra de los monjes en los
calamitosos tiempos a que nos referimos; así cumplieron la misión más bella y
sublime en pro de los grandes intereses de la humanidad.
Se dirá quizás que los inmensos bienes
adquiridos por los monasterios fueron una recompensa abundante de sus
trabajos, y tal vez una seña del poco desinterés que presidía a los grandes esfuerzos;
por cierto que si se miran las cosas desde el punto de vista en que las han
presentado algunos escritores, las riquezas de los monjes se ofrecerán a
nuestra consideración como el fruto de una codicia desmedida y de una conducta
astuta e insidiosa; pero la historia entera viene a desmentir las calumnias de
los enemigos de la religión; y el filósofo imparcial, haciéndose cargo de que
debieron de introducirse abusos, como se introducen en todo lo humano, procura
considerar las cosas en globo, en el vasto cuadro donde figuran durante largos
siglos; y despreciando el mal, que no fue más que la excepción, contempla y
admira el bien que fue la regla.
A más de los muchos motivos religiosos
que llevaban los bienes a las manos de los monjes, había uno muy legítimo, que
se ha considerado siempre como uno de los títulos más justos de adquisición.
Los monjes desmontaban terrenos
incultos, secaban pantanos, construían calzadas, encerraban en su cauce los
ríos, levantaban puentes, es decir, que en una sociedad y en unas regiones que
habían pasado por una nueva especie de diluvio universal, hadan lo mismo en
cierto modo que ejecutaban los primeros pobladores, cuando procuraban devolver
al globo desfigurado su faz primitiva. Una parte considerable de Europa no había
recibido nunca la cultura de la mano del hombre; los bosques, los ríos, los
lagos, las malezas de todas clases, se hallaban en bruto, tales como las dejara
la naturaleza; los monasterios plantados acá y acullá pueden considerarse como
aquellos centros de acción, que establecen las naciones civilizadas en los
países nuevos, cuya faz se proponen cambiar por medio de grandes colonias.
¿Qué títulos más legítimos existieron nunca
para la adquisición de cuantiosos bienes? Quien desmonta un país inculto, quien
lo cultiva y lo puebla, ¿no es digno de conservar en él grandes propiedades?
¿No es éste el curso natural de las cosas? ¿Quién ignora las villas y ciudades
que nacieron y se engrandecieron a la sombra de las abadías?
Las propiedades de los monjes, a más
de su utilidad material, produjeron otra, que quizás no ha llamado cual debe
la atención. La situación de una buena parte de los pueblos de Europa, en el
tiempo de que vamos hablando, estaba muy
cercana de la fluctuación y movilidad en que se hallan las naciones que no han
dado todavía ningún pasó en la carrera de la civilización y cultura. Por esta
causa, la idea de la propiedad, que es una de las más fundamentales en toda
organización social, se hallaba muy poco arraigada. En aquellas épocas eran
muy frecuentes los ataques contra la propiedad, así como contra las personas; y
del mismo modo que el hombre se encontraba a menudo obligado a defender lo que
poseía, así también se dejaba llevar fácilmente a invadir la propiedad de los
otros.
El primer paso para remediar un mal
tan grave, era dar asiento a los pueblos por medio de la vida agrícola, y luego
acostumbrarlos al respeto de la propiedad, no tan sólo por razones de moral y
de interés privado, sino también por el hábito; lo que se lograba poniéndoles a
la vista propiedades extensas, pertenecientes a establecimientos que se miraban
como inviolables, y que no podían atacarse sin cometer un sacrilegio. Así las
ideas religiosas se ligaban con las sociales, y preparaban lentamente una
organización que debía llevarse a término en días más bonancibles.
Añádase a esto una nueva necesidad
acarreada por el cambio que se estaba verificando en aquella época. Entre los
antiguos, apenas se ve otra vida que la de las ciudades; la habitación en los
campos, ese desparramamiento de una población inmensa que ha formado en los
tiempos modernos una nueva nación en las campiñas, no se conocía entre ellos; y
es bien notable que ese cambio en la manera de vivir se realizó cabalmente,
cuando circunstancias calamitosas y turbulentas parecían hacerle más difícil.
Debido a la existencia de los
monasterios en los campos y lugares retirados, es que pudiese arraigarse este
nuevo género de vida, que sin duda se habría hecho imposible sin el ascendiente
benéfico y, protector ejercicio por las grandes abadías. Ellas tenían al propio
tiempo todas las riquezas y el poderío de los señores feudales, con la
influencia benéfica y suave de la autoridad religiosa.
¿Cuánto no debió
Alemania a los monjes? ¿No fueron ellos los que desmontaron sus tierras
incultas, haciendo florecer la agricultura y creando poblaciones considerables?
¿Cuánto no les debe Francia? ¿Cuánto España e Inglaterra? Esta última, a buen
seguro que no llegara jamás al elevado punto de civilización de que se muestra
tan ufana, si los trabajos apostólicos de los misioneros que penetraron en
ella en el siglo sexto, no la hubieran sacado de las tinieblas de una grosera
idolatría. ¿Y quiénes
eran esos misioneros? ¿No fue el principal un celoso monje llamado Agustín,
enviado por un Papa que también había sido monje, San Gregorio el Grande?
Al atravesar la
confusión de los siglos medios, ¿dónde encuentra el lector los grandes centros
de saber y de virtud, sino en aquellas mansiones solitarias, de las que salen
San Isidro, arzobispo de Sevilla, el santo abad Columbano, el obispo de Arlés
San Aureliano, el apóstol de Inglaterra San Agustín, el de Alemania San
Bonifacio, Beda, Cutheberto, Aupherto, Paulo monje de Casino, Hinemaro de
Reims educado en el monasterio de San Dionisio, San Pedro Damián, San Bruno,
San Iván, Lanfranco y otros, que forman
una clase privilegiada de hombres
que en nada se parecen a
los de sus tiempos?
A más del servicio que hicieron los
monjes a la sociedad bajo el aspecto religioso y moral, es inapreciable el que
dispensaron a las ciencias y a las letras.
Ya se ha observado repetidas veces que
éstas se refugiaron en los claustros, y que los monjes conservando y copiando
los antiguos manuscritos preparaban los materiales para la época de la
restauración de los conocimientos humanos.
Pero es menester no limitar el mérito
de los monjes considerándolos como meros copiantes; muchos de ellos se elevaron
a un alto punto de sabiduría, adelantándose algunos siglos a la época en que
vivían. Además, no contentos con la penosa tarea de conservar y ordenar los
manuscritos antiguos, dispensaban a la historia un beneficio importante por
medio de las crónicas; con éstas, al paso que cultivaban un ramo tan importante
de estudios, recogían la historia contemporánea, que quizás sin sus trabajos se
hubiera perdido.
Adón, arzobispo de Vienne, educado en
la abadía de Ferriéres, escribe una historia universal desde la creación del
mundo hasta su tiempo; Abbón, monje de San Germán des Pres, compone un poema en
latín en que narra el sitio de París por los normandos; Aimón de Aquitania
escribe en cuatro libros la historia de los francos; San Iván publica una
crónica de los reyes de los mismos francos; el monje alemán Dithmar nos deja la
crónica de Enrique I de los Otones I y II y de Enrique II; crónica estimada,
como escrita con sinceridad, que se ha publicado repetidas veces, y de la cual
se valió Leibnitz para ilustrar la historia de Brunswich. Adernaro es autor de
una crónica que abraza desde 829
hasta 1029; Glabero, monje de Cluny, lo es de otra historia muy
estimada de los sucesos ocurridos en Francia desde 980 hasta
su tiempo; Hernán de una crónica que
abarca las seis edades del mundo hasta 1054.
En fin, sería de nunca acabar si
quisiéramos recordar los trabajos históricos de Sigeberto, de Guiberto, de
Hugo, de San Víctor y otros hombres insignes, que elevándose sobre su tiempo,
se dedicaban a esa clase de tareas. La dificultad y alto mérito de ellas
difícilmente podemos apreciarlo nosotros, viviendo en época en que son tan
fáciles los medios de instruirse, y en que heredadas las riquezas de tantos
siglos, el espíritu encuentra por todas partes caminos anchurosos y trillados.
Sin la existencia
de los institutos religiosos, sin el asilo de los claustros, hubiera sido imposible
que se formasen
hombres tan esclarecidos. No sólo se habían perdido las ciencias y las letras,
sino que habían llegado a ser muy raros los seglares que sabían leer y
escribir; y por cierto, que semejantes circunstancias no eran a propósito para
formar hombres tan eminentes, que podrían muy bien honrarse con ellos siglos
mucho más adelantados.
¿Quién no se ha
parado repetidas veces a contemplar el insigne triunvirato de Pedro el
Venerable? San Bernardo y el abad Suger? ¿No puede decirse que el siglo doce se
salió de su lugar, produciendo un escritor como Pedro el Venerable, un orador
como San Bernardo, un hombre de Estado como Suger?
Otro monje célebre se nos presenta
también en aquellos tiempos, y cuya influencia en el adelanto de los
conocimientos no ha sido estimada, cual merece, por aquellos críticos que sólo
se complacen en señalar los defectos; hablo de Graciano. Los que han declamado
contra él, recogiendo afanosos los yerros en que pudo incurrir, se hubieran
conducido harto mejor, colocándose en el lugar del compilador del siglo doce,
con la misma falta de medios, sin las luces de la crítica, y ver entonces si la
atrevida empresa no fue llevada a cabo mucho más felizmente de lo que era de
esperar.
El provecho que resultó de la colección de Graciano
es incalculable. Presentando en breve volumen mucho de lo más selecto de la
antigüedad con respecto a la legislación civil y canónica, recogiendo en
abundancia textos de santos padres aplicados a toda clase de materias, a más de
excitar el estudio y el gusto de ese género de investigaciones, daba un paso
inmenso para que las sociedades modernas satisficiesen una de las primeras
necesidades, así en lo eclesiástico corno en lo civil cual era la formación de
los códigos.
Se dirá que los errores de Graciano
fueron contagiosos, y que más hubiera valido recurrir directamente a los
originales; pero para leer los originales es necesario conocerlos, tener
noticia de su existencia, hallarse incitado por el deseo de aclarar alguna
dificultad, haber tomado gusto a esta clase de investigaciones, todo lo cual
faltaba antes de Graciano, y todo se 1a
promovía por la empresa de Graciano. La
general aceptación de sus trabajos es la prueba más convincente del mérito que
encerraban; y si se responde que esa aceptación la debieron a la ignorancia de
los tiempos, yo añadiré que siempre debemos agradecer el que se arroje un rayo
de luz, por débil que sea, en medio de las tinieblas.
381
DE
En el siglo XII y siguiente aparecen nuevos
- institutos que presentan un carácter muy, distinto. Su objeto es también altamente
religioso y social, pero los tiempos han cambiado, y es menester recordar las
palabras del apóstol: onnua
omnibus. Examinemos cuáles fueron las
causas y los resultados de semejantes innovaciones.
Antes de pasar más adelante, diré dos
palabras sobre las órdenes militares, cuyo nombre indica ya bastante la reunión
del doble carácter de religioso y de soldado. ¡La unión del monacato con la
milicia!, exclamarán algunos, ¡qué conjunto tan monstruoso! No obstante, esa
pretendida monstruosidad fue muy conforme al curso natural y regular de las
cosas, fue un poderoso remedio aplicado a males gravísimos, un reparo contra
peligros inminentes; en una palabra, fue la expresión y satisfacción de una
gran necesidad europea.
No es propio de
este lugar el tejer la historia de las órdenes militares, historia que, tanto
como otra cualquiera, ofrece cuadros hermosísimos e interesantes, con aquella
mezcla de heroísmo e inspiración religiosa, que aproxima la historia a la
poesía. Basta pronunciar los - nombres de los
caballeros templarios, de los hospitalarios, de los teutónicos, de San
Raimundo, abad de Fitero; de los de Calatrava, para - que el lector recuerde
una serie de acontecimientos raros, que forman una de las más bellas páginas de
la historia. Dejemos, pues, aparte una narración que no nos pertenece, y
detengámonos un momento a examinar el origen y el espíritu de aquellos famosos
institutos.
La enseña de los cristianos y el pendón de
¿Cuál es la conducta que deben seguir los cristianos para
preservarse del peligro que les amenaza? ¿Es más conveniente que tranquilos en
Europa esperen el ataque de los musulmanes, o que levantándose en masa se
arrojen sobre el enemigo, buscándole en su propio país, allí donde se considera
invencible?
El problema se resolvió en este último sentido, se
formaron las Cruzadas, y los siglos siguientes han venido a confirmar el
acierto de la resolución. ¿Qué importan algunas declamaciones en que se afecta
interés por la justicia y la humanidad? Nadie se deja deslumbrar por ellas; la
filosofía de la historia amaestrada con las lecciones de la experiencia y con
mayor caudal de conocimientos, fruto de un más detenido estudio de los hechos,
ha fallado irrevocablemente la causa; y en esto, como en todo lo demás, la
religión ha salido triunfante en el tribunal de la filosofía.
Las Cruzadas, lejos de considerarse como un acto de barbarie y de
temeridad, son justamente miradas como una obra maestra de política que aseguró
la independencia de Europa, adquirió a los pueblos cristianos una decidida
preponderancia sobre los musulmanes, fortificó y agrandó el espíritu militar de
las naciones europeas, les comunicó un sentimiento de fraternidad que hizo de
ellas un solo pueblo, desenvolvió en muchos sentidos el espíritu humano,
contribuyó a mejorar el estado de los vasallos, preparó la entera ruina del
feudalismo, creó la marina, fomentó el comercio y la industria, dando de esta
suerte un poderoso impulso para adelantar por diferentes senderos en la carrera
de la civilización.
No es esto decir que los hombres que concibieron las
Cruzadas y los papas que las promovieron y los pueblos que las siguieron, y los
señores y príncipes que las apoyaron, calculasen toda la extensión de su propia
obra, ni columbrasen siquiera los inmensos resultados; basta que la cuestión
existiese y que se resolviese en el sentido más favorable a la independencia y
prosperidad de Europa; basta, repito, y además advierto, que cuanto menos parte
haya tenido la previsión de los hombres, más será lo que debe atribuirse a las
cosas; y las cosas aquí no son más que los principios y sentimientos religiosos
en sus relaciones con la conservación y felicidad de las sociedades, no son más
que el Catolicismo cubriendo con su égida y vivificando con su soplo la
civilización europea.
383
Tenemos ya las Cruzadas; recordad ahora que
este pensamiento, tan grande y generoso, fue concebido empero con cierta
vaguedad, y ejecutado con aquella precipitación, fruto de la impaciencia de un
celo ardoroso; recordad que este pensamiento, corno hijo del Catolicismo que
convierte siempre sus ideas en instituciones, debía también realizarse en una
institución que le expresara fielmente, que le sirviera como de órgano para
hacerse más sensible, de apoyo para hacerse duradero y fecundo, y entonces
buscaréis un medio de unir la religión y las armas; os complaceréis en
encontrar bajo la coraza de hierro un corazón lleno de ardor por la religión de
Jesucristo, en hallaros con esa nueva clase de hombres, que se consagran sin
reserva a la defensa de la religión, al propio tiempo que renuncian todas las
cosas del mundo: más mansos que corderos, más fuertes que leones, según
expresión de San Bernardo. "tan pronto se reúnen en comunidad para levantar al cielo una
oración fervorosa, tan pronto marchan impávidos al combate blandiendo la
formidable lanza, terror de las huestes agarenas”.
No, no se encuentra en los fastos de la historia un
acontecimiento más colosal que el de las Cruzadas; no se encuentra tampoco una
institución más generosa .y bella que la de las órdenes militares. En las
Cruzadas se levantan innumerables naciones, marchan a través de los desiertos,
se engolfan en países que no conocen, se abandonan sin reserva a todo el rigor
de las estaciones y de los climas; y ¿para qué? ¡Para libertar un sepulcro! ...
Sacudimiento
grande, inmortal, donde cien y cien pueblos marchan a una muerte segura; no en
busca de intereses mezquinos, no con el afán de establecerse en países más
gratos y feraces, no con el ansia de encontrar ningún emolumento terreno; y sí
sólo inspirados por una idea religiosa, por el anhelo de poseer el sepulcro de
aquel que murió en una cruz por la salud del humano linaje. En comparación de
ese memorable acontecimiento, ¿a qué se reducen las hazañas de los griegos
cantadas por Hornero?
Cuando después de los desastres v de los triunfos de las
Cruzadas aparecen las órdenes militares, ora peleando en Oriente, ora
sosteniéndose en las islas del Mediterráneo, y resistiendo las rudas acometidas
del islamismo, que ufano de sus victorias quiere abalanzarse de nuevo sobre
384
¡Gloria y prez a la religión, que ha sido
capaz de inspirar tan elevados pensamientos, que ha podido realizar tan arduas
y generosas empresas!
QUIZÁS el lector, por más contrario que fuera de las comunidades
religiosas, no estará ya mal avenido con los solitarios de Oriente, habiéndole
mostrado en ellos una clase de hombres que, poniendo en, planta los más
sublimes y austeros consejos de la religión, dieron un brioso impulso a la
humanidad, para que, levantándose del cieno en que la tenía sumida el
paganismo, desplegase sus hermosas alas hacia regiones más puras.
El acostumbrar al hombre a una moral grave y severa, el
concentrar el alma dentro de sí misma, el comunicarle un vivo sentimiento de la
dignidad de su naturaleza y de la altura de su origen y destino, el inspirarle
por medio de extraordinarios ejemplos la seguridad de que el espíritu ayudado
de la gracia del cielo puede triunfar de las pasiones brutales, y llevar sobre
la tierra una vida de ángel, son beneficios señalados en demasía, para que un
corazón noble pueda menos de agradecerlos, interesándose vivamente por los
hombres que los dispensaron.
Por lo que toca a los monasterios de Occidente, también
salta de tal modo a los ojos su influencia benéfica y civilizadora, que no
puede mirarlos con desvío ningún amante de la humanidad. Por fin, los
caballeros de las órdenes militares ofrecen una idea tan hermosa, tan poética,
realizan de un modo tan admirable uno de aquellos sueños dorados que desfilan
por la fantasía en momentos de entusiasmo, que por cierto no dejarán de
tributarles respetuoso homenaje todos los corazones capaces de latir en
presencia de lo sublime y de lo bello.
385 Empresa más difícil me aguarda, queriendo presentar en el
tribunal de la filosofía, de esa filosofía indiferente o incrédula, las
comunidades religiosas, no comprendidas en la reseña que acabo de trazar. El
fallo contra éstas se ha lanzado con una severidad terrible; pero en tales
materias la injusticia no puede prescribir: ni los aplausos de los hombres
irreligiosos, ni los golpes de la revolución derribando cuanto encontrara a su
paso, impedirán que se restablezca en su punto la verdad, y que se marquen con
un sello de ignominia la sinrazón y el crimen.
Érase allá a principios del siglo XIII, cuando empiezan a
presentarse tina nueva clase de hombres que, con diferentes títulos, con varias
denominaciones, bajo distintas formas, profesan una vida singular y
extraordinaria.
Unos cubren a su cuerpo con tosco sayal, renuncian a toda
riqueza, a toda propiedad, se condenan a mendicidad perpetua, esparciéndose por
los campos y ciudades para ganar almas a Jesucristo; otros llevan sobre su
hábito el distintivo de la redención humana, y se proponen rescatar de las
cadenas a los innumerables cautivos, que la turbación de' los tiempos llevara a
la esclavitud en los países musulmanes; unos levantan la cruz en medio de un
pueblo numeroso, que se precipita tras de su huella, e instituyen una nueva
devoción, himno continuo de alabanza a Jesús y a María, predicando al propio
tiempo sin cesar la fe del Crucificado; otros van en busca de todas las
miserias humanas, se sepultan en los hospitales, en todos los asilos de la
desgracia, para socorrerla y consolarla; todos llevan nuevas enseñas, todos
muestran gran desprecio del mundo, todos forman una porción separada del resto
de los hombres, y no se parecen ni a los solitarios de Oriente, ni a los hijos
de San Benito.
Ellos no nacen en
el desierto, sino en medio de la sociedad; no se proponen vivir encerrados en
los monasterios, sino derramarse por las campiñas y aldeas, penetrar en las
grandes poblaciones, hacer que resuene su voz evangélica, así en la choza del
pastor como en el palacio del monarca. Crecen, se multiplican por todas partes de
un modo prodigioso;
386¿De dónde nace ese movimiento tan extraordinario? ¿Cuál es
su tendencia? ¿Cuáles los efectos que va a producir en la sociedad?
Cuando se verifica un hecho de tanta magnitud,
extendiéndose a muchos países y continuando por largos siglos, señal es que existían
causas muy poderosas para ello. Aun cuando se quieran desconocer enteramente
las miras de
Prescindiendo de toda providencia extraordinaria de Dios,
dejando aparte las reflexiones sugeridas por la religión al verdadero fiel, y
considerando únicamente los institutos modernos bajo un aspecto meramente
filosófico, puede explicarse el hecho, no sólo como muy conducente al bienestar
de la sociedad, sino también como muy adaptado a la situación en que ella se
encontraba; puédese demostrar que nada medió, ni de astucia, ni de malignidad,
ni de designios interesados; que esos institutos tuvieron un objeto altamente
provechoso, que fueron a un tiempo la expresión y la satisfacción de grandes
necesidades sociales.
La cuestión se brinda de suyo a ser traída a semejante
terreno; y es extraño que no se haya dado toda la importancia que merecen a los
hermosos puntos de vista que en él se pueden encontrar.
Con la mira de aclarar esta interesante materia, entraré
en algunas consideraciones relativas al estado social de Europa en dicha época,
A la primera ojeada que se echa sobre aquellos tiempos, se nota que, a pesar de
la rudeza de los espíritus, rudeza que a lo que parece había de sumir a los
pueblos en una postración abyecta y silenciosa, hay no obstante una inquietud
que remueve y agita profundamente los ánimos.
Hay ignorancia,
pero es una ignorancia que se conoce a sí misma, que se afana en pos del saber;
hay, falta de armonía en las relaciones e instituciones sociales, pero esa
falta es sentida y conocida por doquiera; un continuo sacudimiento está
indicando que esa armonía es deseada con ansia, buscada con ardor. No se qué
carácter tan singular presentan esos pueblos europeos; jamás se descubren en
ellos síntomas de muerte; son bárbaros, ignorantes, corrompidos, todo lo que se
quiera; pero como si estuviesen oyendo siempre una voz que los llama a la luz,
a la civilización, a nueva vida, se agitan sin cesar por salir del mal estado
en que los sumergieron circunstancias calamitosas.
387
Nunca duermen tranquilos en medio de las
tinieblas, nunca viven sin remordimiento en la depravación de costumbres; el
eco de la virtud resuena continuamente a sus oídos, ráfagas de luz se abren
paso a través de las sombras. Mil y mil esfuerzos se hacen para avanzar en la
carrera de la civilización, mil y mil veces se frustran las tentativas; pero
otras tantas vuelven a emprenderse, nunca se abandona la generosa tarea, el mal
éxito nunca desanima, se la acomete de nuevo con un aliento y brío que no
desfallecen jamás. Diferencia notable, que los distingue de los demás pueblos,
donde no ha penetrado la religión cristiana, o donde se ha llegado a
desterrarla.
La
antigua Grecia cae, y cae para no levantarse; las repúblicas de la costa de
Asia desaparecen, y no vuelven a alzarse de sus ruinas; la antigua civilización
de Egipto es hecha pedazos por los conquistadores, y la posteridad ha podido a
duras penas conservar su recuerdo; todos los pueblos de la costa de África no
presentan ciertamente ninguna muestra que pueda indicarnos la patria de San
Cipriano, de Tertuliano y de San Agustín.
Todavía más: en una parte considerable de Oriente se ha
conservado el cristianismo, pero separado de Roma; y hele aquí impotente para
regenerar ni restaurar. La política le ha tendido su mano, le ha cubierto con
su égida; pero la nación favorecida es débil, no puede tenerse en pie; es un
cadáver que se hace andar; no es el Lázaro que haya oído la voz todopoderosa:
Lázaro, ven afuera; Lazare, veni foras.
Esa inquietud, esa agitación, ese ardiente anhelo de un
porvenir más grande y venturoso, ese deseo de reforma en las costumbres, de
ensanche y rectificación en las ideas, de mejora en las instituciones, que
forman uno de los principales distintivos de los pueblos de Europa, se hacían
sentir de un modo violento en la época a que nos referimos. Nada diré de la
historia militar y política de aquellos tiempos, historia que nos suministraría
abundantes pruebas de esta verdad; me ceñiré únicamente a los hechos que más
analogía tienen con el objeto que me ocupa, a causa de ser religiosos y sociales.
Terrible energía de ánimo, gran fondo de actividad,
simultáneo desarrollo de las pasiones más fuertes, espíritu emprendedor, vivo
anhelo de independencia, fuerte inclinación al empleo de medios violentos,
extraordinario gusto de proselitismo; la ignorancia combinada con la sed del
saber, y hasta con el entusiasmo y el fanatismo por todo cuanto lleva el nombre
de ciencia; alto aprecio de los títulos de nobleza y de sangre, junto con
espíritu democrático y con profundo respeto al mérito dondequiera que se halle;
un candor infantil, una credulidad extremada, y al propio tiempo la indocilidad
más terca, el espíritu de más tenaz resistencia, una obstinación espantosa; la
corrupción y licencia de costumbres hermanadas con la admiración por la virtud,
con la afición a las prácticas más austeras, con la propensión a usos y
costumbres los más extravagantes; he
aquí los rasgos que nos presenta la historia en aquellos pueblos.
388
Extraña parecerá a primera vista tan singular
mezcolanza; y sin embargo nada había más
natural; las cosas no podían suceder de otra manera. Las sociedades se forman
bajo el influjo de ciertos principios y de particulares circunstancias, que les
comunican la índole y carácter, y determinan su fisonomía. Lo propio que sucede
con el individuo se verifica con la sociedad; la educación, la instrucción, la
complexión, y mil otras circunstancias físicas y morales, concurren a formar un
conjunto de influencias, de donde resultan las calidades más diferentes, y a
veces contradictorias.
En los pueblos de Europa se había verificado esta
concurrencia de causas de un modo singular y extraordinario; y así es que los
efectos eran tan extravagantes y discordes como acabamos de indicar. Recuérdese
la historia desde la caída del imperio romano hasta el fin de las Cruzadas, y
se verá que jamás se encontró un conjunto de naciones donde se combinaran
elementos tan varios y se realizaran sucesos más colosales. Los principios
morales que presidían al desarrollo de los pueblos europeos se hallaban en la
más abierta contradicción con la índole y la situación de los mismos.
Esos principios eran puros por naturaleza, invariables
como Dios que los había establecido, luminosos como emanados de la fuente de
toda luz y de toda vida; los pueblos eran ignorantes, rudos, movedizos como las
olas del mar, corrompidos como resultado de mezclas impuras; por esta causa se
estableció una terrible lucha entre los principios y los hechos, y se vieron
las contradicciones más singulares, conforme lo traía el respectivo predominio
alcanzado ora por el bien, ora por el mal. Jamás
se vio de un modo más patente la lucha de elementos que no podían vivir en paz;
el genio del bien y el del mal parecían descendidos a la arena y batirse cuerpo
a cuerpo.
Los pueblos de Europa no eran pueblos que se hallasen en
la infancia, pues que estaban rodeados de instituciones viejas, se encontraban
llenos de recuerdos de la civilización antigua, conservaban de ella notables
restos, y ellos mismos eran el resultado de la mezcla de cien otros de
diferentes leyes, usos y costumbres. No eran tampoco pueblos adultos; pues que
no debe aplicarse esta denominación ni al individuo ni a la sociedad, hasta que
han llegado a cierto desarrollo de que a la sazón se hallaban ellos muy
distantes.
389
De suerte, que es difícil encontrar una
palabra que explique aquel estado social, porque no siendo el de la
civilización, no era tampoco el de la barbarie; dado que existían tantas leyes
e instituciones, que no merecen por cierto tal nombre. Si se los apellida semi
bárbaros, quizás nos acercaremos a la verdad; bien que por otra parte poco
hacen las palabras con tal que tengamos bien clara la idea de las cosas.
No puede negarse que los pueblos europeos a causa de una
larga cadena de acontecimientos trastornadores y de la extraña mezcla de las
razas, y de las ideas y costumbres de los conquistadores entre sí y con los
conquistados, tenían inoculada una buena cantidad de barbarie, y un germen
fecundo de agitación y desorden; pero el maligno influjo de estos elementos
estaba contrarrestado por la acción del cristianismo que, habiendo logrado
decidido predominio sobre los ánimos, se hallaba apoyado además por
instituciones muy robustas, y hasta disponía de grandes medios materiales para
llevar a cabo sus obras.
Las doctrinas cristianas se habían filtrado por todas
partes, y cual jugo balsámico tendían a endulzarlo y suavizarlo todo; pero el
espíritu tropezaba a cada paso con la materia, la moral con las pasiones, el
orden con la anarquía, la caridad con la fiereza, el derecho con el hecho; y de
aquí una lucha que, si bien es general en cierto modo a todos los tiempos y
países, como fundada en la naturaleza del hombre, era a la sazón más recia, más
ruda, más estrepitosa, a causa de hallarse en la misma arena, cara a cara, sin
ningún mediador, dos principios tan opuestos como son la barbarie y el
cristianismo.
Observad atentamente aquellos pueblos, leed con reflexión
su historia, y veréis que esos dos principios se hallan en lucha constante, se
disputan la influencia y la preponderancia, y que de ahí resultan las más
extrañas situaciones y los contrastes más raros. Estudiad el carácter de las
guerras de la época, y oiréis la incesante proclamación de las máximas más
santas, la invocación de la legitimidad, del derecho de la razón, de la justicia,
oiréis que se apela de continuo al tribunal de Dios; he aquí la influencia
cristiana; pero afligirán al propio tiempo vuestra vista innumerables
violencias, crueldades, atrocidades, el despojo, el rapto, la muerte, el
incendio, desastres sin fin; he aquí la barbarie.
Dando una mirada a las Cruzadas notaréis cual bullen en
las cabezas grandes ideas, vastos planes, altas inspiraciones, designios
sociales y políticos de la mayor importancia; sentimientos nobles y generosos
rebosan en todos los corazones, un santo entusiasmo tiene fuera de sí todas las
almas, haciéndolas capaces de las empresas más heroicas; he aquí la influencia
del cristianismo; pero atended a la ejecución, y veréis en ella el desorden, la
imprevisión, la falta de disciplina en los ejércitos, los atropellamientos, las
violencias; echaréis de menos el concierto, la buena armonía entre los que
toman parte en la arriesgada y gigantesca empresa; he aquí la barbarie.
390 Una
juventud sedienta de saber acude desde los países más distantes a escuchar las
lecciones de maestros famosos; el italiano, el alemán, el inglés, el español,
el francés se hallan mezclados y confundidos alrededor de las cátedras de
Abelardo, de Pedro Lombardo, de Alberto Magno, del doctor de Aquino; una voz poderosa resuena a los oídos de
aquella juventud, llamándola a dejar las tinieblas de la ignorancia y a
remontarse a las regiones de la ciencia;
el ardor de saber la consume, los más largos viajes no la arredran, el
entusiasmo por sus maestros más distinguidos es una exaltación que no puede
describirse; he aquí la influencia cristiana, que sacudiendo e iluminando de
continuo el espíritu del hombre, no sólo no le deja dormir tranquilo en medio
de las sombras, sino que le incita sin reposo a que ocupe dignamente su entendimiento
en busca de la verdad.
Pero, ¿veis esa juventud que manifiesta tan hermosas
disposiciones e infunde tan legítimas y halagüeñas esperanzas? Es esa misma
juventud licenciosa, inquieta, turbulenta, que se entrega a las más lamentables
violencias, que anda de continuo a estocadas por las calles, y que forma en
medio de ciudades populosas una pequeña república, una democracia difícil de
enfrentar, y donde a duras penas puede alcanzarse que dominen el orden y la
ley; he aquí la barbarie.
Muy bueno es, y muy conforme al espíritu de la religión,
que el hombre culpable, cuando ofrece a Dios un corazón contrito y humillado
manifieste el dolor y la pesadumbre de su alma por medio de actos externos,
procurando además fortificar su espíritu y refrenar sus malas inclinaciones,
empleando contra la carne los rigores de una austeridad evangélica. Todo esto
es muy razonable, muy justo, muy santo, muy conforme a las máximas de la
religión cristiana, que así lo prescribe para la justificación y santificación
del pecador, y reparación del daño causado a los demás con el escándalo de una
mala vida; pero que esto se exagere hasta tal punto que anden divagando por la
tierra penitentes desnudos, cargados de hierro, inspirando con su presencia
horror y espanto, como sucedía en aquellos tiempos, hasta verse obligada la
autoridad a reprimir el abuso, esto lleva ya la marca del espíritu duro y feroz
que acompaña el estado de barbarie.
391
Nada más verdadero, más bello y más saludable
a la sociedad que el suponer a Dios tomando la defensa de la inocencia,
protegiéndola contra la injusticia y la calumnia, y haciendo que tarde o
temprano salga pura y radiante de en medio del polvo y de las manchas con que
se haya querido oscurecerla y afearla; esto es el resultado de la fe en
Pero, ¿quién no ve cuán inmensa distancia va de semejantes
creencias hasta las pruebas del agua hirviente, del fuego, del duelo? ¿Quién no
descubre aquí aquella rudeza que todo lo confunde, aquel espíritu de violencia
que se empeña en forzarlo todo, pretendiendo en alguna manera obligar al mismo
Dios a que se ponga de continuo a merced de nuestras necesidades o caprichos,
dando por medio de milagros un solemne testimonio sobre cuanto nos conviene o
nos place averiguar?
Presento aquí esos contrastes para excitar recuerdos a los
que hayan leído la historia, y para poder sacar en pocas palabras la fórmula
sencilla y general, que resume todos aquellos tiempos: la barbarie templada por
la religión, la religión afeada por la barbarie.
Cuando estudiamos la historia, tropezamos con un gravísimo
inconveniente que nos hace siempre difícil, y a menudo imposible, el
comprenderla con perfección: todo lo referimos a nosotros mismos y a los
objetos que nos rodean. Falta disculpable hasta cierto punto, por tener su raíz
en nuestra propia naturaleza, pero contra la cual es necesario prevenirse con
cuidado, si queremos evitar las equivocaciones lastimosas en que incurrimos a
cada instante.
A los
hombres de otras épocas nos los figuramos como a nosotros; sin advertirlos, les
comunicamos nuestras ideas, costumbres, inclinaciones, nuestro temperamento
mismo; cuando hemos formado esos hombres, que sólo existen en nuestra
imaginación, queremos, exigimos que los hombres reales y verdaderos obren de la
misma suerte que los imaginarios; y al notar la discordancia de los hechos
históricos con nuestras desatentadas pretensiones, tachamos de extraño y
monstruoso lo que a la sazón era muy regular y ordinario.
Lo propio hacemos con las leyes y las instituciones: en no
viéndolas calcadas sobre los tipos que tenernos a la vista, declamamos desde
luego contra la ignorancia, la iniquidad, la crueldad de los hombres que las
concibieron y las plantearon. Cuando se desea formar idea cabal de una época,
es necesario trasladarse en medio de ella, hacer un esfuerzo de imaginación
para vivir, digámoslo así, y conversar con sus hombres; no contentarse con oír
la narración de los acontecimientos, sino verlos, asistir a su realización,
hacerse uno de los espectadores, de los actores si es posible; evocar del
sepulcro las generaciones, haciéndolas hablar y obrar de nuevo en nuestra
presencia. Esto, se me dirá, es muy, difícil; convengo en ello; pero replicaré
que este trabajo es necesario, si el conocimiento de la histeria ha de
significar algo más que una simple noticia de nombres y de fechas.
392 Por cierto que no es conocido un individuo hasta que se
sabe cuáles son sus ideas, cuál su índole, su carácter, su conducta; lo propio
sucede con una sociedad. Si ignoramos cuáles eran las doctrinas que la dirigían,
cuál su moda de mirar y sentir las cosas, veremos los acontecimientos sólo en
la superficie, conoceremos las palabras de la ley, pero no alcanzaremos su
espíritu y su mente; contemplaremos una institución, pero sin ver más de ella
que la armazón exterior, sin penetrar su mecanismo, ni adivinar los resortes
que le comunican el movimiento. Si se quieren evitar esos inconvenientes,
resulta el estudio de la historia el más difícil de todos, es cierto; pero
tiempo ha que debiera conocerse que los arcanos del hombre y de la sociedad,
así como son el objeto más importante de nuestro entendimiento, son también el
más arduo, el más trabajoso, el menos accesible a la generalidad de los
espíritus.
El individuo de los siglos a que nos referimos no era el
individuo de ahora; sus ideas eran muy distintas; su modo de ver y sentir las
cosas muy diferente; el temple de su alma no se parecía al de la nuestra; lo
que para nosotros es inconcebible, era para aquellos hombres muy natural; lo
que a nosotros nos repugna, era para ellos muy agradable.
Al entrar en el siglo XIII había recibido ya
393
La democracia moderna se presentaba ya desde
un principio con sus grandes ventajas, sus muchos inconvenientes, sus inmensos
problemas, que nos agobian y desconciertan todavía en la actualidad, después de
tantos siglos de experiencia y ensayos. Los mismos señores conservaban aún en
buena parte los hábitos de barbarie y ferocidad con que se habían tristemente
señalado en los anteriores tiempos; y el poder real estaba muy lejos de haber
adquirido la fuerza y el prestigio necesarios para dominar tan encontrados
elementos y levantarse en medio de la sociedad, como un símbolo de respeto a
todos los intereses, un centro de reunión de todas las fuerzas, y una
personificación sublime de la razón y de la justicia.
En aquel mismo siglo empiezan las guerras a tener un
carácter más popular, y por consiguiente más trascendental y más vasto. Los
alborotos del pueblo comienzan a presentar el aspecto de turbulencias
políticas; ya se descubre algo mas que la ambición de los emperadores
pretendiendo imponer el yugo a
Pueblos numerosos se levantan y se agolpan en torno de una
bandera que no lleva los blasones de un barón, ni las insignias de un monarca,
sino el nombre de un sistema de doctrinas. Sin duda que los señores se mezclan
en la reyerta, y que a causa de su poderío se alzan todavía muy alto sobre la
turba que los rodea y los sigue; pero la causa que se ventila ya no es la causa
de los señores; ésta forma en verdad una parte de los problemas de la época,
pero la humanidad ha extendido sus miradas más allá del horizonte de los
castillos. Aquella agitación y movimiento producidos por la aparición de nuevas
doctrinas religiosas y sociales, son el anuncio y el principio de la cadena de
revoluciones que van a recorrer las naciones europeas.
No estaba el mal en que los pueblos anduvieran en pos de
las ideas, y se resistiesen a tomar por única guía los intereses y la enseña de
cualquier tirano; muy al contrario, esto era un gran paso en el camino de la
civilización, una señal de que el hombre sentía y conocía su dignidad; un
indicio de que extendiendo su ojeada a un ámbito más anchuroso, comprendía
mejor su situación, sus verdaderos intereses.
Resultado natural del vuelo que iban tomando cada día las facultades
del espíritu, vuelo a que contribuyeron sobremanera las Cruzadas; pues, desde
entonces, todos los pueblos de Europa se acostumbraron a pelear no por un
reducido terreno, no por satisfacer la ambición o la venganza de un hombre,
sino por el sostén de un principio, por borrar el ultraje hecho a la religión
verdadera; en una palabra, se acostumbraron los pueblos a moverse, a luchar, a
morir por una idea grande, digna del hombre, y que lejos de limitarse a un país
reducido, abarcaba el cielo y la tierra.
394
Así es notable que el movimiento popular, el
desarrollo de las ideas, empezaron mucho antes en España que en el resto de
Europa, a causa de que la guerra con los moros hizo que se adelantase para
En medio de tanto movimiento, la dirección que éste tomase
debía decidir de la suerte de Europa; y si no me engaño, el siglo XII y XIII
fueron épocas críticas, en que, no sin probabilidad en sentidos contrarios, se
resolvió la inmensa cuestión de si
Al fijar los ojos sobre aquellos tiempos, se descubre en
distintos puntos de Europa no sé qué germen funesto, indicio aciago de los
mayores desastres. Doctrinas horribles brotan de aquellas masas que comienzan a
agitarse; desórdenes espantosos señalan sus primeros pasos en la carrera de la
vida. Hasta allí, no se habían descubierto más que reyes y señores; entonces se
presentan en escena los pueblos. Al ver que han penetrado en aquel informe
conjunto algunos rayos de luz y de calor, el corazón se ensancha y se alienta,
pensando en el nuevo porvenir reservado al humano linaje; pero tiembla también
de espanto al reflexionar que aquel calor podría producir una fermentación
excesiva, acarrear la corrupción, y cubrir de inmundos insectos el campo feraz
que prometiera convertirse en jardín encantador.
Las extravagancias del espíritu humano se presentaran a la
sazón con aspecto tan alarmante, con un carácter tan turbulento, que los
pronósticos en la apariencia más exagerados podían fundarse en hechos que les
daban mucha probabilidad. Séame permitido recordar algunos sucesos que pintan
el estado de los espíritus en aquella época, y que además se enlazan con el
punto principal cuyo examen nos ocupa.
A principios del siglo XII encontramos al famoso Tanchelmo
o Tanquelino enseñando delirios, cometiendo los mayores crímenes; y no obstante
arrastra un pueblo numeroso en Amberes, en
395
Propalaba este miserable que él era más digno
del culto supremo que el mismo Jesucristo; pues si Jesucristo había recibido el
Espíritu Santo, Tanchelmo tenía la plenitud de este mismo Espíritu. Añadía que
en su persona y en sus discípulos estaba contenida
En su enseñanza y
peroratas, se dirigía a las mujeres de un modo particular; el fruto de sus
doctrinas y de su trato era la corrupción más asquerosa. Sin embargo, el
fanatismo por ese hombre abominable llegó a tal punto, que los enfermos bebían
con afán el agua con que se había bañado, creyéndola muy saludable remedio para
el cuerpo y el alma. Las mujeres se tenían par dichosas si podían alcanzar los
favores del monstruo, las madres por honradas cuando sus hijas eran escogidas
para víctimas del libertinaje, y los esposos por ofendidos si sus esposas no
eran mancilladas con la infame ignominia.
Conociendo este malvado el ascendiente que había llegado a
ejercer sobre los ánimos, no descuidaba el explotar el fanatismo de sus
secuaces; siendo una de las principales virtudes que procuraba infundirles, la
liberalidad en pro de los intereses de Tanchelmo.
Hallábase un día rodeado de gran concurso, y mandó que le
trajesen un cuadro de
Un artificio tan sacrílego, tan sórdido y grosero, sólo
parecía a propósito para concitar la indignación de los circunstantes; los
resultados empero correspondieron a la previsión del antiguo impostor. Los
regalos se hicieron en grande abundancia, de mucho precio; y las mujeres,
siempre celosas del afecto de Tanchelmo, excedieron en larguezas a los hombres,
despojándose frenéticas de sus collares, pendientes y demás joyas preciosas.
Apenas comenzó a sentirse bastante fuerte, no quiso
contentarse con la predicación; procuró formar en torno de sí una reunión
armada, que le presentara a los ojos del mundo como algo más que un simple
apóstol. Tres mil hombres le acompañaban por todas partes; rodeado de tan
respetable guardia, vestido con la mayor magnificencia y precedido de un
estandarte, marchaba con la pompa de un monarca.
396
Cuando se paraba a predicar, estaban en su
alrededor los tres mil satélites con las espadas en alto. Ya desde entonces
asomaba el carácter violento y agresor de las falsas sectas en los siglos
venideros.
Nadie ignora los muchos partidarios que tuvo Eón, a quien
se le calentó la cabeza por haber oído repetidas veces aquellas palabras: per
eum qui judicaturas est vivos et wortuos; llegando a persuadirse y a propalar
que él era ese juez que habla de juzgar a los vivos y a los muertos. Bien
conocidos son los disturbios excitados por los discursos sediciosos de Arnaldo
de Brescia, así como el fanatismo iconoclasta de Pedro de Bruis y de Enrique.
Si no temiese fatigar a los lectores, fácil me fuera
ofrecer escenas muy repugnantes, que retratarían al vivo el espíritu de las
sectas de aquellos tiempos, y la funesta predisposición que hallaban en los
ánimos, amantes de novedades, sedientos de espectáculos extravagantes, y
tocados de no sé qué vértigo fatal para dejarse arrastrar a los más extraños
errores y lamentables excesos. Como quiera, no puedo menos de decir cuatro
palabras sobre los Cátaros, Valdenses, Patarinos de Arras, Albigenses v Pobres
de León, sectas que, a más de haber tenido no poca influencia en los desastres
de aquellos tiempos y en los sucesivos acontecimientos de Europa, sirven
muchísimo para hacernos profundizar mas y más la cuestión que nos está
ocupando.
Ya desde los primeros siglos de
En tiempo de San Bernardo sabemos, también, que los sectarios apellidados
Apostólicos se distinguían por el horror al matrimonio; mientras por
otra parte se abandonaban a la más torpe y desenfrenada licencia. Tamaños
extravíos encontraban no obstante favorable acogida en la ignorancia y
corrupción de los pueblos; pues por dondequiera que se presentan, los vemos
prender en las masas, y extenderse rápidamente como un contagio. Esta secta a
más de la hipocresía común a todas, excogitó el ardid más a propósito para
seducir a pueblos ignorantes y groseros, cual fue el presentarse bajo las
formas de la más rígida austeridad y en un traje muy miserable.
397
Ya antes del año 1181, vemos que son bastante
atrevidos para aventurarse a salir de sus conciliábulos, propalando sus
doctrinas a la luz del día con el mayor descaro, y que asociándose con los
famosos bandidos llamados Corterales, se arrojan a cometer toda clase de
excesos. Como habían llegado a seducir algunos caballeros, y obtenido la
protección de varios señores del país de Tolosa, alcanzaron a formar una
sublevación temible, que sólo pudo reprimirse con la fuerza de las armas. Un
testigo ocular, Esteban, abad de Santa Genoveva, enviado a la sazón por el rey
a Tolosa, nos describe en pocas palabras las tropelías cometidas por los
sectarios: "he visto, dice, en todas partes,
quemadas las iglesias y arruinadas hasta los cimientos; he visto las
habitaciones de los hombres transformadas en guaridas de brutos."
Por aquellos tiempos se hicieron famosos los valdenses o
pobres de León, llamados así por su extremada pobreza, su desprecio de todas
las riquezas y su traje andrajoso; y a quienes por el calzado que llevaban, se
les dió también el nombre de Sabots. Sectarios que eran unos perversos
imitadores de otra clase de pobres, célebres en aquella edad, que se
distinguieron por sus virtudes, y particularmente por su espíritu de humildad v
desprendimiento. Estos últimos formaban una especie de asociaciones en que
entraban legos y clérigos, se granjearon el aprecio y respecto de los
verdaderos cristianos, y obtuvieron la protección de los pontífices, quienes
hasta les otorgaron el permiso de dar instrucciones públicas.
Los discípulos de Valdo se señalaron por un alto desprecio
de la autoridad eclesiástica y llegaron en seguida a formar gran cúmulo dé°
monstruosos errores, presentándose finalmente como una secta contraria a la
religión, dañosa a la buena moral e incompatible con la tranquilidad pública.
Lejos de haberse podido extirpar con el tiempo esos
errores, germen de tantas calamidades y turbulencias, se habían arraigado más y
más en diferentes puntos; y tan mal camino llevaban las cosas, que a principios
del siglo XIII no se veían ya únicamente sediciones pasajeras y disturbios
aislados. Los errores se habían extendido en grande escala, se habían
presentado en la arena con recursos formidables, por ellos se hallaba en el
mayor conflicto el mediodía de
En una organización política, donde el trono no tenía bastante
fuerza para ejercer la necesaria acción enfrenadora, donde los señores
conservaban todavía los medios suficientes para resistir a los reyes y
atropellar a los pueblos; cuando difundido por todas partes un indócil espíritu
de agitación y movimiento entre las masas, no se veía ningún medio para
contenerlas, excepto la religión; cuando cabalmente el ascendiente mismo
ejercido por las ideas religiosas era aprovechado de los fanáticos y perversos,
para extraviar la muchedumbre con violentas peroratas en que se hacía una
confusa mezcla de religión y de política,
398
Así se afectaba hipócritamente el espíritu de
austeridad y desinterés; cuando los nuevos errores no se limitaban a sutiles
ataques contra éste o aquel dogma, sino que empezando por trastornar las ideas
más fundamentales de la religión, penetraban hasta el santuario de la familia,
condenando el matrimonio, y provocando de otra parte abominaciones infames;
cuando por fin el mal no se circunscribía a los países, que, o por no haber
recibido más tarde el cristianismo, o por otras causas, no habían participado
tanto del movimiento europeo; cuando la arena principalmente escogida era el
mediodía, donde se desplegaba con más vivacidad y presteza el espíritu humano;
en semejante conjunto de funestas circunstancias, consignadas en la historia de
una manera incontestable.
¿No era negro, no era proceloso el porvenir de
Cuando el
estandarte de
Tantos elementos de civilización y cultura
creados por el cristianismo, ¿debían dispersarse, inutilizarse para siempre? Las grandes naciones que se iban formando bajo la
influencia católica, las leyes e instituciones empapadas en esta religión
divina, ¿todo debía corromperse, adulterarse, perecer con la alteración de las
antiguas creencias?
El curso
de la civilización europea ¿debía torcerse con violencia?, las naciones, que se abalanzaban a un porvenir mas
tranquilo, más próspero, más grande, ¿debían ver disipadas en un instante sus
esperanzas más halagüeñas y retroceder lastimosamente hacia la barbarie? Éste
era el inmenso problema social que se ofrecía en aquellos tiempos; y yo me
atrevo a asegurar que el movimiento religioso desplegado a la sazón de una
manera tan extraordinaria, que los nuevos institutos tachados tan ligeramente
de simpleza y extravagancia fueron un medio muy poderoso de que
399
¿Qué? ¿Os escandalizáis de estas palabras, los
que no habéis leído la historia, o no la habéis mirado sino a través del
mentiroso prisma de las preocupaciones protestantes y filosóficas? Decidme; en
aquellos hombres cuyas santas fundaciones han sido el objeto de vuestras
eternas diatribas, cual si se tratase de una de las mayores calamidades del
linaje humano, ¿qué encontráis de reprensible?
Sus
doctrinas son las del Evangelio; son esas mismas, a cuya elevación y santidad
os habéis visto precisados a rendir solemnes homenajes; y su vida es pura,
santa, heroica, conforme en todo a su enseñanza. Demandadles qué objeto se
proponen; y os dirán, el predicar a todos los hombres la verdad católica, el
procurar con todas sus fuerzas la destrucción del error y la reforma de las
costumbres, el inspirar a los pueblos el debido respeto por las autoridades
legítimas, así eclesiásticas como civiles; es decir, encontraréis en ellos la
firme resolución de consagrar su vida al remedio de los males de
No se contentan con estériles veleidades, no se satisfacen
con algunos discursos, ni con esfuerzos pasajeros, no encierran el designio en
la esfera de sus personas, sino que, extendiendo su ojeada a todos los países y
a los tiempos del porvenir, fundan institutos cuyos miembros puedan esparcirse
por toda la faz de la tierra v trasmitir a las generaciones venideras el
espíritu apostólico que les infunde tan elevadas miras.
La pobreza a que se condenan es extremada, los hábitos con
que se cubren son groseros y miserables; pero si no comprendéis una de las
profundas razones de semejante conducta, recordad que se proponen renovar el
espíritu evangélico a la sazón tan olvidado, recordad que van a encontrarse muy
a menudo, cara a cara, con emisarios de sectas corrompidas, y que estos
emisarios se esfuerzan en remedar la humildad cristiana, afectan un extremo
desprendimiento, y hacen gala de presentarse al público con el traje de
mendigos; recordad que van a predicar a pueblos semibárbaros y que para
apartarlos del vértigo del error que ha comenzado a señorearse de las cabezas,
no bastan palabras, aunque vayan acompañadas de la regularidad de una conducta
ordinaria; necesitan ejemplos sorprendentes, un modo de vida edificante en
extremo, y todo acompañado de un exterior que hiera vivamente la fantasía.
400 El número de los nuevos religiosos es muy crecido, se
aumentan sin tasa en todos los países donde se establecen; no se limitan a los
campos y a las aldeas, sino que penetran en las ciudades más populosas; pero
adviértase que
Número considerable de vasallos ha sacudido ya el yugo de
los señores, poderosas municipalidades van apareciendo en todas partes; en presencia de ellas el feudalismo tiembla y
repetidas veces se humilla. Las ciudades van haciéndose cada día más populosas,
cada día van recogiendo familias nuevas por la emancipación que se va
realizando en las campiñas: la industria y el comercio, comenzando a brotar,
ofrecen mayores medios de subsistencia y promueven la multiplicación.
Así es, que la acción religiosa y moral sobre los pueblos
de Europa debe ejercerse en una escala más vasta, deben emplearse medios más
generales, que, partiendo de un centro común y libres de las trabas ordinarias,
puedan llenar el objeto que les señalan las apremiadoras necesidades de la
época. He aquí los nuevos institutos religiosos, con su asombroso número, sus
muchos privilegios y su inmediata dependencia de la autoridad del Papa.
El mismo carácter algo democrático, que en estos
institutos se observa, no sólo por reunir en su seno hombres de todas las
clases del pueblo, sino también por su organización gubernativa, era muy a
propósito para hacer eficaz su influjo sobre aquella democracia turbulenta y
fiera, que orgullosa de su reciente libertad, no simpatizaba fácilmente con
nada que presentase formas aristocráticas y exclusivas.
En los nuevos institutos religiosos se encuentra cierta
analogía con su propia existencia y origen. Aquellos hombres han salido del
pueblo, viven en continua comunicación con el pueblo, visten groseramente como
el pueblo, son pobres como el mismo pueblo; y así como el pueblo tiene sus
reuniones y nombra sus municipalidades y sus alcaldes, así ellos tienen sus
capítulos y eligen sus respectivos superiores.
Los nuevos religiosos no son anacoretas que habiten en
lejanos desiertos, no son monjes que se alberguen en opulentas abadías, no son
eclesiásticos cuyas tareas y funciones estén circunscriptas a un país
determinado; son hombres sin morada fija, que tan pronto se los halla en la
ciudad populosa como en la miserable aldea; hoy se encuentran en el centro del
continente, mañana están a bordo de una nave, que los conduce a peligrosas
misiones en los países más remotos; tan presto se los ve en el palacio de un
monarca, ilustrándole con sus consejos y tomando parte en los altos negocios
del Estado, como en el hogar de una familia oscura, consolándola en sus
infortunios, apaciguando discordias o dándole parecer sobre los asuntos
domésticos.
401
Los mismos hombres que figuran con lustre en
las cátedras de las universidades, enseñan el catecismo a los niños en un
humilde pueblo; los mismos que predican en la corte en presencia del rey y de
los grandes, explican el Evangelio en el púlpito de la más desconocida
parroquia. El pueblo los ve en todas partes, con ellos se encuentra siempre,
tanto en medio de la dicha como de la desgracia; siempre los halla dispuestos,
ora sea para tomar parte en la alegre fiesta de un bautismo que llena de
regocijo a la familia, ora para llorar una muerte que la ha cubierto de luto.
Fácil es concebir la fuerza y el ascendiente de semejantes
instituciones; su influencia sobre el ánimo de los pueblos debió de ser
incalculable; y las falsas sectas que con sus pestilentes doctrinas se proponían
extraviar la muchedumbre, se encontraron con un nuevo adversario que las
desbarataba completamente. ¿Se quiere seducir a los incautos ostentando mucha
austeridad, mucho desprendimiento e hiriendo la imaginación con un exterior
mortificado, con trajes pobres y groseros? Los nuevos institutos reúnen estas
cualidades de un modo extraordinario, y así la doctrina de la verdad no carece
del cortejo con que se hace acompañar el error.
¿Surgen de entre
las clases populares violentos declamadores, cautivando la atención y
señoreando los ánimos de la multitud con su elocuencia fogosa? Encuéntranse en
todos los puntos de Europa con ardientes oradores que abogan por la causa de la
verdad, y conociendo a fondo las pasiones, las ideas, los gustos de la multitud,
saben interesarla, conmoverla, dirigirla, haciendo que sirva para defensa de la
religión lo que otros pretendieran aprovechar para atacarla. Allí donde hay la
necesidad de resistir al esfuerzo de una secta, allí acuden, allí están; faltos
de lazos con el mundo, sin estar ligados a ninguna iglesia particular, a
ninguna provincia, a ningún reino, tienen toda la movilidad necesaria para
pasar rápidamente de un punto a otro y encontrarse a debido tiempo en el lugar
donde reclamen su presencia necesidades urgentes.
La fuerza de la asociación, conocida por los sectarios y empleada
con tanto éxito, está en los nuevos institutos de una manera admirable. El
individuo carece de voluntad propia; un voto de obediencia perpetua le ha
puesto a disposición de la voluntad plena; esta voluntad se halla a su vez
sujeta a la de otro, formándose de esta suerte una cadena cuyo primer eslabón
está en las manos del Papa.
402 De modo que se hallan a un tiempo reunidas la fuerza de
la asociación y la de unidad en el poder; todo el movimiento, todo el calar de
una democracia y todo el vigor y rapidez de acción de la monarquía. Se ha dicho
que los institutos religiosos de que estamos hablando, habían sido un fuerte
sostén de la autoridad de los papas; esto es cierto y hasta puede añadirse que
a no existir ellos, quizás el funesto cisma de Lutero se hubiera verificado
tres siglos antes. Pero es necesario convenir en que la fundación de estos
institutos no es debida a proyectos de los papas; no son ellos los que la
concibieron, sino hombres particulares, que guiados por inspiración superior,
formaban el designio, trazaban el plan y sujetándole al juicio de
Las instituciones civiles, fundadas con la idea de
consolidar o ensanchar el poder de los monarcas, dimanaron o bien de éstos, o
bien de alguno de sus ministros, que identificado en miras e intereses con el
poder real, formulaba y ejecutaba el pensamiento del trono; no así en lo
tocante al poder do los papas; el apoyo de los nuevos institutos religiosos
contribuye a sostenerle contra los embates de las sectas disidentes; pero el
pensamiento de fundarlos no ha salido ni de los papas ni de sus ministros.
Hombres desconocidos se levantaron de repente de en medio
del pueblo; en sus antecedentes nada se encuentra que pueda hacerlos
sospechosos de previa inteligencia con Roma; su vida entera atestigua que
obraron guiados por la inspiración que surgió en sus cabezas, no
consintiéndoles reposo hasta haber ejecutado lo que se les prescribía. Para
nada entraron ni entrar pudieron designios particulares de Roma; la ambición no
tuvo en esto ninguna parte.
De aquí se infiere para todos los hombres sensatos una de
las dos consecuencias siguientes: a saber, o que la aparición de esos nuevos
institutos fue la obra de Dios que quería salvar su Iglesia, sosteniéndola
contra los nuevos ataques y escudando la autoridad del pontífice romano; o bien
que existió en el Catolicismo un instinto salvador, que le condujo a crear
aquellas instituciones que le eran convenientes para salir airoso de la
terrible crisis en que se encontraba.
A los ojos de los católicos las dos proposiciones vienen a
parar a lo mismo, pues que no vemos aquí otra cosa que el cumplimiento de
aquella promesa: sobre esta piedra
fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Los filósofos que no miren los objetos a la luz de la fe, podrán explicar el
fenómeno con los términos que fueren de su gusto; pero no podrán menos de
convenir en que en el fondo de los hechos se descubre una sabiduría admirable,
la más elevada previsión.
403
Si se empeñan en no ver aquí el dedo de Dios, en no descubrir en el curso de
los acontecimientos más que el fruto de planes bien concertados, o el resultado
de una organización bien combinada, imposible les ha de ser el negar el debido
homenaje a esos planes, a esa organización; y así como confiesan que el poder
del pontífice romano, aun mirado con ojos puramente filosóficos, es el más
admirable de los poderes que se vieron jamás sobre la tierra, así tampoco les
será permitido el negar que esta sociedad, llamada Iglesia católica, muestra en
su conducta, en su espíritu de vida, en su instinto para sostenerse contra los
mayores enemigos, el más incomprensible conjunto que nunca se vio en sociedad
alguna.
Que esto se llame instinto, secreto, espíritu, o con otros
nombres, poco importa a la verdad: el Catolicismo desafía a todas las sociedades, a todas las
sectas, a todas las escuelas a que realicen lo que él ha realizado, a que
triunfen de lo que el ha triunfado, a que atraviesen las formidables crisis que
él ha atravesado. Podrán presentarse algunas muestras en que se remede más o
menos la obra de Dios; pero los magos de Egipto colocados en presencia de
Moisés encontrarán un término a sus artificios; el enviado de Dios hará
milagros a que ellos no podrán llegar; veránse precisados a decir: Digitus Dei est hic; aquí hay el dedo de Dios.
AL ECHAR una ojeada sobre los institutos religiosos, que
se presentaron en
Le apellido en singular, porque no me propongo descender a
las diferentes clases en que se distinguió; considero la unidad del objeto y
por esta unidad llamo también uno al instituto. Cambiadas felizmente las
circunstancias que motivaron dicha fundación, nosotros podemos apenas estimarla
en su justo valor, ni apreciar debidamente la grata impresión y el santo
entusiasmo que debió de producir en todos los países cristianos.
Las revoluciones y vaivenes de aquellos tiempos les
ofrecían a cada paso coyunturas favorables; y el odio y la codicia estimulaban
de consuno sus corazones a satisfacer su venganza en los cristianos
desapercibidos. Puede asegurarse, que era éste uno de los gravísimos males que
afligían Europa, Si la palabra caridad no había de ser un nombre vano; si los
pueblos europeos no querían olvidarse de sus lazos de fraternidad y de su
comunidad de intereses, era necesario, urgente, tratar del remedio que debía
aplicarse a calamidad tan dolorosa.
El veterano que en vez del premio de largos servicios
hechos a la religión y a la patria, había encontrado la esclavitud en las
tinieblas de una mazmorra, el mercader que surcando los mares para llevar
bastimentos al ejército cristiano había caído en poder de enemigos implacables
v pagaba su emprendedora osadía cargado de pesadas cadenas, la tímida doncella,
que al tiempo de solazarse distraída a las orillas del mar, había sido
alevosamente sorprendida y arrebatada por desalmados piratas, como paloma en
las garras del azor, todos estos desgraciados tenían derecho sin duda a que sus
hermanos de Europa les dispensaran una mirada de compasión e hiciesen un esfuerzo
para libertarlos.
¿Cómo se conseguirá este caritativo objeto? ¿Qué medios
podrán emplearse para llevar a cabo una empresa, que ni puede confiarse a las
armas, ni tampoco á la astucia? Nada más fecundo en recursos que el
Catolicismo; en presentándose una necesidad, si se le deja obrar libremente,
excogitará desde luego los medios más a propósito para socorrerla. Las
reclamaciones y negociaciones de las potencias cristianas nada podrían recabar
en favor de los cautivos; nuevas guerras emprendidas por esta causa aumentarían
las calamidades públicas, empeorarían la suerte de los que gimen en el
cautiverio, y quizás acrecentarían el número, enviándoles nuevos compañeros de
desgracia, los medios pecuniarios, faltos de un punto céntrico de dirección y
acción, producirían escaso fruto, y vendrían a desperdiciarse en manos de los
agentes subalternos; ¿qué recurso quedaba pues?
405 El recurso
poderoso que tiene siempre a mano la religión católica, su secreto para llevar
a cabo las mayores empresas: la caridad.
Pero ¿cómo había de obrar esa caridad?; del modo que obran
en el Catolicismo todas las virtudes. Esta religión divina que bajada del cielo levanta de
continuo el entendimiento del hombre a meditaciones sublimes, tiene sin embargo
un carácter singular que la distingue de las escuelas y sectas que han
pretendido imitarla. A pesar del espíritu de abstracción que la mantiene
despegada de las cosas terrenas, nada se encuentra en ella de vago, de ocioso,
de puramente teórico. Todo es especulativo y práctico, y sublime y llano, a
todo se acomoda, a todo se adapta, con tal que sea compatible con la verdad de
sus dogmas v la severidad de sus máximas.
Con los
ojos fijos en el cielo, no se olvida de que está sobre la tierra, de que trata
con hombres mortales, sujetos a calamidades y miserias; con una mano les señala
la eternidad, con la otra socorre sus infortunios, alivia sus penas, enjuga sus
lágrimas.
No se contenta con palabras estériles: para
ella el amor del prójimo no es nada si no se manifiesta dando de comer al
hambriento, de beber al que tiene sed, cubriendo al desnudo, consolando al
afligido, visitando al enfermo, aliviando al preso, rescatando al cautivo. Por
valerme de una expresión favorita del siglo actual, es positiva en grado
eminente.
Así es
que sus pensamientos procura realizarlos por medio de instituciones benéficas,
fecundas; distinguiéndose en esto de la filosofía humana, cuyas pomposas
palabras y gigantescos proyectos contrastan tan miserablemente con la pequeñez,
con la nada de sus obras.
La religión
habla poco, pero medita y ejecuta mucho; digna hija del Ser infinito, que
abismado en la contemplación del piélago de luz que encierra en su esencia, no
ha dejado de criar ese universo que nos asombra, no deja de conservarle con
inefable bondad, y de regirle con inconcebible sabiduría.
Para acudir al socorro de los infelices cautivos hubiera
parecido sin duda pensamiento muy feliz el de una vasta asociación que
extendida por todas las comarcas de Europa se hallase en relaciones con cuantos
cristianos pudiesen contribuir con sus limosnas a obra tan santa; y que además
tuviera siempre a mano una porción de individuos prontos a surcar los mares, y
resueltos, si fuese menester, a arrostrar por el rescate de sus prójimos el
cautiverio y la muerte. De esta manera se lograba la reunión de muchos medios,
se aseguraba la buena inversión de los caudales; las negociaciones para la
redención de los cautivos tenían la seguridad de ser conducidas por hambres
celosos y experimentados; es decir, que esta asociación llenaba cumplidamente
su objeto, y desde su planteo podían los cristianos esperar socorros más
prontos y eficaces. He aquí cabalmente el pensamiento realizado en la
institución de las órdenes para la redención de los cautivos.
406
Los religiosos que las profesan, se ligan con
voto de atender a esa obra de caridad. Libres de los embarazos que consigo
traen las relaciones de familia y el cuidado de los negocios mundanos, pueden
consagrarse a esta tarea con todo el ardor de su celo.
Los viajes dilatados, los peligros del mar, los riesgos de
climas malsanos, la ferocidad de los infieles, nada los arredra; en sus propios
vestidos, en las oraciones de su instituto, hallan el recuerdo continuo del
voto con que se ligaron en presencia de Dios. Su reposo, sus comodidades, su
vida misma, ya no les pertenecen, son de los infelices cautivos que gimen en un
calabozo o arrastran a los pies de sus amos una pesada cadena allende el
Mediterráneo.
Las familias de las desgraciadas víctimas tienen fijos sus
ojos sobre el religioso, y le exigen el cumplimiento de la promesa, obligándole
a excogitar arbitrios y a exponer, si necesario fuese, la vida para devolver el
padre al hijo, el hijo al padre, el esposo a la esposa, la inocente doncella a
la madre desolada.
Ya desde los primeros siglos del cristianismo se desplegó
en
Seguid con atención sus pasos, y veréis que comienza por
enseñar y encarecer una virtud, induce suavemente su ejercicio; éste se va
extendiendo, afirmando, y al fin lo que era simplemente una obra buena, pasa a
ser para algunos una obra obligatoria, lo que era un simple consejo, se
convierte para un número escogido en riguroso deber.
En todas épocas procuró
407
Estamos tan acostumbrados a lo sublime y a lo
bello en las obras de la religión, que apenas reparamos en los mayores
prodigios; de la propia suerte que aprovechándose de los beneficios de la
naturaleza, contemplamos indiferentes sus operaciones y productos más
admirables. En los varios institutos religiosos que bajo distintas formas se
han visto desde el principio de
¡Qué emblema más sublime de la redención consumada en al
augusto Madero, extendiéndose a la redención cíe la cautividad terrena, que las
visiones que precedieron a la fundación de estos santos institutos! Dirán
algunos que esas apariciones no eran más que pura ilusión; ¡ilusiones dichosas,
replicaremos nosotros, que así conducen al consuelo de la humanidad!
Corno quiera, las recordaremos aquí, sin temer la sonrisa
del incrédulo; que abrigando en su corazón sentimientos generosos, fuerza le
será convenir, en que si no le parece descubrir verdad histórica, encuentra por
lo menos elevada poesía, y sobre todo amor de la humanidad, ardiente deseo de
socorrerla, heroico desprendimiento en el sublime sacrificio de entregarse un
hombre a la esclavitud por el rescate de sus hermanos.
Un doctor de la universidad de París, conocido por sus
virtudes y sabiduría, acababa de ser promovido al orden del presbiterado, y
celebrada por primera vez el sacrificio del altar. El santo sacerdote, al verse
favorecido con tanta dignación del Altísimo, redobla su ardor, aviva su fe, y
procura ofrecer el Cordero sin mancilla con todo el recogimiento, con toda la
pureza, con todo el fervor de que es capaz su corazón, inundado de gracia y
abrasado de caridad. No sabe cómo manifestar a Dios el profundo reconocimiento
por tanto beneficio; y su vivo deseo es poder probarle de alguna manera su
gratitud y su amor.
Aquel que dijo: "lo que habéis hecho a uno de mis
pequeñitos, me lo habéis hecho a mí", le indica bien pronto un camino
para desahogar el fuego de la caridad; y la visión comienza. Preséntase a la
vista del sacerdote un ángel, cuyo vestido es blanco como la nieve, brillante
como la luz; lleva en el pecho una cruz roja y azul, a cada lado tiene un
cautivo, el uno cristiano, el otro moro, sobre cuyas cabezas extiende sus
brazos.
408 El santo varón queda en éxtasis, y conoce que Dios le
llama a la piadosa obra de redimir cautivos, Pero antes de pasar adelante, se
retira a la soledad, y por medio de la oración y de la penitencia durante tres
años implora humildemente del Señor que le manifieste su voluntad soberana.
Se encuentra en el desierto con un santo ermitaño, y los
dos solitarios se ayudan recíprocamente con sus oraciones y sus ejemplos.
Embebidos un día en santos coloquios junto a una fuente, se les presenta de
improviso un ciervo, llevando entrelazada en sus astas la misteriosa cruz de
dos colores: el santo sacerdote cuenta a su atónito compañero la primera
visión; ambos redoblan sus oraciones y penitencias, ambos reciben por tres
veces el aviso del cielo; y resueltos a no diferir un instante el cumplimiento
de la voluntad divina, acuden a Roma, piden al Sumo Pontífice sus luces y su
permisión, y el Papa, que en el entretanto había tenido una visión semejante,
accede gustoso a la demanda de los dos piadosos solitarios, para fundar la
orden de
El sacerdote se llamaba Juan de Mata, y el ermitaño Félix de Valois.
Dedicados con ardoroso celo a su obra de caridad, enjugaron
sobre la tierra las lágrimas de gas, y
La fundación de la orden de
Puesto de acuerdo el santo con el rey de Aragón y con San
Raimundo de Peñafort, procedió a la fundación de dicha orden; y el deseo que
antes había tenido de entregarse en cautiverio para rescatar a los demás, lo
convirtió entonces en voto, no sólo para sí mismo, sino también para cuantos
profesasen el nuevo instituto.
Repetiré aquí lo indicado más arriba: sea cual fuere el
juicio que se quiera formar sobre esas apariciones, y aun cuando se pretendiese
desecharlas como ilusión, siempre resulta lo que nos hemos propuesto probar, a
saber, la influencia de la religión católica en socorrer un grande infortunio,
y la utilidad del instituto en que tan maravillosamente se personificaba el
heroísmo de la caridad. En efecto: suponed que el santo fundador hubiese
padecido una ilusión, tomando por revelaciones celestiales las inspiraciones de
su ferviente celo; los beneficios para los desgraciados ¿dejan de ser los
mismos?
409
Vosotros me habláis mucho de ilusiones; pero
lo cierto es que esas ilusiones producían la realidad. Cuando San Pedro Armengol, no teniendo recursos para libertar a
unos infelices, se quedaba por ellos en rehenes, y pasado el día de pago y no
llegando el dinero, sufría resignadamente que le ahorcasen, por cierto que las
ilusiones no quedaban estériles, y que ninguna realidad produciría mayores
prodigios de celo y heroísmo. El condenar las cosas de la religión como
ilusiones y locura, data de muy antiguo: desde los primeros tiempos del
cristianismo fue tratado de locura el misterio de
EN
Imposible, era poner en parangón el
Catolicismo y el Protestantismo en sus relaciones con la civilización europea,
sin consagrar algunas páginas al examen de la influencia que en ella habían
ejercido los institutos religiosos; pues que una vez demostrado que esta
influencia fue saludable, el Protestantismo, que con tanto odio y
encarnizamiento los ha perseguido y calumniado, queda convicto de haber
adulterado la historia de esta civilización, de no haber comprendido su
espíritu, y de haber atentado contra su legítimo desarrollo.
410Estas reflexiones me llevan naturalmente a recordar al
Protestantismo otra de las faltas que ha cometido, quebrantando la unidad de la
civilización europea, introduciendo en su seno la discordia, y debilitando su
acción física y moral sobre el resto del mundo.
El Asia con su inmovilidad, su postración, su despotismo,
su degradación de la mujer y con todos los oprobios de la humanidad está ahí, a
nuestra vista; y apenas si ha dado un paso que prometa levantarla de su
abatimiento. El Asia menor, las costas de Palestina, de Egipto, el África
entera están delante de nosotros, en la situación deplorable, en la degradación
lastimosa, que contrastan vivamente con sus grandes recuerdos,
Llena de vida
Se está ensalzando continuamente la utilidad de la
asociación; se está ponderando su necesidad para alcanzar grandes resultados; y
no se advierte que siendo aplicable este principio a las naciones como a los
individuos, tampoco pueden aquéllas prometerse el producir grandes obras, si no
se someten a esta ley general.
Cuando un conjunto de naciones, nacidas de un mismo origen
y sometidas por largos siglos a las mismas influencias, han llegado a
desenvolver su civilización dirigidas y dominadas por un mismo pensamiento, la
asociación entre ellas llega a ser una verdadera necesidad: son una familia de
hermanos; y entre hermanos la división y la discordia produce peores efectos
que entre personas extrañas.
411
No quiero yo decir que fuera posible una
concordia tal entre las naciones de Europa, que viviesen en paz perpetua unas
con otras, y procediesen con entera armonía en todas las empresas que
acometieran sobre las demás partes del globo; pero sin entregarse a tan
hermosas ilusiones, imposibles de realizar, queda no obstante fuera de duda que
a pesar de las desavenencias particulares entre nación y nación, a pesar de la
mayor o menor oposición de intereses en lo interior y exterior, podía
En la interminable serie de guerras y calamidades que
afligieron a
El corazón se aflige al considerar el desastroso
acontecimiento que vino a romper esa unidad preciosa, torciendo el camino de
nuestra civilización, y amortiguando lastimosamente su fuerza fecundante;
congoja da, por no decir despecho, el reflexionar que cabalmente la aparición
del Protestantismo coincidió con los momentos críticos en que
Vasco de Gama, doblando el cabo de Buena Esperanza, había
mostrado el derrotero de las Indias orientales y abierto la comunicación con
pueblos desconocidos; Cristóbal Colón con
la flota de Isabel surcaba los mares de Occidente, descubría un
mundo, y plantaba en tierras desconocidas el estandarte de Castilla.
Hernán Cortés, a la cabeza de un puñado de bravos,
penetraba en el corazón de nuevos continentes, se apoderaba de su capital, y
empleando armas nunca vistas por aquellos naturales, se les presentaba como un
dios lanzando rayos. En todos los puntos de Europa se desplegaba una actividad
inmensa; el espíritu emprendedor se desenvolvía en todos los corazones: había
sonado la hora en que se abría a los pueblos europeos un nuevo horizonte de
poder y de gloria, cuyos límites no alcanzaba la vista.
412 Magallanes atravesando impávido el estrecho que había de
unir el Occidente con el Oriente, y Sebastián de Elcano volviendo a las orillas
españolas, después de haber dado la vuelta al mundo, parecían simbolizar de una
manera sublime que la civilización europea tomaba posesión del universo. El
poder de
El desarrollo de la inteligencia competía con el auge de
la pujanza. Erasmo revolvía todas las fuentes de la erudición, asombraba al
mundo con sus talentos y su saber, y paseaba de un extremo a otro de Europa su
gloriosa nombradía. El insigne español Luís Vives rivalizaba con el sabio de
Roterdam, y se proponía regenerar las ciencias dando nuevo curso al
entendimiento. En Italia fermentaban las escuelas filosóficas, apoderándose con
avidez de las luces traídas de Constantinopla; el genio de Dante y del Petrarca
se iba perpetuando en distinguidos sucesores; la patria de Taso hacía resonar
sus acentos como trina -el ruiseñor a la venida de la aurora; mientras
¿Qué es lo que podía resistir a tanta superioridad, a
tanta brillantez, a tanto poderío?
413
Entretanto
resonaba ya en el corazón de Germania la voz del apóstata que iba a introducir la
discordia en el seno de pueblos hermanos.
La disputa comienza, los ánimos se exaltan, la irritación
llega a su colmo; se acude a las armas, la sangre corre a torrentes; y el
hombre encargado por el abismo de atraer sobre la tierra esa nube de calamidades,
puede contemplar antes de su muerte el horrible fruto de sus esfuerzos, e
insultar con impudente y cruel sonrisa a la humanidad lastimada.
Así nos figuramos a veces al genio del mal abandonando su
lóbrega morada y su trono sentado entre horrores, presentándose de improviso
sobre la faz del globo, derramar por todas partes la desolación y el llanto,
pasear su mirada atroz sobre un campo de desolación, y hundirse en seguida en
las eternas tinieblas.
Extendido por Europa el cisma de Lutero, la acción de los
europeos sobre los pueblos del resto del mundo se debilitaba de tal manera que
las halagüeñas esperanzas que habían podido concebirse se disipaban en un
momento como vanas ilusiones. Por de pronto, la mayor parte de las fuerzas
intelectuales, morales y físicas quedaba condenada a emplearse, a consumirse
dolorosamente en la lucha trabada entre pueblos hermanos.
Las naciones que habían conservado el Catolicismo, se
veían precisadas a concentrar todos sus recursos, toda su acción y energía,
para hacer frente a los impíos ataques con que las combatían los nuevos
sectarios, así en el terreno de la discusión como en los campos de batalla; al
paso que las contagiadas con los nuevos errores se encontraban en una especie
de vértigo, que no les dejaba ver otros enemigos que los católicos, otra
empresa digna de sus esfuerzos que el abatimiento v la destrucción de la
cátedra de Roma.
Sus pensamientos no se ocupan en excogitar medios para la mejora
de la suerte de la humanidad; el horizonte inmenso ofrecido a una noble
ambición en los nuevos descubrimientos, no recaba siquiera que le dirijan sus
miradas; sólo hay para ellas una obra justa, santa, necesaria, y es el echar
por tierra la autoridad del pontífice romano.
Con esta disposición de los ánimos, se debilitó y
esterilizó el ascendiente tomado por los europeos sobre las naciones que se
iban descubriendo y conquistando. Cuando éstos abordaban a las nuevas playas,
ya no se encontraban allí como hermanos, ni como generosos rivales estimulados
por noble emulación, sino como enemigos implacables, encarnizados, y que por
diferencias de religión se estaban librando tan sangrientas batallas, como
hacerlo pudieran jamás cristianos y musulmanes.
414
El nombre de la religión cristiana que había
sido por espacio de tantos siglos el símbolo de la paz, y que en la víspera del
combate sabía presentarse entre los adversarios, obligarlos a deponer su rencor
y a convertir en abrazo fraternal el odio y la venganza, el nombre de la
religión divina que había servido de bandera a esos pueblos para triunfar de
las huestes mahometanas, ese mismo nombre desfigurado, rasgado por manos
sacrílegas, se convirtió entonces en materia de enemistad y de discordia.
Europa después de cubierta de sangre y de
luto, se llevó el escándalo a los pueblos incautos, que presenciaban aturdidos
las miserias, el espíritu de división, los rencores, la maledicencia, reinantes
entre esos mismos hombres a quienes ellos habían llegado a mirar como de una
raza superior, como semidioses.
Las fuerzas de Europa no se aunaron ya en adelante para
ninguna de aquellas empresas colosales que formaron la gloria de los siglos
anteriores.
El misionero
católico, que regaba con su sudor y su sangre los bosques de
Hubo un tiempo en que las profanaciones de los infieles en
el Santo Sepulcro, y las vejaciones sufridas por los peregrinos que le
visitaban, bastaron a levantar la indignación de todos los pueblos cristianos,
que alzando el grito de a las armas se arrojaron en masa en pos de la huella
del solitario, que los conducía a vengar los ultrajes hechos a la religión, y
los malos tratamientos de que fueran víctimas algunos de sus hermanos.
Después de la herejía de Lutero todo cambió: la muerte de
un religioso sacrificado en lejanos países, sus tormentos y martirio, tantas
sublimes escenas en que se reproducían vivamente el celo y la caridad de los
primeros siglos de
415
Para concebir toda la extensión del daño
acarreado bajo este aspecto por el Protestantismo, figurémonos por un momento
que él no hubiese aparecido, y conjeturemos en esta hipótesis el curso de los
acontecimientos. En primer lugar, toda la atención, todos los recursos, todas
las fuerzas que
Lo propio habría sucedido con
Figuraos por un
momento que todos los puertos, desde el Báltico hasta el Adriático, envían sus
misioneros al Oriente y al Occidente, como lo hacían
La nave que llevara a regiones lejanas la colonia de
hombres apostólicos, pudiera desplegar sin recelo sus velas: y en descubriendo
en el confín del horizonte el pabellón de alguna de las naciones de Europa, no
debía temer encontrarse con enemigos: estaba segura de hallar amigos y hermanos
dondequiera que hallase europeos.
Las misiones católicas, a pesar de tantos obstáculos
nacidos del espíritu turbulento del Protestantismo, llevaron a cabo las más
arduas empresas, y realizaron prodigios que forman una bella página de la
historia moderna; pero es imposible no ver cuánto más se habría hecho si a
Y es además digno de notarse que este acontecimiento
funesto no sólo impidió la asociación, sino que hizo que las mismas naciones católicas
no pudiesen emplear la mayor parte de sus medios en la grande obra de convertir
y regenerar el mundo, precisándolas a permanecer de continuo sobre las armas, a
causa de las guerras religiosas y discordias civiles.
416 En aquella época, los institutos religiosos parecían
llamados a ser como el brazo de la religión; que solidada en Europa, y
satisfecha de la regeneración social que acababa de producir, hubiera extendido
su acción a las naciones infieles.
Echando una ojeada sobre el curso de los acontecimientos
de los primeros siglos de
Data de ayer, y ya se muestra poderoso y dominante en
todos los puntos del imperio romano; pueblos de diferentes lenguas, de diversas
costumbres, de distinto grado de civilización abandonan el culto de los dioses
falsos, y abrazan la religión de Jesucristo. Los mismos bárbaros, esos pueblos
indóciles, indomables, como alazán que no sufriera todavía el freno, escuchan a
los misioneros que se les envían, inclinan su cabeza, y en la embriaguez de la
conquista y de la victoria se someten a la religión de los vencidos v
conquistados.
El cristianismo se ha encontrado en los siglos modernos
con dominio exclusivo sobre
Volved los ojos al
Oriente, allí donde las armas europeas no Van alcanzado una prepotencia
decisiva, y ved lo que sucede: los pueblos yacen aún sometidos a religiones
falsas; el cristianismo no ha podido abrirse paso; y si bien los misioneros
católicos han logrado fundar algunos establecimientos más o menos
considerables, la semilla preciosa no ha prendido bastante en la tierra para
producir los frutos ansiados con tan ardiente caridad y procurados con tan
heroico celo.
De vez en cuando los rayos de la luz han penetrado hasta
el corazón de los grandes imperios del Japón y de
417
¿Cuál es la razón de esta impotencia? ¿Cuál es
la causa de que en los primeros siglos fuese tanta la fuerza fecundante, y no
lo haya sido en los últimos? Dejemos aparte los hondos secretos de
El apóstol San Pablo dice que la fe viene del oído y pregunta cómo puede oírse si no hay quien predique, cómo
puede predicarse si no hay quien envíe; de lo que se deduce, que las misiones
son cosa necesaria para la conversión de los pueblos; pues que Dios no ha
querido, hacer a cada paso nuevos milagros, enviando legiones de ángeles para
evangelizar a las naciones que viven privadas de la luz de la verdad.
Previas estas observaciones, añadiré que lo que ha faltado
para la conversión de las naciones infieles ha sido la organización de misiones
en extensa escala; misiones que, por la abundancia de sus medios y el número y
calidades de sus individuos, estuviesen a la altura de su grande objeto.
Reparase que las distancias son inmensas, que los pueblos
a quienes es necesario dirigirse están desparramados en muchos países, viviendo
bajo la influencia de preocupaciones, de leyes, de climas los más rebeldes al
espíritu del Evangelio. Para hacer frente a tan vastas atenciones, para salvar
las grandes dificultades que salían al encuentro, era necesaria una verdadera
inundación de misioneros; de otra suerte, el resultado era muy dudoso, la
subsistencia de los establecimientos cristianos muy precaria, y la conversión
de las grandes naciones poco probable, a no mediar alguno de aquellos grandes
golpes de
Prodigios que Dios
no repite a menudo, y que a veces no otorga a las más ardientes oraciones de
los santos.
Para formar cabal concepto sobre lo que ha
sucedido en los últimos siglos, atendamos a lo que sucede actualmente. ¿Qué les
falta a las naciones infieles? ¿Cuál es el incesante clamor de los hombres
celosos que se ocupan en la propagación del Evangelio? ¿No se oyen de continuo
lamentos sobre la escasez de obreros, sobre los pocos recursos de que se dispone
para proporcionarles medios de subsistencia?
418
¿No es
esta necesidad la que se ha propuesto socorrer la asociación que se ha formado
entre los católicos de Europa?
Esa organización de las misiones en una grande
escala es la que se hubiera realizado, a no venir el Protestantismo a
impedirla. Los pueblos europeos, hijos predilectos de
Dirán quizás algunos que el celo de nuestros
tiempos no es el celo de los primeros siglos del cristianismo; y que ésta es
una de las razones de que no se haya llegado a convertir a las naciones
infieles. No entraré en parangones sobre esta materia, ni diré nada de lo mucho
que en este particular podría decir; presentaré tan sólo una sencilla
observación, que desbarata de un golpe la dificultad propuesta. El divino Salvador, para enviar a sus
discípulos a la predicación del Evangelio, quiso que renunciasen cuanto tenían
y le siguiesen.
El
mismo divino Salvador, indicándonos la seña infalible de la verdadera caridad,
nos dice que no la hay mayor que el dar la vida por sus hermanos: los
misioneros católicos de los tres últimos siglos han renunciado todas sus cosas,
han abandonado su patria, sus familias, sus comodidades, todo cuanto puede
interesar sobre la tierra el corazón del hombre; han ido a buscar a los
infieles en medio de los mas inminentes peligros; y en todos los ángulos del
mundo han sellado con su sangre su ardor por la conversión ele sus hermanos,
por la salvación de las almas.
Semejantes misioneros creo que son dignos de
alternar con los primeros siglos de
Esta abundancia de misioneros de que hemos
hablado, la tuvo
419 Pero
después del primer impulso con que
Los grandes focos de fe y de caridad, las
muchas iglesias de Oriente y Occidente suministraban en abundancia los hombres
apostólicos necesarios para la propagación de la fe; ejército sagrado, que
tenía a sus inmediaciones una imponente reserva para suplir su falta, el día
que las enfermedades, las fatigas o el martirio debilitasen sus filas.
En Roma había el centro de ese gran
movimiento; pero Roma para darle impulso no necesitaba de flotas que
transportasen las santas colonias a la distancia de millares de leguas; no
necesitaba reunir los costosos medios para subsistir las misiones en playas
desiertas, en países del todo desconocidos; cuando el misionero se ponía
a los pies del Santo Padre pidiéndole su bendición apostólica, podía el Sumo
Pontífice enviarle en paz y dejarle partir con solo el cayado.
Sabía
que el misionero iba a atravesar países cristianos, y que al entrar en los
idólatras, no quedaban muy lejos los príncipes ya convertidos, los obispos, los
sacerdotes, los pueblos fieles que no negarían sus auxilios a quien iba a
sembrar la divina palabra en las regiones inmediatas.
Abandono con entera confianza al juicio de los
hombres sensatos las reflexiones que acabo de hacer sobre el daño causado a la
influencia europea por el cisma protestante. Abrigo la convicción profunda de
que dicha influencia recibió entonces un golpe terrible; y que sin este funesto
acontecimiento, otra sería en la actualidad la situación del mundo.
Es
posible que padezca alguna ilusión sobre este particular; pero yo preguntaré al
simple buen sentido si no es verdad que la unidad de acción,
la unidad de principios, la unidad de miras, la reunión de medios, la
asociación de los agentes, son en todas las empresas el secreto de la fuerza y
la más segura garantía de feliz resultado; yo preguntaré si no es el
Protestantismo quien rompió esa unidad, quien hizo imposible esa reunión, quien
hizo impracticable esa asociación. Estos son hechos indudables, claros como la
luz del día, recientes, son de ayer; cuál es la consecuencia que de aquí se
infiere, lo vean la imparcialidad, el buen sentido, el simple sentido común, si
es que andan acompañados de buena fe.
Para todo hombre pensador, es evidente que
Gloríense enhorabuena los protestantes de
haber dado a la civilización europea una nueva dirección, gloríense de haber
enflaquecido el poder espiritual de los papas, extraviando del santo redil a
millones de almas; gloríense de haber destruido en los países de su dominación
los institutos religiosos, de haber hecho pedazos la jerarquía eclesiástica y
de Haber arrojado
Siempre será cierto que
con sus eternas disputas, sus calumnias, sus ataques contra el dogma y la
disciplina de
Si el dividir los ánimos, el provocar
discordias, el excitar guerras, el convertir en enemigos a pueblos hermanos, el hacer de un
banquete de una gran familia de naciones una arena de encarnizados
combatientes, si el procurar el descrédito de los misioneros que van a predicar
el Evangelio a las naciones infieles, si el ponerles todos los obstáculos imaginables,
si el echar mano de todos los medios para inutilizar su caridad y su celo; si
todo este conjunto es un mérito, este mérito lo tiene el Protestantismo; pero
sí es un cúmulo de plagas para la humanidad, de esas plagas es responsable el Protestantismo.
Cuando
Lutero se llamaba encargado de una alta misión decía una verdad terrible,
espantosa, que él mismo no comprendía.
Los
pecados de los pueblos llenan a veces la medida del sufrimiento del Altísimo;
el estrépito de los escándalos del hombre sube hasta el cielo y demanda
venganza; el Eterno, en su cólera formidable, lanza sobre la tierra una mirada
de fuego; suena entonces en los arcanos infinitos la hora fatal, y nace el hijo
de perdición, que ha de cubrir el mundo de desolación y de luto. Como en otro
tiempo se abrieron las cataratas del cielo para borrar el linaje humano de la
faz de la tierra, así se abre la urna de las calamidades que el Dios de las
venganzas reserva para el día de su ira.
El
hijo de perdición levanta su voz y aquel es el momento señalado al comienzo de
la catástrofe.
El espíritu del mal recorre la superficie del
globo llevando sobre sus negras alas el eco de aquella voz siniestra. Un
vértigo incomprensible se apodera de las cabezas; los pueblos tienen ojos y no
ven, tienen oídos y no oyen; en medio de su delirio, los mas horrendos
precipicios les parecen caminos llanos, apacibles, sembrados de flores; llaman bien al mal y mal al bien; beben
la copa emponzoñada con un ardor febril; el olvido de todo lo pasado, la
ingratitud por todos los beneficios, se apoderan de los entendimientos y de los
corazones; la obra del genio del mal queda consumada; el príncipe de los
espíritus rebeldes puede hundirse de nuevo en sus tenebrosos dominios, y la humanidad
ha aprendido con una lección terrible que no se provoca impunemente la
indignación del Todopoderoso.
He
atribuido al Cristianismo la suavidad de costumbres de que disfruta
Es
necesario no olvidar la diferencia indicada ya en el texto, entre costumbres muelles y
costumbres suaves; lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad
preciosa; lo primero dimana del enervamiento del ánimo, del enflaquecimiento
del cuerpo y del amor de los placeres; lo segundo trae su origen de la
preponderancia de la razón, del predominio del espíritu sobre el cuerpo, del
triunfo de la justicia sobre la fuerza y del derecho sobre el hecho.
En las
costumbres actuales hay una buena parte de verdadera suavidad, pero no es poco
lo que tiene de molicie; y esto último no lo han tomado por cierto de la
religión, sino de la incredulidad, que no extendiendo sus ojos más allá de esta
vida, hace olvidar los altos destinos del espíritu y hasta su misma existencia
entroniza el egoísmo, despierta y aviva de continuo la sed de los placeres y
hace al hombre esclavo de sus pasiones.
Pero, en
lo que nuestras costumbres tienen de suave, se conoce a la primera ojeada que
lo deben al Cristianismo, pues que todas las ideas y sentimientos en que se
funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La dignidad del hombre, sus
derechos, la obligación de tratarle con el debido miramiento, de dirigirse
antes a su espíritu por medio de la razón, que a su cuerpo por la violencia; la
necesidad de mantenerse cada cual en la ética de sus deberes, respetando las
propiedades y personas de los denlas; todo ese conjunto de principios, de donde
nace la verdadera suavidad de costumbres, es debido en Europa a la influencia cristiana,
que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad de los pueblos
invasores logró destruir el si tema de violencia que éstos habían generalizado.
Como la
filosofía ha tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados por la
religión, y autorizados con el uso de muchos siglos, acontece que hay ciertas
ideas, que aun cuando sean hijas del Cristianismo, sin embargo, apenas se las
reconoce como tales, a causa de que andan disfrazadas con traje mundano. ¿Quién
ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad universal, son ideas
enteramente debidas al Cristianismo? ¿Quién no sabe que la antigüedad pagana no
las conocía, ni las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que antes se apellidaba
caridad, porque ésta era la virtud de que debía proceder, ahora se cubre
siempre con otros nombres y como que se avergüenza de presentarse en público
con ninguna apariencia religiosa.
Pasado el
vértigo de atacar la religión cristiana, se confiesa abiertamente que a ella es
debida el principio de la fraternidad universal, pero el lenguaje ha quedado
infecto de la filosofía volteriana, aun después del descrédito en que ésta ha
caído. De aquí resulta que muchas veces no apreciamos debidamente la influencia
cristiana en la sociedad que nos rodea, y que atribuimos a otras causas,
fenómenos cuyo origen se encuentra evidentemente en la religión.
La
sociedad actual, por más indiferente que sea, tiene de la religión más de lo
que comúnmente pensamos; se parece a aquellos hombres que han salido de una familia
ilustre, donde los buenos principios y una educación esmerada se trasmiten como
un patrimonio de generación en generación: aun en medio de sus desórdenes, de
sus crímenes, y hasta de su envilecimiento conservan en su porte y modales algunas
rasgos que manifiestan su hidalga cuna.
He
citado algunas disposiciones conciliares que bastan para dar una idea del
sistema observado por
primero, tratando de comparar el Protestantismo con el
Catolicismo, creo que el mejor medio de retratar el verdadero espíritu de éste
y de señalar su influjo en la civilización europea es percatarle obrando; y
esto se logra aduciendo las providencias que los papas y los concilios iban
tomando, según lo exigían las circunstancias;
segundo, atendido el curso que los estudios históricos
van siguiendo en Europa, generalizándose cada día más el gusto de apelar, no a
las historias, sino a los monumentos históricos, conviene tener presente que
la colección de concilios es de la mayor importancia, no sólo en el orden
religioso y eclesiástico, sino también en el social y político; por manera que
la historia de Europa se trunca monstruosamente, o por mejor decir, se destruye
del todo, si se prescinde de lo que arrojan las colecciones de los concilios.
Por esta causa es muy útil, y en no pocas
materias basta necesario, el revolver dichas colecciones, por más que de esto
retraigan su desmesurado volumen, y el fastidio que a veces se engendra en el
ánimo al encontrarse con cien y cien cosas, que para nuestros tiempos carecen
de interés. Las ciencias, sobre todo las que tienen por objeto la sociedad, no
conducen a resultados satisfactorios, sino después de penosos trabajos; lo
útil se encuentra a menudo mezclado y confundido con lo inútil; y la más rica
preciosidad se descubre a veces al lado de un objeto repugnante; pero en la
naturaleza, ¿se encuentra por ventura el oro sin haber revuelto informes masas
de tierra?
Los que
se han empeñado en encontrar entre los bárbaros del Norte el germen de algunas
preciosas calidades de la civilización europea, sin duda que debieran haberles
atribuído también la suavidad de costumbres modernas, dado que en apoyo de esa
paradoja podían echar mano de un hecho, por cierto algo más especioso, del que
les ha servido para hacer honor a los germanos del realce de la mujer en
Europa. Hablo de la conocida costumbre de abstenerse en cuanto les era posible
de la aplicación de penas corporales, castigando con simples multas los
delitos más graves. Nada más a propósito para inducir a creer que aquellos
pueblos tenían una feliz disposición a la suavidad de costumbres, supuesto que
aun en su barbarie empleaban tan templadamente el derecho de castigar,
excediendo a las naciones más civilizadas y cultas. Mirada la cosa bajo este
punto de vista, más bien parece que con la influencia cristiana sobre los
bárbaros, las costumbres se endurecieron y que no se suavizaron, pues que la
aplicación de penas corporales se hizo general, y no se escaseó la de muerte.
Pero,
fijando atentamente la consideración en esta particularidad del código
criminal de los bárbaros, echaremos de ver que tan lejos está de revelar
adelanto en la civilización ni suavidad de costumbres, que, antes bien, es la
más evidente prueba de su atraso, y el más vehemente indicio de la dureza y
ferocidad que entre ellos reinaban.
En
primer lugar, por lo mismo que entre los bárbaros se castigaban los delitos
por medio de multas o, como se decía, por composición, se conoce que la ley
atendía más bien a la reparación de un daño que al castigo de un crimen,
circunstancia que muestra de lleno cuán en poco era tenida la moralidad de la
acción, pues que no tanto se atendía a lo que ella era en sí, como el daño que
producía.
Esto no
era un elemento de civilización, sino de barbarie, porque tendía nada menos
que a desterrar del mundo la moralidad.
En esta
parte, M. Guizot ha hecho a
En las otras
legislaciones, lo único que parece constituir el delito es el daño, y el objeto
de la pena es la reparación material que resulta de la composición; pero
entre los visigodos se busca en el crimen su elemento moral y verdadero: la
intención.
Los varios
grados de criminalidad: el homicidio absolutamente involuntario, el cometido
por inadvertencia, por provocación, con premeditación o sin ella, son
clasificados y definidos igualmente bien, a poca diferencia, que en nuestros códigos, y las
penas están señaladas en una proporción bastante equitativa.
No
satisfecha con esto la justicia del legislador, intentó abolir, o al memos
atenuar, la diversidad de valor legal establecida entre los Hombres por las
otras leves bárbaras, no conservándose otra distinción que la de libre y de
esclavo. Con respecto a los libres, la pena no varía ni por el origen ni por el
rango del muerto, sino únicamente por los diversos grados de culpabilidad del
asesino.
Tocante a
los esclavos, no atreviéndose a quitar enteramente a los dueños el derecho de
vida y. muerte, procuró restringirle, sujetándole a un procedimiento público
y, regular. El texto de la ley merece ser citado.
"Si no debe quedar impune ningún culpable o cómplice de un crimen, con mucha mas razón debe ser castigado quien haya cometido un homicidio
con malicia y ligereza. Por lo que, habiendo algunos dueños que en su orgullo dan muerte a sus esclavos, sin que éstos hayan cometido falta
alguna, conviene extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la
presente ley sea eternamente observada por todos. Ningún dueño ni dueña podrá dar muerte a ninguno de sus esclavos, varones o hembras ni a otro de sus dependientes, sin preceder juicio publico.
Si un esclavo u otro sirviente cometen un crimen que pueda acarrearle pena capital, si, amo, o si, acusador, darán inmediatamente noticia
del suceso al juez del lugar donde se ha cometido el delito, o al conde, o al duque.
Discutido el asunto, si el crimen queda probado, el
culpable sufrirá la pena de muerte merecida, aplicándosela el mismo juez o el propio dueño, pero
haciéndose de tal
suerte, que si el juez no quiere cuidar de la ejecución, extenderá por escrito la
sentencia de pena capital, y entonces el amo será dueño de quitar la vida al esclavo, o de
perdonársela. A la verdad, si el esclavo por una fatal audacia, resistiendo a su señor, ha intentado herirle, con arma, piedra, o de otra suerte, y éste
defendiéndose, mata en su cólera al esclavo, no será reo
de la pena de homicidio, pero será necesario probar que el hecho ha sucedido así, y esto, por el testimonio o el juramento de los esclavos, varones o hembras, que habrán estado presentes,
o por el juramento del autor del hecho.
Cualquiera que por pura
malicia matare a su esclavo por su propia mano
o la de otro sin preceder juicio público,
será declarado infame, incapaz de
ser testigo, y obligado a vivir
el resto de sus días en el destierro y en la
penitencia, pasando sus bienes a sus más próximos parientes llamados por la ley a sucederle".
(Por. Jud. L. VI. Tit. V. L. 12). (GUIZOT, "Historia general de la civilización europea". Lección 6).
Con mucho gusto he copiado
este texto de M. Guizot, por ser una confirmación de lo que acabo de decir
sobre la influencia de
Por donde se echa de ver que
el sistema criminal de los bárbaros, que a primera vista parecía indicar un
adelanto en la civilización, procedía del escaso ascendiente que entre ellos tenían
los principios morales, y de que las miras del legislador se elevaban muy poco
sobre el orden puramente material.
Todavía
hay otra observación que hacer en este punto, y es que la misma lenidad con
que se castigaban los delitos es la mejor prueba de la facilidad con que se
cometían.
Cuando
en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones, y otros atentados semejantes,
son mirados con horror, y quien de ellos se haga culpable es castigado con
severidad. Pero cuando el delito se repite a cada paso, pierde insensiblemente
su fealdad y negrura, se acostumbran a su repugnante aspecto, no sólo los
perpetradores, sino también los demás, y entonces el legislador se siente
naturalmente llevado a tratarle con indulgencia.
Esto nos lo demuestra la
experiencia de cada día; y no será difícil al lector el encontrar en la
sociedad actual repetidos delitos a que podría ser aplicable la observación
que acabo de hacer. Entre los bárbaros era común el apelar a las vías de hecho,
no sólo contra las propiedades, sino también contra las personas; por cuya
razón era muy natural que ese linaje de delitos no fuesen mirados con la
aversión y hasta horror con que lo son en un pueblo, donde habiendo prevalecido
las ideas de razón, de justicia, de derecho, de ley, no se concibe siquiera
cómo pueda subsistir una sociedad, donde cada cual se considere facultado para
hacerse justicia
por si mismo.
Así es que las ley en contra
esos delitos debían naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con
la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad del perpetrador.
Esto tiene íntimas relaciones con lo dicho más arriba sobre la conciencia
pública, porque el legislador es siempre, más o menos, el órgano de esta
misma conciencia.
Cuando en una sociedad una
acción es mirada como un crimen
horrendo no puede el legislador señalarle una pena benigna, y, al contrario, no
le es posible castigar con mucho rigor lo que la sociedad absuelve o excusa.
Una que otra vez se alterará esta proporción, una que otra vez desaparecerá dicha
armonía; pero bien pronto las cosas volverán a su curso regular, apartándose
del camino que seguían con violencia.
Siendo las costumbres muy castas y puras, hay
delitos que andan cubiertos de execración e infamia, pero, en llegando a ser
muy corrompidas, los mismos actos, o son mirados como indiferentes, o cuando
más, calificados de ligeros deslices.
En un pueblo donde las ideas
religiosas ejerzan mucho predominio, la violación de todo cuanto está
consagrado al Señor es mirado como un horrendo atentado, digno de los mayores
castigos; pero en otro, donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la
misma violación no llegará a la esfera de los delitos comunes, y lejos de
atraer sobre el culpable la justicia de la ley, mucho será si le acarrea una
ligera corrección de la policía.
El
lector no encontrará inoportuna esa digresión sobre la legislación criminal de
los bárbaros, si advierte que tratándose de examinar la influencia del
Catolicismo en la civilización europea, es indispensable atender a los otros
elementos que en la formación de ella se han combinado. De otra suerte sería
imposible apreciar debidamente la respectiva acción que en bien o en mal ha
cabido a cada uno de ellos, y por tanto, no se sacaría en limpio la parte que
puede vindicar como exclusivamente propia
En los
siglos medios, casi todos los monasterios y colegios de canónigos tenían anejo
un hospital, no sólo para Hospedar peregrinos, sino también para el sustento y
alivio de pobres y enfermos.
No cabe
más hermoso símbolo de la religión cubriendo con su velo todo linaje de
infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables las casas
consagradas a la oración y a la práctica de las más sublimes virtudes.
Cabalmente
esto se verifica en aquellas épocas en que el poder público no sólo carecía de
la fuerza y luces necesarias para plantear una buena administración con que
acudir al socorro de los necesitados, sino que ni aun alcanzaba a cubrir con
su égida los más sagrados intereses de la sociedad. Por donde se ve que cuando
todo era impotente, la religión era todavía robusta y fecunda; cuando todo
perecía, la religión no sólo se conservaba, sino que fundaba establecimientos
inmortales.
Y nótese
bien lo que repetidas veces hemos observado ya, a saber, que la religión que
estos prodigios obraba, no era una religión vaga, abstracta, no era el
Cristianismo de los protestantes, sino la religión con todos sus dogmas, su
disciplina, su jerarquía, su pontífice supremo, en una palabra,
Tan
lejos estuvo la antigüedad de imaginar que el socorro del infortunio pudiese
encomendarse a sola la administración civil, o a la caridad individual, que antes
bien, corno se ha indicado ya, se consideró como muy conveniente que los
hospitales estuviesen sujetos a los obispos, es decir, que se procuro que el
ramo de beneficencia pública se entroncase en cierto modo con la jerarquía de
No es
éste el lugar de referir las vicisitudes que sufrió esta disciplina, ni las
varias causas que las motivaron; bastando observar que el principio
fundamental, es decir, la intervención de la autoridad eclesiástica en los establecimientos
de beneficencia, ha quedado siempre en salvo, y que nunca
Nunca ha
creído que pudiese mirar con indiferencia los abusos que en este punto se
introdujesen en perjuicio de los desgraciados; y así es que se ha reservado
cuando menos el derecho de acudir al remedio de los males que resultasen de la
malicia o indolencia de los administradores.
A este
propósito podernos notar que el concilio de Viena establece que si los administradores
de un hospital, clérigos o legos, se portan con desidia en el desempeño de su
cargo, procedan contra ellos los obispos, reformando y restaurando el
hospital, por autoridad propia, si no fuere exento, y si lo fuere, por
delegación pontificia.
El concilio de Trento otorgó también a los obispos
la facultad de visitar los hospitales, hasta como delegados de
Prescindiendo
de las varias modificaciones que en esta parte hayan podido introducir las
leyes y costumbres de diferentes países, queda siempre en claro cuál ha sido la
vigilancia de
La
potestad civil reconoció los motivos de esa caritativa y santa ambición, así
vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder a los obispos un poder
público sobre los hospitales. Conformándose en esta parte a la disciplina de
Hay en este punto un hecho
notable, que es necesario consignar aquí señalando su provechosa influencia;
hablo de haber sido considerados los bienes de los hospitales como bienes
eclesiásticos. Esto, que a primera vista pudiera parecer indiferente, está muy
lejos de serlo, pues de esta manera quedaban esos bienes con los mismos
privilegios de
Y no se crea que esta
doctrina se introdujera con algún designio torcido, ni que fuese una novedad
inaudita esa especie de mancomunidad entre
En tales términos se
expresan sobre este punto los santos padres, y de tal manera se habían filtrado
en el lenguaje estas doctrinas, que tratándose posteriormente de resolver la
cuestión canónica sobre la propiedad de los bienes de
Ciertamente que esta opinión
no era la más conforme a los principios de derecho, pero el solo verla figurar
en el campo de la polémica da lugar a graves consideraciones.
He
procurado, en cuanto ha cabido en mis alcances, aclarar las ideas sobre la
tolerancia presentando esta importante materia bajo un punto de vista poco conocido; para mayor ilustración
de la misma, diré dos palabras sobre la intolerancia religiosa y la civil,
cosas enteramente distintas, por más que Rousseau afirme resueltamente lo
contrario.
La intolerancia religiosa o teológica
consiste en aquella convicción que tienen todos los católicos de que la única
religión verdadera es la católica. La
intolerancia civil consiste en no sufrir en la sociedad otras religiones
distintas de la católica.
Bastan
estas dos definiciones para dejar convencido a cualquiera que no carezca de
sentido común, que no son inseparables las dos clases de intolerancia, siendo
muy dable que hombres firmemente convencidos de la verdad del Catolicismo,
sufran a los que, o tienen diferente religión, o no profesan ninguna.
La
intolerancia religiosa es un acto del entendimiento, inseparable de la fe,
pues que, quien cree firmemente que su religión es verdadera, necesariamente
ha ele estar convencido de que es la única que lo es, pues que la verdad es una.
La
intolerancia civil es un acto de la voluntad, que rechaza a los hombres que no
profesan la misma religión, y tiene diferentes resultados, según la
intolerancia está en el individuo o en el gobierno.
Al
contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que todas las religiones son verdaderas, lo que bien
explicado significa que no hay ninguna que lo sea, pues que no es posible, que
cosas contradictorias sean verdaderas al mismo tiempo. La tolerancia civil es
el consentir que vivan en paz los hombres que tienen religión distinta, y que,
lo propio que la intolerancia, produce también diferentes efectos, según está
en el individuo o en el gobierno.
Esta distinción que por su
claridad y sencillez está al alcance de las inteligencias más comunes fué, sin
embargo, desconocida por Rousseau, asegurando que era una vana ficción, una quimera
irrealizable. y que las dos intolerancias no podían separarse una de otra.
Si Rousseau se hubiese contentado con
observar que generalizada en un país la intolerancia religiosa, es decir, como
arriba se ha explicado, la firme convicción de que una religión es verdadera,
se ha de manifestar así en el trato particular como en la legislación cierta
tendencia a no sufrir a los que piensan de otro modo, sobre todo cuando éstos
son en número muy
reducido, su observación
hubiera sido muy fundada, y hubiera coincidido con la opinión que llevo
manifestada sobre este punto, cuando me he propuesto señalar el curso natural
que siguen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau no mira las
cosas bajo este aspecto, sino que dirigiendo sus tiros al Catolicismo, afirma
que las dos especies de intolerancia son inseparables, porque "es
imposible vivir en paz con gentes a quienes se cree condenadas, y amarlas sería
aborrecer al Dios que las castiga". No es posible llevar más allá la mala
fe; en efecto, ¿quién le ]la dicho a Rousseau que los católicos creen condenado
a nadie mientras vive, y, que amar a un Hombre extraviado sería aborrecer a
Dios? ¿Podía ignorar, que antes al contrario, es un precepto indispensable, es
un dogma, para todo católico, el deber de amar a todos los hombres? ¿Podía
ignorar lo que saben hasta los niños por los primeros rudimentos de la doctrina
cristiana, que estarnos obligados a amar al prójimo como a nosotros mismos, y
que por la palabra prójimo se entienden todos los que han alcanzado el cielo, o
pueden alcanzarle, de cuyo número no se excluye a nadie mientras vive?
Dirá Rousseau, que al menos estarnos en la
convicción de que si mueren en aquel mal estado se condenan, pero no advierte,
que lo mismo pensamos de los pecadores, aunque su pecado no sea el de herejía
y, sin embargo, nadie ha soñado jamás que los católicos justos no puedan
tolerar a los pecadores, y. de que se consideren obligados a odiarlos. No se ha
visto religión que más interés manifieste para convertir a los malos; y tan
lejos está
Y no se crea que este hombre
que así se expresaba contra la intolerancia de los católicos, fuese partidario
de una completa tolerancia; muy al contrario, en la sociedad, tal corno él la
imaginaba, quería que no se tolerasen, no los que no profesasen la religión
verdadera, sino los que se apartasen de aquélla que al poder civil le pluguiese
determinar.
"Mas, dejando aparte, dice, las
consideraciones políticas, vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este
punto importante. El derecho que el pacto social da al soberano sobre los
vasallos, no excede, como ya he dicho, los límites de la utilidad pública.
Los vasallos no deben dar cuenta al soberano de sus
opiniones, sino en cuanto ellas interesan a la comunidad.
Al estado le
importa que cada ciudadano tenga una religión que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de
esa religión no interesan ni al estado ni a sus miembros, sino en cuanto se
refieren a la moral y a los deberes, que el que los profesa está obligado a
cumplir para con los otros.
Por lo demás, cada uno puede tener las opiniones que le
acomoden, sin que pertenezca al soberano entender sobre esto; porque como no
tiene competencia en el otro mundo, sea cual fuere la suerte de los vasallos
en la otra vida, esto no es asunto del soberano, con tal que en ésta sean
buenos ciudadanos.
Hay, pues, una profesión de fe, puramente civil, cuyos
artículos pertenece al soberano fijar, no precisamente como dogmas de
religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los que es imposible ser
buen ciudadano y fiel vasallo.
Sin poder obligar a nadie a creerlos, puede desterrar del
estado al que no los crea, no como impío sino como insociable, como incapaz de
arriar sinceramente las leyes y la justicia, de sacrificar en caso necesario
la vida a su deber. Si alguno, después de haber
reconocido públicamente estos dogmas, se conduce como si no los creyera, sea
castigado con pena de muerte, porque ha cometido el mayor de los crímenes y
mentido delante de las leyes" (Contr. Soc., L. 4, c. 8).
Tenemos, pues, que en último
resultado viene a parar la tolerancia de Rousseau, a facultar al soberano para
fijar los artículos de fe, otorgándole el derecho de castigar con el destierro
y hasta con la muerte, a los que, o no se conformen con las decisiones del
nuevo Papa, o se aparten de ellas después de haberlas abrazado.
Extraña como parece la
doctrina de Rousseau, no lo es tanto sin embargo que no entre en el sistema
general de todos los que no reconocen la supremacía de un poder en materias
religiosas. Rechazan esta supremacía cuando se trata de atribuirla a
Está curioso Rousseau,
cuando al desterrar o matar al que se aparte de la religión formada por el
soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como impío, sino corno
insociable; Rousseau seguía un impulso, en él muy natural, de no querer que
sonase en algo la impiedad, en tratando de la aplicación de castigos; pero al
hombre que sufriese el destierro o pereciese en un cadalso, ¿qué le importaba
el nombre dado a su crimen?
En el mismo capítulo, se le
escapó a Rousseau una expresión que revela de un golpe adónde se enderezaba
con tanto aparato de filosofía. "El que se
atreva a decir: fuera de
Se ha dicho que el Contrato Social fué el
código de la revolución francesa; y en verdad que ésta no echó en olvido lo que
respecto de los católicos le prescribe el tolerante legislador. Pocos son en
la actualidad los que se atreven a declararse discípulos del filósofo de
Ginebra; bien que algunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen todavía
desmesurados elogios; pero confiados en el buen sentido del linaje humano
debemos esperar que la posteridad en masa confirmará la nota con que todos
los hombres de bien han señalado al sofista trastornador, y al impudente autor
de las Confesiones.
Comparado el Protestantismo
con el Catolicismo, me he visto precisado a tratar de la intolerancia, porque
éste es uno de los cargos que con más frecuencia se hacen a la religión
católica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que no todos los
protestantes han predicado una tolerancia universal, y que muchos de ellos han
reconocido el derecho de reprimir y castigar ciertos errores.
Grocio, Puffendorf y otros
que rayan muy, alto entre los sabios de que se gloría el Protestantismo, han
estado de acuerdo en este punto, siguiendo el dictamen de toda la antigüedad,
que se conformó siempre con estos principios, así en la teoría corno en la
práctica.
Se ha clamado contra la
intolerancia de los católicos, como si ellos la hubiesen enseñado al mundo,
como si fuera un monstruo horrendo que en ninguna parte se criara sino allí
donde reina la iglesia católica. Cuando no otras razones, al menos la buena fe
exigía que se recordase que el principio de la tolerancia universal no había
sido reconocido en ninguna parte del mundo; y que así en los libros de los
filósofos, como en los códigos de los legisladores, se encontraba consignado
con más o menos dureza el principio de la intolerancia.
Ora se quisiese condenar
este principio como falso, ora se intentase restringirle, o dejarle sin
aplicación, al menos no se debía levantar una acusación particular contra
Así los pueblos cultos como los bárbaros fueron culpables,
si culpa en esto hubiera, y lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los
gobiernos dirigidos por el Catolicismo, y sobre los escritores católicos,
debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos los de Grecia y de
Roma; debiera caer sobre todos los sabios de la antigüedad, inclusos Platón,
Cicerón y, Séneca; debiera caer sobre los gobiernos y, sabios modernos,
inclusos los protestantes.
Teniendo
esto presente, no hubieran parecido ni tan erróneas las doctrinas, ni tan
negros los hechos; así se hubiera visto que la intolerancia, tan antigua como
el mundo, no era una invención de los católicos, y que sobre todo el mundo
debía recaer la responsabilidad que de ella resultase.
Al
hablar de
Podía
muy bien celar por la conservación de la fe, podía prevenir los males que a la
religión amenazaban de parte de moros y judíos, podía preservar
Lo
repito, no es responsable la religión católica de ninguno de los excesos que en
su nombre se hayan podido cometer; y cuando se habla de
Allí
donde reside el Sumo Pontífice, donde se sabe cumplidamente cómo debe
entenderse el principio de la intolerancia, y cuál es el uso que de él debe
hacerse, allí
Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que no desconozco
loe males, ni dejo de confesarlos, dondequiera que los vea. Esto no
embargante, deseo que no se olviden los hechos y observaciones que en el texto
he aducido, así sobre
Libro octavo, título segundo, Lei II de
"D. Fernando, i D. Isabel en Granada año
Porque Nos fuimos informados
que en estos nuestros Reinos avía algunos malos Christianos, que judaizaban, y
apostataban de nuestra Santa Fe Cathólica, de lo qual era mucha cansa la
comunicación de los judíos con los Cristianos; en las Cortes que hicimos en la
ciudad de Toledo el año pasado de mil i quatrocientos i ochenta años, mandamos
apartar los dichos Judíos en todas las Ciudades, i Villas, i Lugares cíe los
nuestros Reinos, i Señoríos, en las Juderías, i lugares apartados en donde
viviesen, i morassen, esperando que con su apartamiento se remediaría.. Otro sí
avemos procurado, i dado orden como se Hiciese inquisición en los dichos
nuestros Reinos, la qual, como sabéis, ha más de doce años que se ha hecho, i
hace, i por ello se han hallado muchos culpantes, según es notorio: i según somos
informados de los Inquisidores, i de otras muchas personas Religiosas, i
Eclesiásticas, i Seglares, consta, i paresce el gran daño que a los Christianos
se ha seguido, i sigue de la participación, conversación, i comunicación, que
han tenido, y tienen con los Judíos, los quales se prueba, que procuran
siempre por quantas vías más pueden de subvertir, i substraer de nuestra Santa
Fe Cathólica a los Fieles Christianos, i los apartar della, i atraer i
pervertir a su dañada creencia, i opinión, instruyéndoles en las ceremonias, i
observancia de su lei, haciendo ayuntamientos donde les lean, i enseñen lo que
han de creer, i guardar según su le¡, procurando de circuncidar, a ellos, i a
sus hijos, dándoles libros por donde rezasen sus oraciones, i declarándoles
los ayunos que han de ayunar, i juntándose con ellos a leer, i enseñándoles las
Historias de su lei, notificándoles las Pasquas antes que vengan, i
avisándoles lo que en ellas han de guardar, i hacer, dándoles, i llevándoles
de su casa el pan cenceño, i carnes muertas con ceremonias, instruyéndoles de
las cosas que se han de apartar, assí en los comeres como en las otras cosas
por observancia de su lei, i persuadiéndoles en cuanto pueden que tengan, i
guarden la lei de Moysés haciéndoles entender que no ha¡ otra le¡, i ni verdad
salvo aquella; lo qual consta por muchos dichos, i confesiones, así de los
mismos judíos, como de los que fueron pervertidos, engañados por ellos, lo qual
ha redundado en gran daño, i detrimento, i oprobio de nuestra Santa Fe
Cathólica; i como quiera que de mucha parte destos fuimos informados antes de
agora, i conoscimos que el remedio verdadero de todos estos daños, e
inconvenientes, está en apartar del todo la comunicación de los dichos Judíos
con los Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quisímosnos contentar
con mandarlos salir de todas las' Ciudades, i Villas, i Lugares del Andalucía,
donde parecía que avía hecho mayor daño, creyendo que aquello bastaría para que
los de las otras Ciudades i Villas, i Lugares de los nuestros Reinos, y
Señoríos cessassen de hacer, i cometer lo susodicho, i por que somos informados que aquello, ni las justicias que se han hecho en algunos
de los dichos judíos, que se han hallado muy culpantes en los (¡¡ellos
crímenes, i delitos contra nuestra Santa Fe Cathólica, no basta para entero
remedio: para obviar y- remediar como cesse tan gran oprobio, i ofensa de
No se trata aquí de examinar
si en estas inculpaciones hechas a los judíos pudo haber o no alguna parte de
exageración, en que según todas las apariencias debía de haber en esto un gran
fondo de verdad, atendida la situación en que se encontraban los dos pueblos
rivales. Y nótese que si bien en el preámbulo de
Por lo que toca a la
desconfianza con que debían de ser mirados los moros y sus descendientes, a más
de los hechos ya indicados, pueden todavía presentarse otros que manifiestan
la disposición de los ánimos, que hacía mirar a esos hombres como si estuvieran
en conspiración permanente contra los cristianos viejos. Cerca un siglo había
transcurrido desde la conquista de Granada, y vemos que todavía se abrigaban
recelos de que aquel reino era el centro de las asechanzas dirigidas por los
moros contra los cristianos, saliendo de allí los avisos y los auxilios
necesarios para que en las costas pudiesen cometerse contra personas indefensas
toda clase de tropelías. Véase lo que decía
Felipe II, en 1567.
Libro octavo. Título segundo de
Le¡ XX. Que pone graves
penas a los naturales de] Reino de Granada que encubrieren, o acogieren, o favorecicrcn
'Turcos, o ¡Moros, o judíos, o les dieren avisos o se escribieren con ellos.
“ D Phelipe II, en Madrid a 10 de
diciembre de 1567 años.
Porque aveníos sido informados que no embargante
lo que para la defensa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos
tenernos proveído ansí en mar, como en tierra, especialmente en el Reino de
Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende han hecho, i hacen en el dicho
Reino en los puertos, i costas, i lugares marítimos, ¡ cercanos a ellos, los
robos, males, i daños, i captiverios de Christianos, que son notorios, lo cual
dix que han podido, i pueden hacer con facilidad, i seguridad, mediante el
trato, e inteligencia que han tenido, i tienen con algunos naturales de la
tierra, los quales los avisan, 1 guían, acogen, i encubren, i les dan favor, i
ayuda, passándose algunos dellos allende con los dellos Moros, i Turcos, i
llevando consigo sus mujeres, hijos, i ropa, i los Christianos, i ropa dellos
que pueden aver, i que otros de los dichos naturales, que han sido partícipes,
i sabidores, se quedan en la tierra, i no han sido, ni son castigados, ni
parece que esto está proveído con el rigor, i tan entera i particularmente
como convendría,; ai mucha dificultad en la averiguación, e información, i aun
descuido, i negligencia en las justicias, i jueces que lo avían de inquirir i
castigar; i aviéndose sobre esto tratado y platicado en el nuestro Consejo,
para que se proveyese en ello, como en cosa que tanto importa al servicio de
Dios nuestro Señor, i nuestro, i bien público: i con Nos consultado, fué
acordado que devíamos mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc."
Pasaban los años, y la ojeriza
entre los dos pueblos continuaba todavía; y a pesar de los muchos quebrantos sufridos
por la raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos. Es muy
probable que un pueblo que había sufrido, y estaba sufriendo tantas
humillaciones, probaría a vengarse; y, así no se hace tan difícil el creer la
verdadera existencia de las conspiraciones que se les achacaban. Como quiera,
la fama de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente alarmado con
este motivo. Léase en comprobación, lo que decía Felipe III en 1609, en la
ley- para la expulsión de los moriscos.
Libro octavo. Título segundo de
Lei XXV. Por lo qual fueron
echados los moriscos del Reino; las causas que para ello hubo, i medio que se
tubo en su execución.
"D. Phelipe III, en
Madrid a 9 de diciembre de 1609.
Aviéndose procurado por largo discurso de tiempo
la conservación de los moriscos en estos Reinos, i executádose diversos
castigos por el Santo Oficio de
He dicho que los papas procuraron ya
desde un principio suavizar los rigores de la inquisición de España; ora
amonestando a los reyes y a los Inquisidores, ora admitiendo las apelaciones
de los encausados y condenados.
He añadido también que la política de los
reyes, quienes temían que las innovaciones religiosas no acarreasen
perturbación pública, había embarazado a los papas para que no pudiesen llevar
tan allá como hubieran deseado sus medidas de benignidad e indulgencia: en
apoyo de esta aserción escogeré entre otros documentos uno que manifiesta la
irritación de los reyes de España por el amparo que en Roma encontraban los
encausados por
Lib. 8. Tít. 3. Ley 2 de
Que los condenados por
"D. Fernando, i D. Isabel en Zaragoza
a 2 de agosto año 1498. Pragmática.
Porque algunas personas condenadas por Herejes
por los inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van a otras partes,
donde con falsas relaciones, i formas indevidas han impetrado
subrepticiamente esenciones, i absoluciones, conmisssiones, i seguridades, i
otros privilegios, a fin de se eximir de las tales condenaciones, i penas en
que incurrieron, i se quedar con sus errores, i con esto tientan de volver a
estos nuestros Reinos; por ende queriendo extirpar tan grande mal, mandamos que
no sean ossadas las tales personas condenadas de volver, ni vuelvan, ni tornen
nuestros Reinos, i señoríos por ninguna vía, manera, causa, ni razón que sea,
so pena de muerte y perdimiento de bienes: en la cual pena queremos, i mandamos
que por ese mismo hecho incurran; y, que la tercia parte de los dichos bienes
sea para la persona que lo acusare i la tercia parte para
Conócese por el documento que se acaba
de copiar, que ya en 1498 habían llegado las cosas a tal punto, que los reyes se proponían
sostener a todo trance el rigor de
A la sazón el empeño de los
reyes de España era que los juicios de
Por los hechos que se acaban
de apuntar queda en claro con cuánta verdad he dicho que si se excusaba la
conducta de Fernando e Isabel por lo tocante a
Cuando se quiere falsear un
hecho histórico, calumniando una persona o una institución, es menester
comenzar afectando imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera
el manifestarnos indulgentes con lo mismo que nos proponemos condenar; pero
haciéndolo de manera que esta indulgencia resalte como una concesión hecha
gratuitamente a nuestros adversarios o como un sacrificio que de nuestras
opiniones y Sentimientos hacemos, en las aras de la razón y, de la justicia
que son nuestra guía v nuestro ídolo. En tal caso predisponemos al lector u
oyente a que mire la condenación que nos proponemos pronunciar, como un fallo
dictado por la más estricta justicia, y, en que ninguna parte ¡la cabido ni a
la pasión, ni al espíritu de parcialidad, ni a miras torcidas.
¿Cómo dudar de la buena fe, del amor a la
verdad de la imparcialidad de un hombre que empieza excusando lo que según
todas las apariencias, atendidas sus opiniones, debiera anatematizar?
He aquí la situación de los
hombres de quienes estamos hablando: proponíanse atacar
El medio era expedito: nada
importaba que los judíos y los herejes hubiesen sido tratados con el mayor
rigor en tiempo de los Reyes Católicos, nada obstaba que esos monarcas hubiesen
llevado más allá su severidad que los demás que les sucedieron; era necesario
cerrar los ojos sobre estos hechos, y excusar la conducta de aquéllos, haciendo
notar los graves motivos que los impulsaron a emplear el rigor de la justicia.
Así se orillaba la dificultad de echar un
borrón sobre la memoria de una gran reina, querida y respetada de todos los
españoles, y se dejaba más expedito el camino para acriminar sin misericordia
a Felipe II. Este
monarca tenía contra sí el grito unánime de todos los protestantes, por la
sencilla razón de que había sido su más poderoso adversario; y así
no era difícil lograr que sobre él recayese todo el peso de la execración.
Esto descifra el enigma, esto explica la razón de tan injusta parcialidad,
esto revela la hipocresía de la opinión, que excusando a los Reyes Católicos,
condena sin apelación a Felipe II.
Sin vindicar en un todo la
política de este monarca, llevo presentadas algunas consideraciones, que
pueden servir a templar algún tanto los recios ataques que le han dirigido sus
adversarios: sólo me falta copiar aquí los documentos a que he aludido, para
probar que
Don Antonio Pérez en sus, Relaciones, en las notas a una carta
del confesor del rey, fray Diego de Chaves, en la que éste afirma que el
príncipe seglar tiene poder sobre la vida de sus súbditos y vasallos, dice:
"No me meteré en decir lo mucho que
he oído sobre la calificación de algunas proposiciones de éstas, que no es de
mi profesión.
Los de ella se lo entenderán luego, en oyendo el
sonido; sólo diré que estando yo en Madrid, salió condenada por
Que él se
retractaba de ella, como de proposición errónea. Porque, señores (así dijo recitando por un papel), los reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite
el derecho divino y humano; y no por su libre y absoluta voluntad. Y aun
sé el que calificó la proposición, y ordenó las mismas palabras que había de
referir el reo, con mucho gusto del calificante, porque se arrancase hierba tan
venenosa, que sentía que iba cresciendo. Bien se ha ido viendo. El maestro
fray Hernando del Castillo (este nombraré)
fué el que ordenó lo que recitó el reo, que era consultor del Santo Oficio,
predicador del rey, singular varón en doctrina y elocuencia, conoscido y
cstirnado mucho de su nación y de la italiana en particular.
De éste
decía el doctor Velasco, grave persona de su tiempo, que no había vihuela en manos de Fabricio Dentici tan suave, como la lengua del maestro
fray Hernández del Castillo en los oídos".
Y pág. 47 en texto: "Yo sé que las
calificaron por muy escandalosas personas gravísimas en dignidad, en letras,
en limpieza de pecho cristiano, y entre ellas persona que en España tenía lugar
supremo en lo espiritual, y que había tenido oficio antes en el juicio supremo
de
(Relaciones de
Antonio Pérez). París, 1624.
El notable
pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor D. Benito Arias Montano dice así:
"Lo
que vos el Dr., etc., mi capellán, avéis de hacer en Amberes adonde os
enviamos".
Fecha de Madrid, 25 de marzo de 1568. "Demás de hacer al dicho Plantino esta comodidad y
buena obra, es bien que llevéis entendido, que desde ahora tengo aplicados los
seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan cobrando dél, se
vayan empleando en libros para el Monasterio de San Lorenzo el Real de la
orden de San Gerónimo, que yo hago edificar cerca del Escorial, como sabéis. Y así habéis de ir
advertido de este mi fin e intención,
para que conforme a ella hagáis diligencia de recoger todos los libros
exquisitos, así impresos como de mano,
que vos (como quien también lo entiende) viéredes que serán convenientes, para los traer y poner en la librería de dicho
Monasterio: porque
esta es una de las más principales riquezas que yo querría dejar a los
religiosos que en él hubieren de residir, como la más útil y necesaria.
Y por eso ¡le mandado también a
D. Francés de Alaba, mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores libros que pudiere en
aquel reyno; y vos habéis de tener inteligencia con él sobre esto, que yo le
mandaré escribir que haga lo mismo con vos; y que antes de comprarlos os
envíe la lista de los que se hallaren, y
de los precios de ellos para que vos le advirtáis de los que habrá de tomar y,
dejar, y lo que podrá dar por cada uno de ellos; y que os vaya enviando a
Amberes los que así fuere comprando, para que vos los reconozcáis, y enviéis
acá todos juntos a su tiempo".
En el
reinado de Felipe II, de ese monarca
que se nos pinta como uno de los
principales fautores del oscurantismo, se buscaban en los reinos extranjeros
los libros exquisitos, así impresos como
de mano, para traerlos a las librerías españolas; en nuestro siglo que apellidamos de ilustración, se han despojado las
librerías españolas, y, sus preciosidades han ido a parar a las extranjeras.
¿Quién ignora el acopio que de nuestros libros
y manuscritos se ha hecho en Inglaterra? Consúltense los índices del Museo de
Londres, y de otras bibliotecas particulares: el que escribe estas líneas habla
de lo que ha visto con sus propios ojos, y, de lo que ha oído lamentar a
personas respetables. Cuando tan negligentes nos mostramos en conservar
nuestros tesoros, no seamos tan injustos y, tan pueriles que nos entretengamos
en declamar vanamente contra aquellos mismos que nos lo legaron.